viernes, 21 de noviembre de 2014

Anacleto Morones de Juan Rulfo


        ¡Viejas, hijas del demonio! Las vi venir a todas juntas, en procesión. Vestidas de negro, sudando como mulas bajo el mero rayo del sol. Las vi desde lejos como si fuera una recua levantando polvo. Su cara ya ceniza de polvo. Negras todas ellas. Venían por el camino de Amula, cantando entre rezos, entre el calor, con sus negros escapularios grandotes y renegridos, sobre los que caía en goterones el sudor de su cara.
        Las vi llegar y me escondí. Sabía lo que andaban haciendo y a quién buscaban. Por eso me di prisa a esconderme hasta el fondo del corral, coriendo ya con los pantalones en la mano.
        Pero ellas entraron y dieron conmigo. Dijeron: “¡Ave María Purísima!”
        Yo estaba acuclillado en una piedra, sin hacer nada, solamente sentado allí con los pantalones caídos, para que ellas me vieran así y no se me arrimaran. Pero sólo dijeron: “¡Ave María Purísima!” Y se fueron acercando más.
        ¡Viejas indinas! ¡Les debería dar vergüenza! Se persignaron y se arrimaron hasta ponerse junto a mi, todas juntas, apretadas como en manojo, chorreando sudor y con los pelos untados a la cara como si les hubiera lloviznado.
        —Te venimos a ver a ti, Lucas Lucatero. Desde Amula venimos, sólo por verte. Aquí cerquita nos dijeron que estabas en tu casa; pero no nos figuramos que estabas tan adentro; no en este lugar ni en estos menesteres. Creímos que habías entrado a darle de comer a las gallinas, por eso nos metimos.Venimos a verte.
        ¡Esas viejas! ¡Viejas y feas como pasmadas de burro!
        —¡Dígame qué quieren! —les dije, mientras me fajaba los pantalones y ellas se tapaban los ojos para no ver.
        —Traemos un encargo. Te hemos buscado en Santo Santiago y en Santa Inés, pero nos informaron que ya no vivías allí, que te habías mudado a este rancho. Y acá venimos. Somos de Amula.
        Yo ya sabía de dónde eran y quiénes eran; podía hasta haberles recitado sus nombres, pero me hice el desentendido.
        —Pues si Lucas Lucatero, al fin te hemos encontrado, gracias a Dios.
        Las convidé al corredor y les saqué unas sillas para que se sentaran. Les pregunte que Si tenían hambre o que si querían aunque fuera un jarro de agua para remojarse la lengua.
        Ellas se sentaron, secándose el sudor con escapularios.
        —No, gracias —dijeron—. No venimos a darte molestias. Te traemos un encargo. ¿Tu me conoces, verdad, Lucas Lucatero? —me preguntó una de ellas.
        —Algo—le dije — Me parece haberte visto en alguna parte. ¿No eres, por casualidad, Pancha Fregoso, la que se dejó robar por Homobono Ramos?
        —Soy, si, pero no me robó nadie. esas fueron puras maledicencias. Nos perdimos los dos buscando garambullos. Soy congregante y yo no hubiera permitido de ningún modo...
        —¿Qué, Pancha?
        —¡Ah!, cómo eres mal pensado, Lucas. Todavía no se te quita lo de andar criticando gente. Pero, ya que me conoces, quiero agarrar la palabra para comunicarte a lo que venimos.
        —¿ No quieren ni siquiera un jarro de agua? —les volví a preguntar.
        —No te molestes. Pero ya que nos ruegas tanto, no te vamos a desairar.
        Les traje una jarra de agua de arrayán y se la bebieron. Luego les traje otra y se la volvieron a beber. Entonces les arrimé un cántaro con agua del río. Lo dejaron allí, pendiente, para dentro de un rato, porque, según ellas, les iba a entrar mucha sed cuando comenzara a hacerles la digestión.
        Diez mujeres, sentadas en hilera, con sus negros vestidos puercos de tierra. Las hijas de Ponciano, de Emiliano, de Crescenciano, de Toribio el de la taberna y de Anastasio el peluquero.
        ¡Viejas carambas! Ni una siquiera pasadera. Todas caídas por los cincuenta. Marchitas como floripondios engarruñados y secos. Ni de dónde escoger.
        —¿Y qué buscan por aquí?
        —Venimos a verte.
        —Ya me vieron. Estoy bien. Por mí no se preocupen.
        —Te has venido muy lejos. A este lugar escondido. Sin domicilio ni quien dé razón de ti. Nos ha costado trabajo dar contigo después de mucho inquirir.
        —No me escondo. Aquí vivo a gusto, sin la moledera de la gente. ¿Y qué misión traen, si se puede saber? —les pregunté.
        —Pues se trata de esto... Pero no te vayas a molestar en darnos de comer. Ya comimos en casa de la Torcacita. Allí nos dieron a todas. Así que ponte en juicio. Siéntate aquí enfrente de nosotras para verte y para que nos oigas.
        Yo no me podía estar en paz. Quería ir otra vez al corral. Oía el cacareo de las gallinas y me daban ganas de ir a recoger los huevos antes que se los comieran los conejos.
        —Voy por los huevos —les dije.
        —De verdad que ya comimos. No te molestes por nosotras.
        —Tengo allí dos conejos sueltos que se comen los huevos. Orita regreso.
        Y me fui al corral.
        Tenía pensado no regresar. Salirme por la puerta que daba al cerro y dejar plantada a aquella sarta de viejas canijas.
        Le eché una miradita al montón de piedras que tenía arrinconado en una esquina y le vi la figura de una sepultura. Entonces me puse a desparramarlas, tirándolas por todas partes, haciendo un reguero aquí y otro allá. Eran piedras de río, boludas, y las podía aventar lejos. ­¡Viejas de los mil judas ! Me habían puesto a trabajar. No sé por qué se les antojó venir.
        Dejé la tarea y regresé. Les regalé los huevos.
        ¿Mataste los conejos? Te vimos aventarles de pedradas. Guardaremos los huevos para dentro de un rato. No debías haberte molestado.
        —Allí en el seno se pueden empollar, mejor déjenlos afuera.
        —¡Ah, cómo serás!, Lucas Lucatero. No se te quita lo hablantín. Ni que estuviéramos tan calientes.
        —De eso no sé nada. Pero de por sí está haciendo calor acá afuera
        Lo que yo quería era darles largas. Encaminarlas por otro rumbo, mientras buscaba la manera de echarlas fuera de mi casa y que no les quedaran ganas de volver. Pero no se me ocurría nada.
        Sabía que me andaban buscando desde enero, poquito después de la desaparición de Anacleto Morones. No faltó alguien que me avisara que las viejas de la Congregación de Amula andaban tras de mí. Eran las únicas que podían tener algún interes en Anacleto Morones. Y ahora allí las tenía.
        Podía seguir haciéndoles plática o granjeándomelas de algún modo hasta que se les hiciera de noche y tuvieran que largarse. No se hubieran arriesgado a pasarla en mi casa.
        Porque hubo un rato en que se trató de eso: cuando la hija de Ponciano dijo que querían acabar pronto su asunto para volver temprano a Amula. Fue cuando yo les hice ver que por eso no se preocuparan, que aunque fuera en el suelo había allí lugar y petates de sobra para todas. Todas dijeron que eso sí no, porque qué iría a decir la gente cuando se enteraran de que habían pasado la noche solitas en mi casa y conmigo allí dentro. Eso sí que no.
        La cosa, pues, estaba en hacerles larga la plática,hasta que se les hiciera de noche, quitándoles la idea que les bullía en la cabeza. Le pregunté a una de ellas:
        —¿Y tu marido qué dice?
        —Yo no tengo marido, Lucas. ¿No te acuerdas que fui tu novia? Te esperé y te esperé y me quedé esperando. Luego supe que te habías casado. Ya a esas alturas nadie me quería.
        —¿Y luego yo? Lo que pasó fue que se me atravesaron otros pendientes que me tuvieron muy ocupado; pero todavía es tiempo.
        —Pero si eres casado, Lucas, y nada menos que con la hija del Santo Niño. ¿Para qué me alborotas otra vez? Yo ya hasta me olvidé de ti.
        —Pero yo no. ¿Cómo dices que te llamabas?
        —Nieves... Me sigo llamando Nieves. Nieves García. Y no me hagas llorar, Lucas Lucatero. Nada más de acordarme de tus melosas promesas me da coraje.
        —Nieves... Nieves. Cómo no me voy a acordar de ti. Si eres de lo que no se olvida... Eras suavecita. Me acuerdo. Te siento todavía aquí en mis brazos. Suavecita. Blanda. El olor del vestido con que salías a verme olía a alcanfor. Y te arrejuntabas mucho conmigo. Te repegabas tanto que casi te sentía metida en mis huesos. Me acuerdo.
        —No sigas diciendo cosas, Lucas. Ayer me confesé y tú me estás despertando malos pensamientos y me estás echando el pecado encima.
        —Me acuerdo que te besaba en las corvas. Y que tú decías que allí no, porque sentías cosquillas. ¿Todavía tienes hoyuelos en la corva de las piernas?
        —Mejor cállate, Lucas Lucatero. Dios no te perdornará lo que hiciste conmigo. Lo pagarás caro.
        —¿Hice algo malo contigo? ¿Te traté acaso mal?
        —Lo tuve que tirar. Y no me hagas decir eso aquí delante de la gente. Pero para que te lo sepas lo tuve que tirar. Era una cosa así como un pedazo de cecina. ¿Y para qué lo iba a querer yo, si su padre no era más que un vaquetón?
        —¿Conque eso pasó? No lo sabía. ¿No quieren otra poquita de agua de arrayán? No me tardaré nada en hacerla. Espérenme nomás.
        Y me fui otra vez al corral a cortar arrayanes.Y allí me entretuve lo más que pude, mientras se le bajaba el mal humor a la mujer aquella. Cuando regresé ya se había ido.
        —¿Se fue?
        —Si, se fue. La hiciste llorar.
        —Sólo quería platicar con ella nomás por pasar el rato. ¿Se han fijado cómo tarda en llover? allá en Amula ya debe haber llovido, ¿no?
        —Si, anteayer cayó un aguacero.
        —No cabe duda de que aquel es un buen sitio. Llueve bien y se vive bien. A fe que aquí ni las nubes se aparecen. ¿Todavía es Rogaciano el presidente municipal?
        —Si, todavía.
        —Buen hombre ese Rogaciano.
        —No. Es un maldoso.
        —Puede que tengan razón. ¿Y qué me cuentan de Edelmiro, todavía tiene cerrada su botica?
        —Edelmiro murió. Hizo bien en morirse, aunque me está mal el decirlo; pero era otro maldoso. Fue de los que le echaron infamias al Niño Anacleto. Lo acusó de abusionero y de brujo y engañabobos. De todo eso anduvo hablando en todas partes. Pero la gente no le hizo caso y Dios lo castigó. Se murió de rabia como los huitacoches.
        —Esperemos en Dios que esté en el infierno.
        —Y que no se cansen los diablos de echarle leña.
        —Lo mismo que a Lirio López, el juez, que se puso de su parte y mandó al Santo Niño a la cárcel.
        Ahora eran ellas las que hablaban. Las deje decir todo lo que quisieran. Mientras no se metieran conmigo, todo iría bien. Pero de repente se les ocurrió preguntarme:
        —¿Quieres ir con nosotras?
        —¿A dónde?
        —A Amula. Por eso venimos. Para llevarte.
        Por un rato me dieron ganas de volver al corral.Salirme por la puerta que da al cerro y desaparecer.¡Viejas infelices!
        —¿Y qué diantres Voy a hacer yo a Amula?
        —Queremos que nos acompañes en nuestros ruegos. Hemos abierto, todas las congregantes del Niño Anacleto, un novenario de rogaciones para pedir que nos lo canonicen. Tú eres su yerno y te necesitamos para que sirvas de testimonio. El señor cura nos encomendó le lleváramos a alguien que lo hubiera tratado de cerca y conocido de tiempo atrás, antes que se hiciera famoso por sus milagros. Y quién mejor que tú, que viviste a su lado y puedes señalar mejor que ninguno las obras de misericordia que hizo. Por eso te necesitamos, para que nos acompañes en esta campaña.
        ¡Viejas carambas! Haberlo dicho antes.
        —No puedo ir —les dije —. No tengo quien me cuide la casa.
        —Aquí se van a quedar dos muchachas para eso,lo hemos prevenido. Además está tu mujer.
        —Ya no tengo mujer.
        —¿Luego la tuya? ¿La hija del Niño Anacleto?
        —Ya se me fue. La corrí.
        —Pero eso no puede ser. Lucas Lucatero. La pobrecita debe andar sufriendo. Con lo buena que era. Y lo jovencita. Y lo bonita. ¿Para dónde la mandaste, Lucas? Nos conformamos con que siquiera la hayas metido en el convento de las Arrepentidas.
        —No la metí en ninguna parte. La corrí. Y estoy seguro de que no está con las Arrepentidas; le gustaban mucho la bulla y el relajo. Debe de andar por esos rumbos, desfajando pantalones.
        —No te creemos, Lucas, ni así tantito te creemos. A lo mejor está aquí, encerrada en algún cuarto de esta casa rezando sus oraciones. Tú siempre fuiste muy mentiroso y hasta levantafalsos. Acuérdate,Lucas, de las pobres hijas de Hermelindo, que hasta se tuvieron que ir para El Grullo porque la gente les chiflaba la canción de “Las güilotas” cada vez que se asomaban a la calle, y sólo porque tú inventaste chismes. No se te puede creer nada a ti, Lucas Lucatero.
        —Entonces sale sobrando que yo vaya a Amula.
        —Te confiesas primero y todo queda arreglado. ¿Desde cuándo no te confiesas?
        —¡Uh!, desde hace como quince años. Desde que me iban a fusilar los cristeros. Me pusieron una carabina en la espalda y me hincaron delante del cura y dije allí hasta lo que no había hecho. Entonces me confesé hasta por adelantado.
        —Si no estuviera de por medio que eres el yerno del Santo Niño, no te vendríamos a buscar, contimás te pediriamos nada. Siempre has sido muy diablo, Lucas Lucatero.
        —Por algo fui ayudante de Anacleto Morones.Él sí que era el vivo demonio.
        —No blasfemes.
        —Es que ustedes no lo conocieron.
        —Lo conocimos como santo.
        —Pero no como santero.
        —¿Qué cosas dices, Lucas?
        —Eso ustedes no lo saben; pero él antes vendía santos. En las ferias. En la puerta de las iglesias. Y yo le cargaba el tambache. Por allí íbamos los dos, uno detrás de otro, de pueblo en pueblo. El por delante y yo cargándole el tambache con las novenas de San Pantaleón, de San Ambrosio y de San Pascual, que pesaban cuando menos tres arrobas.
        “Un día encontramos a unos peregrinos. Anacleto estaba arrodillado encima de un hormiguero, enseñándome cómo mordiéndose la lengua no pican las hormigas. Entonces pasaron los peregrinos. Lo vieron. Se pararon a ver la curiosidad aquella. Preguntaron: ‘¿Cómo puedes estar encima del hormiguero sin que te piquen las hormigas?’
        “Entonces él puso los brazos en cruz y comenzó a decir que acababa de llegar de Roma, de donde traía un mensaje y era portador de una astilla de la Santa Cruz donde Cristo fue crucificado.
        “Ellos lo levantaron de allí en sus brazos. Lo llevaron en andas hasta Amula. Y allí fue el acabóse; la gente se postraba frente a él y le pedía milagros.
        “Ese fue el comienzo. Y yo nomás me vivía con la boca abierta, mirándolo engatusar al montón de peregrinos que iban a verlo.”
        —Eres puro hablador y de sobra hasta blasfemo. ¿Quién eras tú antes de conocerlo? Un arreapuercos. Y él te hizo rico. Te dio lo que tienes. Y ni por eso te acomides a hablar bien de él. Desagradecido.
        —Hasta eso, le agradezco que me haya matado el hambre, pero eso no quita que él fuera el vivo diablo. Lo sigue siendo, en cualquier lugar donde esté.
        —Está en el cielo. Entre los ángeles. Allí es donde está, más que te pese.
        —Yo sabía que estaba en la cárcel.
        —Eso fue hace mucho. De allí se fugó. Desapareció sin dejar rastro. Ahora está en el cielo en cuerpo y alma presentes. Y desde allá nos bendice. Muchachas, ¡arrodíllense! Recemos el “Penitentes somos, Señor” para que el Santo Niño interceda por nosotras.
        Y aquellas viejas se arrodillaron, besando a cada padrenuestro el escapulario donde estaba bordado el retrato de Anacleto Morones.
        Eran las tres de la tarde.
        Aproveché ese ratito para meterme en la cocina y comerme unos tacos de frijoles. Cuando salí ya sólo quedaban cinco mujeres.
        —¿Qué se hicieron las otras? —les pregunté.
        Y la Pancha, moviendo los cuatro pelos que tenía en sus bigotes, me dijo:
        —Se fueron. No quieren tener tratos contigo.
        —Mejor. Entre menos burros más olotes. ¿Quieren más agua de arrayán?
        Una de ellas, la Filomena que se había estado callada todo el rato y que por mal nombre le decían la Muerta, se culimpinó encima de una de mis macetas y, metiéndose el dedo en la boca, echó fuera toda el agua de arrayán que se había tragado, revuelta con pedazos de chicharrón y granos de huamúchiles.
        —Yo no quiero ni tu agua de arrayán, blasfemo. Nada quiero de ti.
        Y puso sobre la silla el huevo que yo le había regalado:
        —¡Ni tus huevos quiero! Mejor me voy.
        Ahora sólo quedaban cuatro.
        —A mí también me dan ganas de vomitar —me dijo la Pancha—. Pero me las aguanto. Te tenemos que llevar a Amula a como dé lugar. Eres el único que puede dar fe de la santidad del Santo Niño. El te ha de ablandar el alma. Ya hemos puesto su imagen en la iglesia y no sería justo echarlo a la calle por tu culpa.
        —Busquen a otro. Yo no quiero tener vela en este entierro.
        —Tú fuiste casi su hijo. Heredaste el fruto de su santidad. En ti puso él sus ojos para perpetuarse. Te dio a su hija.
        —Sí, pero me la dio ya perpetuada.
        —Válgame Dios, qué cosas dices, Lucas Lucatero
        —Así fue, me la dio cargada como de cuatro meses cuando menos.
        —Pero olía a santidad.
        —Olía a pura pestilencia. Le dio por enseñarles la barriga a cuantos se le paraban enfrente, sólo para que vieran que era de carne. Les enseñaba su panza crecida, amoratada por la hinchazón del hijo que llevaba dentro. Y ellos se reían. Les hacía gracia. Era una sinvergüenza. Eso era la hija de Anacleto Morones.
        —Impío. No está en ti decir esas cosas. Te vamos a regalar un escapulario para que eches fuera al demonio.
        —... Se fue con uno de ellos. Que dizque la quería. Sólo le dijo: “Yo me arriesgo a ser el padre de tu hijo”.Y se fue con él.
        —Era fruto del Santo Niño. Una niña. Y tú la conseguiste regalada. Tú fuiste el dueño de esa riqueza nacida de la santidad.
        —¡Monsergas!
        —¿Qué dices?
        —Adentro de la hija de Anacleto Morones estaba el hijo de Anacleto Morones.
        —Eso tú lo inventaste para achacarle cosas malas. Siempre has sido un invencionista.
        —¿Sí? Y qué me dicen de las demás. Dejó sin virgenes esta parte del mundo, valido de que siempre estaba pidiendo que le velara sueño una doncella.
        —Eso lo hacía por pureza. Por no ensuciarse con el pecado. Quería rodearse de inocencia para no manchar su alma.
        —Eso creen ustedes porque no las llamó.
        —A mi sí me llamó —dijo una a la que le decían Melquiades—. Yo le velé su sueño.
        —¿Y qué pasó?
        —Nada. Sólo sus milagrosas manos me arroparon en esa hora en que se siente la llegada del frío. Y le di gracias por el calor de su cuerpo; pero nada más.
        —Es que estabas vieja. A él le gustaban tiernas; que se les quebraran los guesitos; oír que tronaran como si fueran cáscaras de cacahuate.
        —Eres un maldito ateo, Lucas Lucatero. Uno de los peores.
        Ahora estaba hablando la Huérfana, la del eterno llorido. La vieja más vieja de todas. Tenía lagrimas en los ojos y le temblaban las manos:
        —Yo soy huérfana y él me alivió de mi orfandad, volví a encontrar a mi padre y a mi madre en él. Se pasó la noche acariciándome para que se me bajara mi pena.
        Y le escurrían las lágrimas.
        —No tienes, pues, por qué llorar —le dije.
        —Es que se han muerto mis padres. Y me han dejado sola. Huérfana a esta edad en que es tan dificil encontrar apoyo. La única noche feliz la pasé con el Niño Anacleto, entre sus consoladores brazos. Y ahora tú hablas mal de él.
        —Era un santo.
        —Un bueno de bondad.
        —Esperábamos que tú siguieras su obra. Lo heredaste todo.
        —Me heredó un costal de vicios de los mil judas. Una vieja loca. No tan vieja como ustedes; pero bien loca. Lo bueno es que se fue. Yo mismo le abrí la puerta.
        —¡Hereje! Inventas puras herejías.
        Ya para entonces quedaban solamente dos viejas. Las otras se habían ido yendo una tras otra, poniéndome la cruz y reculando y con la promesa de volver con los exorcismos.
        —No me has de negar que el Niño Anacleto era milagroso —dijo la hija de Anastasio —. Eso sí que no me lo has de negar.
        —Hacer hijos no es ningún milagro. Ese era su fuerte.
        —A mi marido lo curó de la sífilis.
        —No sabía que tenías marido. ¿No eres la hija de Anastasio el peluquero? La hija de Tacho es soltera, según yo sé.
        —Soy soltera, pero tengo marido. Una cosa es ser señorita y otra cosa es ser soltera. Tú lo sabes. Y yo no soy senorita, pero soy soltera.
        —A tus años haciendo eso, Micaela.
        —Tuve que hacerlo. Qué me ganaba con vivir de senorita. Soy mujer. Y una nace para dar lo que le dan a una.
        —Hablas con las mismas palabras de Anacleto Morones.
        —Sí, él me aconsejó que lo hiciera, para que se me quitara lo hepático. Y me junté‚ con alguien. Eso de tener cincuenta anos y ser nueva es un pecado.
        —Te lo dijo Anacleto Morones.
        —Él me lo dijo, sí. Pero hemos venido a otra cosa; a que vayas con nosotras y certifiques que él fue un santo.
        —¿Y por qué no yo?
        —Tú no has hecho ningún milagro. El curó a mi marido. A mí me consta. ¿Acaso tú has curado a alguien de la sífilis?
        —No, ni la conozco.
        —Es algo así como la gangrena. El se puso amoratado y con el cuerpo lleno de sabañones. Ya no dormía. Decía que todo lo veía colorado como si estuviera asomándose a la puerta del infierno. Y luego sentía ardores que lo hacían brincar de dolor. Entonces fuimos a ver al Niño Anacleto y él lo curó. Lo quemó con un carrizo ardiendo y le untó de su saliva en las heridas y, sácatelas, se le acabaron sus males. Dime si eso no fue un milagro.
        —Ha de haber tenido sarampión. A mí también me lo curaron con saliva cuando era chiquito.
        —Lo que yo decía antes. Eres un condenado ateo.
        —Me queda el consuelo de que Anacleto Morones era peor que yo.
        —Él te trató como si fueras su hijo. Y todavía te atreves... Mejor no quiero seguir oyéndote. Me voy. ¿Tú te quedas, Pancha?
        —Me quedaré otro rato. Haré la última lucha yo sola.


        —Oye, Francisca, ora que se fueron todas, te vas a quedar a dormir conmigo, ¿verdad?
        —Ni lo mande Dios. ¿Qué pensara la gente? Yo lo que quiero es convencerte.
        —Pues vámonos convenciendo los dos. Al cabo qué pierdes. Ya estás revieja, como para que nadie se ocupe de ti, ni te haga el favor.
        —Pero luego vienen los dichos de la gente. Luego pensarán mal.
        —Qué piensen lo que quieran. Qué más da. De todos modos Pancha te llamas.
        —Bueno, me quedaré contigo; pero nomás hasta que amanezca. Y eso si me prometes que llegaremos juntos a Amula, para yo decirles que me pasé la noche ruéguete y ruéguete. Si no, ¿cómo le hago?
        —Está bien. Pero antes córtate esos pelos que tienes en los bigotes. Te voy a traer las tijeras.
        —Cómo te burlas de mí, Lucas Lucatero. Te pasas la vida mirando mis defectos. Déjame mis bigotes en paz. Así no sospecharán.
        —Bueno, como tú quieras.
        Cuando oscureció, ella me ayudó a arreglarle la ramada a las gallinas y a juntar otra vez las piedras que yo había desparramado por todo el corral, arrinconándolas en el rincón donde habían estado antes.
        Ni se las malició que allí estaba enterrado Anacleto Morones. Ni que se había muerto el mismo día que se fugó de la cárcel y vino aquía reclamarme que le devolviera sus propiedades.
        Llegó diciendo:
        —Vende todo y dame el dinero porque necesito hacer un viaje al Norte. Te escribiré desde allá y volveremos a hacer negocio los dos juntos.
        —¿Por qué no te llevas a tu hija? —le dije yo—. Eso es lo único que me sobra de todo lo que tengo y dices que es tuyo. Hasta a mí me enredaste con tus malas mañas.
        —Ustedes se irán después, cuando yo les mande avisar mi paradero. Allá arreglaremos cuentas.
        —Sería mucho mejor que las arregláramos de una vez. Para quedar de una vez a mano.
        —No estoy para estar jugando ahorita —me dijo—. Dame lo mío. ¿Cuánto dinero tienes guardado?
        —Algo tengo, pero no te lo voy a dar. He pasado las de Caín con la sinverguenza de tu hija. Date por bien pagado con que yo la mantenga.
        Le entró el coraje. Pateaba el suelo y le urgía irse...
        “¡Que descanses en paz, Anacleto Morones!”, dije cuando lo enterré, y a cada vuelta que yo daba al río acarreando piedras para echárselas encima: No te saldras de aquí aunque uses de todas tus tretas.”
        Y ahora la Pancha me ayudaba a ponerle otra vez el peso de las piedras, sin sospechar que allí debajo estaba Anacleto y que yo hacía aquello por miedo de que se saliera de su sepultura y viniera de nueva cuenta a darme guerra. Con lo mañoso que era, no dudaba que encontrara el modo de revivir y salirse de allí.
        —Echale más piedras, Pancha. Amontónalas en este rincón, no me gusta ver pedregoso mi corral.
        Después ella me dijo, ya de madrugada:
        —Eres una calamidad, Lucas Lucatero. No eres nada cariñoso. ¿Sabes quién sí era amoroso con una?
        —¿Quién?
        —El Niño Anacleto. El sí que sabía hacer el amor.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Exilio de Edmond Hamilton


¡Lo que daría por no haber hablado de Ciencia Ficción aquella noche! Si no lo hubiéramos hecho, en estos momentos no estaría obsesionado con esa bizarra e imposible historia que nunca podría ser comprobada ni refutada.
Pero tratándose de cuatro escritores profesionales de relatos fantásticos, supongo que el tema resultaba ineludible. A pesar de que logramos posponerlo durante toda la cena y los tragos que tomamos después, Madison, gustoso, contó a grandes rasgos su partida de caza, y luego Brazell inicio una discusión sobre los pronósticos de los Dodgers. Mas tarde me vi obligado a desviar la conversación al terreno de la fantasía. No era mi intención hacer algo así. Pero había bebido un escoces de mas, y eso siempre me vuelve analítico. Y me divertía la perfecta apariencia de que los cuatro eramos personas comunes y corrientes.

-Camuflaje protector, eso es -anuncie-. ¡Cuanto nos esforzamos por actuar como chicos buenos, normales y ordinarios!
Brazell me miro, un poco molesto por la abrupta interrupción.
-¿De que estas hablando?
-De nosotros cuatro -Respondí-. ¡Que esplendida imitación de ciudadanos hechos y derechos! Pero no estamos contentos con eso… Ninguno de nosotros. Por el contrario, estamos violentamente insatisfechos con la tierra y con todas sus obras; por eso nos pasamos la vida creando uno tras otro, mundos imaginarios.
-Supongo que el pequeño detalle de hacerlo por dinero no tiene nada que ver -inquirió Brazell escéptico.
-Claro que si-admití-. Pero todos creamos nuestros mundos y pueblos imposibles muchísimo antes de escribir una sola linea, ¿verdad? incluso desde nuestra infancia, ¿no? por eso no estamos a gusto aquí.
-Nos sentiríamos mucho peor en alguno de los mundos que describimos -replico Madison.

En ese momento, Carrick, el cuarto del grupo, intervino en la conversación. Estaba sentado en silencio como de costumbre, copa en la mano, meditabundo, sin prestarnos atención. Carrick era raro en muchos aspectos. Sabíamos poco de el, pero lo apreciábamos y admirábamos sus historias. Había escrito relatos fascinantes, minuciosamente elaborados en su totalidad sobre un planeta imaginario.
-Lo mismo me ocurrió a mi en una ocasión- dijo a Madison.
-¿Que? -pregunto Madison.
-Lo que acabas de sugerir… Una vez escribí un sobre un mundo imaginario y luego me vi obligado a vivir en el – contesto Carrick.
Madison soltó una carcajada.
-Espero que haya sido un sitio mas habitable que los escalofriantes planetas en los que yo planteo mis embustes.
Carrick ni siquiera sonrío.
-De haber sabido que viviría en el, lo habría creado muy distinto -murmuro.
Brazell, tras dirigir una mirada significativa a la copa vacía de Carrick, nos guiño un ojo y pidió con voz melosa:
-Cuenta nos como fue, Carrick.
Carrick no aparto la mirada de la copa mientras la giraba entre sus dedos al hablar. Se detenía entre una frase y otra.

...Sucedió inmediatamente después de que me mudara junto a la Gran Central de Energía. A primera vista, parecía un lugar ruidoso, pero, en realidad, se vivía muy tranquilo en las afueras de la ciudad. Y yo necesitaba tranquilidad para escribir mis historias. Me dispuse a trabajar en la nueva serie que había comenzado, una colección de relatos que ocurrirían en aquel mundo imaginario. Empecé por crear detalladamente todas las características físicas de ese mundo y del universo que lo contenía. Pase todo el día concentrado en ello. Y cuando termine ¡Algo en mi mente hizo clic!
Esa breve y extraña sensación me pareció una súbita materialización. Me quede allí, inmovilizado, al tiempo que me preguntaba si estaría enloqueciendo, pues tuve la repentina seguridad de que el mundo que yo había creado durante todo el día acababa de cristalizar en una existencia concreta en alguna parte. Por supuesto, ignore esa extraña idea, salí de casa y me olvide del asunto. Pero al día siguiente sucedió de nuevo. Dedique la mayor parte del tiempo a la creación de los habitantes del mundo de mi historia. Sin duda los había imaginado humanos, aunque decidí que no fueran demasiado civilizados pues eso imposibilitaría los conflictos y la violencia indispensable para mi trama. Así pues había gestado mi mundo imaginario, un mundo de gente que estaba a medio civilizar. Imagine todas sus crueldades y supersticiones. Erguí sus barbaras y pintorescas ciudades. Y, justo cuando termine aquel clic resonó de nuevo en mi mente.

Entonces si me asuste de verdad pues sentí con mayor fuerza que la primera vez esa extraña convicción de que mis sueños se habían materializado para dar paso a una realidad solida. Sabia que era una locura; sin embargo, en mi mente tenia la increíble certeza. No podía abandonar esa idea. Trate de convencerme de descartar tan loca convicción. Si en verdad había creado un mundo y un universo con solo imaginarlos, ¿donde se hallaban? Desde luego no en mi propio cosmos. No podría contener dos universos…, completamente distintos el uno del otro. Pero, ¡y si ese mundo y este universo de mi imaginación se habían concretado en la realidad en otro cosmos vacío? ¿Un cosmos localizado en una dimensión diferente a la mía?¿Uno que contuviera solamente átomos libres, materia informe que había adquirido forma hasta que, de alguna manera, mis concentrados pensamientos les hicieron tomar las imágenes que yo había soñado? Medite esa idea de la extraña manera en que se aplican las leyes de la lógica a las cosas imposibles. ¿Por que los relatos que yo imaginaba no se habían vuelto realidad en ocasiones anteriores y solo ahora habían empezado a hacerlo? Bueno, para eso había una explicación plausible. Viva cerca de la Gran Central de Energía. Alguna insospechada corriente de energía emanada de ella dirigía mi imaginación condensada, como una fuerza súper amplificadora, hacia un cosmos vacío donde conmociono la masa informe y la hizo apropiarse de las formas que yo soñaba.

¿Creía en eso? No. Por supuesto que no, pero lo sabia. Hay una diferencia entre el conocimiento y la creencia; como alguien dijo: ‘Todos los hombres saben que algún día morirán y ninguno cree que llegara ese día’. pues conmigo ocurrió lo mismo. Me daba cuenta que no era posible que mi mundo fantástico hubiese adquirido una existencia física en un cosmos dimensional diferente, aunque, al mismo tiempo, yo tenia la extraña convicción de que así era. Y entonces se me ocurrió algo que me pareció entretenido e interesante. ¿Y si me creaba a mi mismo en ese otro mundo? ¿También seria yo real en el? Lo intente. Me senté en mi escritorio y me imagine a mi mismo como uno mas entre los millones de individuos de ese mundo ficticio; pude crear todo un trasfondo familiar e histórico coherente para mi en aquel lugar. ¡Y algo en mi mente hizo clic!...

Carrick hizo una pausa. Todavía contemplaba la copa vacía que agitaba lentamente entre sus dedos. Madison le incito a continuar:
-Y seguro despertaste allí y una hermosa muchacha se acerco a ti y preguntaste “¿Donde estoy?”
-No sucedió así -respondió Carrick sombrío-. No fue así en absoluto, desperté en ese otro mundo, si. Pero no fue como un despertar real. Simplemente, aparecí allí de repente.
...Seguía siendo yo, pero era el yo imaginado por mi para ese otro mundo. Se trataba de otro yo que siempre había vivido allí…., del mismo modo que sus antepasados. Verán, yo lo había creado todo. Y mi otro yo era tan real ene mundo imaginario creado por mi como lo había sido en el mio propio. Eso fue lo peor. Todo en ese mundo a medio civilizar era tan vulgar dentro de su realidad…
Hizo una pausa.
...Al principio, me resulto extraño. Camine por las calles de aquellas barbaras ciudades y mire los rostros de las personas con un imperioso deseo de gritar en voz alta: ¡Yo los imagine a todos! ¡Ninguno de ustedes existía hasta que lo los soñé!.

Sin embargo, no lo hice. No me habrían creído. Para ellos, yo no era mas que un miembro insignificante de su raza. ¿Como podían creer que ellos, sus tradiciones y su historia, su mundo y su universo, habían surgido súbitamente gracias a mi imaginación? Cuando ceso mi turbación inicial, me desagrado el lugar. Lo había creado demasiado bárbaro. Las salvajes violencias y crueldades que me habían parecido tan seductoras como material para una historia , eran aberrantes y repulsivas en mi propia carne. Solo deseaba volver a mi mundo. ¡Y no pude regresar! No había forma. Tuve la vaga sensación de que podría imaginarme de vuelta en mi mundo así como había imaginado mi viaje a ese otro. Pero fue en vano. La extraña fuerza que había propiciado el milagro no funcionaba en la dirección contraria.
La pase bastante mal al percatarme de que estaba atrapado en un mundo desagradable, extenuado y bárbaro. Primero pensé en suicidarme. Sin embargo, no lo hice. El hombre se adapta a todo. Y yo me acople lo mejor que pude al mundo creado por mi...
-¿Que hiciste allí? Quiero decir: ¿Que función cumpliste? -pregunto Brazell
Carrick encogió de hombros.
-No dominaba las habilidades y destrezas del mundo que había creado. Solo poseía mi propio oficio… el de contar historias.
Empecé a reír.
-¿No querrás decir que empezaste a escribir historias fantásticas?
El asintió, sombrío.
-No me quedo mas remedio. Era lo único que podía hacer. Escribí historias sobre mi propio mundo real. Para esa gente, mis relatos eran de una imaginación desbordante… y les gustaron.
Nos echamos a reír. Pero Carrick permaneció mortalmente serio. Madison llevo la broma hasta sus ultimas consecuencias.

-¿Y como te las arreglaste para regresar finalmente a casa desde ese otro mundo que habías creado?
-¡Nunca regrese a casa! -respondió Carrick con un amargo suspiro.

domingo, 9 de noviembre de 2014

La célebre rana saltarina del distrito de Calaveras



A petición de un amigo mío que me escribió desde el este, fui a hacer una visita a Simón Wheeler, un viejo bonachón y gárrulo, y le pregunté por el amigo de mi amigo, llamado Leonidas W. Smiley, como se me había encargado que lo hiciera; y he aquí el resultado. Abrigo la secreta sospecha de que Leonidas W. Smiley es un mito, y de que mi amigo en su vida ha conocido a tal personaje; y lo único que había hecho era conjeturar que si yo preguntaba acerca de él al viejo Wheeler, mi cuidado le haría acordarse de su infame Jim Smiley, e inmediatamente se pondría a la obra y me inspiraría un aburrimiento mortal con alguna infernal reminiscencia de tal sujeto, tan larga y fastidiosa como inútil para mí. Si tal fue su designio, le salió todo a las mil maravillas.

Encontré a Simón Wheeler echando, a sus anchas, un sueñecito junto a la estufa del bar, en la vieja y descascarada taberna del decaído campo minero del Ángel, y noté que estaba gordo y calvo, con expresión de irresistible dulzura y simplicidad en su sereno semblante. Levantose él y me dio los buenos días. Le dije que un amigo mío me había encomendado ciertas averiguaciones sobre un muy querido compañero de su infancia llamado Leonidas W. Smiley —el Reverendo Leonidas W. Smiley—, joven misionero del Evangelio, que, según aquél había oído, estuvo algún tiempo residiendo en el campo del Ángel. Añadí que si el señor Wheeler podía referirme algo relativo a ese Reverendo Leonidas W. Smiley, yo sería su eterno agradecido.

Simón Wheeler me fue siguiendo hasta un rincón y me bloqueó allí con su silla, después de lo cual se sentó en ella y fue dándole aire a la relación monótona que sigue a este párrafo. Ni una sola vez se sonrió, jamás frunció las cejas, ni cambió ese tono de su voz, mansamente fluido, iniciado en su primera frase; y ni por casualidad reveló el más leve asomo de entusiasmo; pero a través de toda su interminable narración corría una vena de sinceridad y seriedad impresio­nantes, franca demostración de que él, en vez de imaginar que hubiese en su historia algo ridículo o jocoso, la estimaba como asunto de la mayor importancia y admiraba a sus dos héroes como genios preclaros de la estratagema. Para mí, el espectáculo de un hombre relatando aquella extraña historia sin sonreír ni una sola vez, era exquisitamente absurdo. Como ya he dicho, le pedí que me contara lo que sabía del Reverendo Leonidas W. Smiley, y le dejé que siguiera adelante en su propio estilo, sin interrumpirle:

—Hubo aquí una vez un sujeto a quien llamaban JimSmiley —sería en el invierno del 49, o tal vez en la primavera del 50—, no lo recuerdo puntualmente; aunque lo que me hace pensar que sería en una u otra de ambas estaciones es mi recuerdo de que el saetín grande no estaba terminado cuando Smiley vino al campo por primera vez; pero, sea como fuera, era el tío más curioso que usted pudiera imaginarse: tenía la manía de apostar sobre lo que fuese, siempre que otro apostase desde el lado opuesto; y si no podía, cambiaba él de lado. No ponía reparos en el tema ni en el modo, y todo lo aceptaba con tal que su apuesta quedase en firme. Y tenía una suerte loca, pues casi siempre ganaba. Siempre estaba listo para una apuesta; y no bien salía algo a colación, él ya estaba apostando, dándole lo mismo apostar a un lado u otro, como le decía a usted. Si se corría una carrera de caballos, le hubiera usted hallado a la postre de ella con los bolsillos repletos, o con los bolsillos vueltos al revés; si había pelea de potros, apostaba; si había pelea de gatos, apostaba lo mismo; si había pelea de polluelos, apostaba todavía; es más, si veía dos pajaritos posados en el seto, le proponía a usted una apuesta sobre cuál de los dos alzaría primero el vuelo; y si el campo celebraba una de sus reuniones, allí estaba el hombre apostando a favor del Cura Walker, a su juicio el mejor exhortador, y por cierto que lo era, y era, además, un varón excelente. En cuanto divisaba un escarabajo, echando a andar donde fuera, le apostaba a usted sobre el tiempo que emplearía para llegar dondequiera que fuese; y si usted le aceptaba la apuesta, era capaz de seguir al escarabajo hasta México para descubrir adonde se dirigía y cuánto tiempo le llevaría el viaje. Cualquiera de los muchachos que por aquí conocieron a Smiley podrá contarle sobre él. Y a él de todo le daba igual, mientras pudiese seguir en su chifladura. Una vez, la señora del Cura Parson estuvo de lo más enferma, y parecía que no iba a salir con vida de aquel trance; pero una mañana vino el cura, y al preguntarle Smiley cómo estaba la señora, le dijo que mucho mejor —de lo cual había que agradecerle al Señor por su infinita bondad— y que ya estaba reponiéndose en tal forma que, con la bendición de la Providencia, se repondría del todo; y Smiley, soltando la palabra antes del pensamiento, dijo: —Dos dólares y medio a que ni así.

Ese tal Smiley tenía una yegua, a la que la muchachada llamaba la jaca de los quince minutos; pero lo decían en broma, porque claro que andaba mucho más que todo eso; y él solía ganar dinero con la yegua, a pesar de que el animal fuese de naturaleza tan quedada, y siempre padeciese de asma, de destemplanza, o de consunción, o cosa parecida. Solían darle dos o trescientas yardas de ventaja, y luego pasaban y la dejaban atrás en el rumbo; pero, cada vez, al aproximarse el final de la carrera, se ponía excitada y como desesperada, y corveteaba y daba brincos espatarrados, y desparramaba las piernas, lanzándolas al aire o contra las empalizadas, y coceaba más y más polvo, y armaba cada vez más baraúnda, tosiendo y estornudando y sonándose hasta llegar a la meta un ancho de cuello antes que los demás.

Y tenía un cachorrillo de dogo, que si le hubiera usted visto, le habría parecido que no valía un centavo, como no fuese para merodear por allí, como un perro ordinario al acecho para hurtar algo. Pero apenas era objeto de una apuesta, se convertía en un perro distinto: la quijada empezaba a echarse para adelante como un castillo de proa, y sus dientes se ponían al descubierto y relucían como los hornos de la fogonería. Y un perro cualquiera podía agarrarle y meterse con él, y morderle y lanzárselo por encima del hombro dos o tres veces, y Andrew Jackson —pues éste era el nombre del cachorrillo—, Andrew Jackson no parecía sino que estuviera de lo más satisfecho, y como si jamás hubiese esperado cosa distinta; y las apuestas iban siendo dobladas cada vez más en su contra; pero él, entonces, de repente, hincaba los dientes en el otro perro, y precisamente en el muslo de la pierna trasera, y allí se quedaba como helado, no mascando, usted comprende, sino sólo clavando la dentadura y manteniendo la dentellada, hasta que los demás tiraban la esponja. Smiley siempre salió ganador con ese cachorro hasta que un día el animalillo tuvo que habérselas con un perro que no tenía piernas traseras, porque se las había amputado una sierra circular; y cuando el encuentro había durado buen trecho, y las apuestas estaban por las nubes, y el cachorro iba a lanzarse sobre su particular bocado, vio en un instante que le habían engañado, y que el otro perro le daba con el hueso en los hocicos, por decirlo así; primero, pareció sorprendido, y después, descorazonado, y ya no marcó empeño en ganar la pelea. Dio una mirada a Smiley como si quisiera decirle que ya todo era inútil, y que la culpa era suya, por haberle enfrentado a un perro que no tenía patas traseras de donde agarrarse, pues de ellas dependía toda su fuerza en la lucha; y después de eso se fue cojeando su poquillo, se tendió y murió. Buen cachorro era ese Andrew Jackson, y hubiera llegado a ser célebre si hubiese vivido, porque tenía pasta para ello y tenía, además, genio; lo sé, porque casi no había tenido oportunidad para brillar, y está fuera de duda que un perro no puede luchar en semejantes circunstancias, si hubiera carecido de talento. Cada vez que pienso en su última pelea y en el desenlace que tuvo, me entristezco.

Bueno, pues, ese Smiley tenía perros de presa rateros, y pollos de pelea, y gatos y toda clase de cosas, hasta quitarle a uno el sosiego, y no había nada que uno pudiera sacar sin que él viniera para apostar con lo suyo propio. Un día cogió una rana, y se la llevó a su casa, y dijo que tenía la idea de educarla; y por espacio de tres meses, no hizo más que estar metido en el patio trasero de su casa, enseñando a la rana a saltar. Y puede usted apostar que así lo hizo. Le daba una puñadita por detrás, y en el acto la veía usted a ella girando por el aire como un buñuelo y dar una voltereta, o tal vez dos, si había tenido un buen arranque, y se dejaba caer patiplana y feliz como un gato. Había ido educándola así, haciéndola cazar moscas, y la mantenía tan bien entrenada, que en cuanto el animalito veía una mosca, la agarraba. Smiley decía que una rana sólo necesitaba educación, y podía hacer cualquier cosa; y así lo creo. Nada, que yo le he visto poner a Daniela Webster en este mismo suelo —Daniela Webster era el nombre de la rana— y cantarle: “¡Moscas, Daniela, moscas!”, y en un abrir y cerrar de ojos, ella daba un brinco y asía una mosca en ese mostrador, y se tiraba otra vez al suelo, compacta como un pellón de tierra, después de lo cual se ponía a rascarse un lado de la cabeza con la pata trasera, tan indiferente como si no tuviese idea de que había hecho algo que no cualquier rana podía hacer. Jamás ha visto usted una rana tan modesta y de tanta derechura como ella, con lo dotada que era. Y cuando se trataba de un salto limpio sobre un nivel llano, podía abarcar más trecho de una sola brincada que cualquier otro animal de su raza que usted haya visto en su vida. Saltar sobre lo llano era su fuerte, comprende usted; y, cuando de esto se trataba, Smiley se ponía a amontonar dinero en su favor mientras le quedase un cobre. Smiley se sentía desaforadamente orgulloso de su rana; y con razón, porque tipos que habían viajado y estado en todas partes, declaraban todos que aquella rana sobrepasaba a cualquier rana que jamás hubiesen visto.

Bueno, pues, Smiley guardaba el animalito en una cajita de celosía, y solía conducirlo al pueblo en busca de una apuesta. Cierto día, un tipo —un forastero— se topó con Smiley, que venía con su caja, y le dijo:

—¿Qué diablos es eso que lleva en la cajita?

Y Smiley dijo, simulando gran indiferencia: —Podría ser un loro, podría ser un canario; pero no es nada de eso: no es más que una rana.

Y el tipo tomó la caja, y la miró cuidadosamente, y le dio vueltas y más vueltas, y dijo: —Hum..., así es. Bien, ¿y para qué sirve?

—¡Bah! —dijo Smiley, complaciente y descuidado—. Sirve bastante para una cosa; si no ando equivocado, puede saltar mucho más alto que cualquier otra rana en el Condado de Calaveras.

El tipo cogió nuevamente la caja, y le dio otra mirada muy larga y cuidadosa, y la devolvió a Smiley, diciendo, muy resueltamente: —Bueno, pues, yo no le veo nada que la haga mejor que cualquier otra rana.

—Tal vez usted no lo vea —dijo Smiley—. Tal vez usted entiende de ranas y tal vez no; tal vez haya tenido usted experiencia o tal vez no sea usted más que un aficionado, por decir algo. De todos modos, yo tengo mi opinión, y estoy dispuesto a arriesgar cuarenta dólares a que ella salta más alto que cualquier rana del Condado de Calaveras.

El tipo meditó un minuto estudiando la idea, y luego dijo, como con un asomo de tristeza: —Vea, yo soy aquí un forastero, y no tengo rana alguna; pero si tuviese una, apostaría.

Y entonces Smiley dijo: —Muy bien, muy bien; si quiere usted tener mi caja por un minuto, voy por una rana y se la traigo.

El tipo tomó la caja, puso sus cuarenta dólares al lado de los de Smiley, y se sentó a esperarle.

Un buen rato estuvo sentado, hurgándole y hurgándole el pensamiento en la cabeza; y luego sacó la rana fuera de la caja, le abrió la boca, se sacó una cucharilla de café y la llenó bien colmada de perdigones de codornices y, quieras que no, llenó al animal casi, casi hasta la altura de la barbilla y lo de­volvió al suelo. Smiley, en tanto, había ido a la ciénaga, donde se embarró bastante en el cieno hasta que finalmente encontró una rana. Vínose con ella, y se la dio al tipo, diciendo:

—Ahora, si está usted listo, póngala usted al lado de la mía, con las patas anteriores bien parejas con las de Daniela, y yo daré la señal —luego exclamó—: Uno, dos, tres... ¡Saltar!

Y él y el tipo golpearon a las ranas por detrás; y la rana nueva brincó vivamente, pero Daniela suspiró muy hondo e izó los hombros, como un francés, pero sin que de nada le valiera, pues no se podía mover; estaba en el suelo más hincada que un yunque, y sin más posibilidad de meneo que si estuviera anclada. Smiley no volvía en sí de su asombro y de su disgusto; pero, naturalmente, no tenía la menor idea de lo ocurrido.

El tipo se quedó con el dinero y empezó a largarse; y cuando ya iba a traspasar el umbral, dio una sacudida a su dedo pulgar por encima del hombro —así— hacia Daniela, y dijo de nuevo, con la misma resolución.

—Bueno, a esta rana yo no le veo nada que la haga superior a cualquier otra rana.

Smiley se quedó largo rato de pie, rascándose la cabeza y mirando a Daniela, y al fin dijo: —Quisiera saber por qué demonios esta rana se quedó tan fija; me digo si le habrá ocurrido algo..., la verdad es que me parece muy abotagada —y agarró a Daniela por la pelusa del cogote y dijo:

—¡Vaya, malditos sean mis gatos, si no pesa cinco libras! —Y la puso cabeza abajo y ella eructó afuera dos puñados de perdigones. Entonces vio él lo que había pasado, y se puso furioso, y dejó a la rana por el suelo y echó a correr hacia el tipo, pero jamás volvió a dar con él. Y...

En este momento Simón Wheeler oyó que le llamaban desde el patio delantero, y se levantó para ver qué querían. Y volviéndose hacia mí, al alejarse, dijo:

—Quédese ahí, forastero, y descanse a sus anchas. No tardaré un segundo en volver.

Pero, con el permiso de ustedes, yo no estimé que la continuación de la historia del emprendedor vagabundoJim Smiley pudiese valerme mucha información concerniente al Reverendo Leonidas W. Smiley, así es que emprendí mi partida.

En la puerta hallé al sociable Wheeler que volvía, el cual me fastidió volviendo a empezar:

—Bueno, ese Smiley tenía una vaca amarilla, con un ojo nada más, y sin cola, sino un tronchito como una banana...

—¡Que el diablo se lleve a Smiley y a su afligida vaca! —refunfuñé de buena gana, y despidiéndome del viejo señor, me marché.

lunes, 27 de octubre de 2014

El abrigo de Nikolái Gógol


En el departamento de …, pero más vale que no lo nombremos. No hay cosa más susceptible que los departamentos, los regimientos, los negociados y, en resumidas cuentas, todas las diversas clases de funcionarios. En los tiempos que corren, cada particular considera que ofender a su persona es un escarnio a toda la sociedad. Se dice que, hace muy poco, cierto capitán de policía, no recuerdo de qué ciudad, presentó un informe, afirmando terminantemente que las leyes públicas estaban a punto de perecer, ya que de su rango sagrado se hacía el uso y abuso más arbitrarios. En prueba de lo cual unió a su informe una voluminosa novela romántica, en la que cada diez páginas, figuraba un capitán de policía, a veces incluso completamente borracho. En consecuencia, para evitarnos incidentes desagradables, designaremos el departamento en cuestión como un departamento. Así, pues en un departamento había un funcionario; un funcionario del que no podría decirse que tuviera nada en particular: era bajito, algo picado de viruelas, algo pelirrojo, a primera vista hasta algo cegato, con leves entradas, los cigarrillos surcados de arrugas y la cara de ese color que suele llamarse hemorroidal…
¡Qué se le va a hacer! La culpa la tiene el clima de San Petersburgo. Por lo que se refiere a su rango (pues en nuestro país el rango ha de ponerse por delante de todo), era lo que se llama un consejero titular a perpetuidad, personaje, a cuya costa, según es notorio, han hecho alarde de ingenio y se han mofado a su costa diversos escritores que tienen la plausible costumbre de ensañarse con los que no pueden morder. El funcionario se apellidaba Bashmachkin. Este apellido tuvo su origen en la palabra bashmach [zapato]; lo que no se sabe es cuándo, en qué época y de qué modo sucedió la derivación. Tanto el padre como el abuelo, y hasta el cuñado, es decir, todos los Bashmachkin, usaban botas, limitándose a echarles mediasuelas tres veces al año. Se llamaba Akaki Akákievich. Tal vez al lector se le antoje un poco extraño y rebuscado el nombre, pero podemos asegurarle que no lo es en absoluto y que las circunstancias se combinaron de tal suerte, que fue completamente imposible darle otro. He aquí como ocurrió: Akaki Akákievich nació, si no me falla la memoria, en la noche del 22 de marzo. Su madre, que en paz descanse, esposa de un funcionario y excelente mujer, se disponía, como es de rigor, a bautizar al niño. Estaba todavía en la cama, justo frente a la puerta; a su derecha se encontraban el padrino Iván Ivánovich Eroshkin, bellísima persona, jefe de sección en el Senado, y la madrina, Arina Semiónovna Bielobriúshkova, esposa de un oficial de policía y mujer de raras virtudes. Propusieron a las madres que eligiera entre tres nombres: Mokki, Sossi, y Jozdazat, el mártir. "De ningún modo", pensóla hoy difunta. "¡Vaya con los nombrecitos!" Con el objeto de complacerla. Abrieron el calendario por otra parte, y salieron otros tres nombres: Trifili, Dula y Varajasi. "¡Qué castigo!", dijo la madre. "¡Sí que tienen gracia los nombres! ¡Nunca he oído nada igual! Si, por lo menos, fuera Varadat o Váruj… ¡Pero miren que Trifili y Varajasi!" Volvieron una hoja más y aparecieron Pavsikaji y Vajtisi. "Está visto que es cosa del sino", dijo la madre. "Siendo así, prefiero que se llame como su padre. Akaki es el padre, y Akaki será el hijo". Ahí tienen ustedes cómo vino a resultar Akaki Akákievich. Bautizaron al niño, que rompió a llorar e hizo un mohín como si presintiera que iba a ser consejero titular. Queda, pues, explicada la manera en que ocurrió todo. Hemos hecho relación de ello para recordar que el lector se convenza de que las cosas siguieron el camino lógico y de que fue realmente imposible darle otro nombre. Cuándo y cómo entró en la oficina, y quién le promocionó la colocación no lo recordaba nadie. Los directores y jefes de toda clase cambiaron muchas veces, pero a él se le veía siempre en el mismo sitio, en la misma postura, en el mismo cargo, siempre atareado en el mismo trabajo de copista, de modo que, a la larga, llegó a parecer que había venido al mundo tal como era, con uniforme y calva. En el departamento no se le tenía el menor respeto. Los ordenanzas, lejos de levantarse al pasar por él, ni siquiera lo miraban, como si fuese una mosca. Los superiores lo trataban con una frialdad despótica. Cualquier subjefe de la sección le metía simplemente los papeles bajo la nariz, sin decirle siquiera: "¡Cópielos!" o "Aquí tiene un asunto interesante", o bien alguna otra palabra agradable, como se estilaba en las oficinas donde son educados. Pero él tomaba todo lo que le largaban, mirando tan sólo el papel, sin fijarse en quién lo entregaba, ni en si tenía derecho a ello. Lo tomaba y en el acto se ponía a copiarlo. Los jóvenes funcionarios le hacían burla y se mofaban de él en la medida de su ingenio oficinesco. En presencia suya contaban innumerables historias con él de protagonista; decían que le pegaba su patrona, una vieja de setenta años, y le preguntaban cuándo se casarían: otras veces le rociaban la cabeza de trocitos de papel, diciendo que era nieve. Pero Akaki Akákievich no respondía nada, como si no tuviera a nadie delante de sí; las burlas no influían lo más mínimo en su trabajo; y, pese a tanta impertinencia, no cometía una sola equivocación en las copias. Únicamente, cuando las bromas iban demasiado lejos, cuando le empujaban con el codo, impidiéndole proseguir su faena, terminaba por decir: "¡Dejadme! ¿Porqué me tratáis así?" había algo extraño en esas palabras y en la voz con que las pronunciaba. Su tono producía tanta lástima, que un joven recién ingresado en el cuerpo, y que, inducido por el ejemplo de los demás, osó burlarse de él, se detuvo como herido por un rayo, y desde entonces todo pareció cambiar a sus ojos, tomando otro aspecto. Una fuerza sobrenatural lo apartó de sus colegas, a quienes había considerado como personas correctas y educadas. Por espacio de mucho tiempo, aun en los momentos más entretenidos, se le presentaba súbitamente el pequeño funcionario de la calva con su penetrante "¡Dejadme! ¿Porqué me tratáis así?" ; en esas palabras punzantes se percibían otras: "Soy tu hermano" , y entonces el pobre joven se cubría el rostro con las manos. Y más tarde, muchas veces en su vida, constató con horror cuántos sentimientos inhumanos se encierran en el hombre, cuánta brutal grosería se oculta bajo el refinamiento de la urbanidad, incluso, ¡Dios mío!, en personas a quienes el mundo tiene por nobles y honradas…
Hubiera sido difícil encontrar un hombre tan apegado a su trabajo. Decir que lo ejecutaba con celo sería insuficiente. No, lo hacía con amor. En la faena de copiar se entreveía todo un mundo, múltiple y atrayente. Su rostro se inundaba de placer; tenía letras favoritas, y cada vez que las encontraba se convertía en otro hombre: sonreía, guiñaba los ojos, recurría al concurso de los labios, de modo que en su semblante podía leerse cada una de las letras que trazaba la pluma. Si le hubieran recompensado en proporción al celo que desplegaba, tal vez habría ascendido, con gran sorpresa suya, hasta consejero de Estado; pero, según decían sus guasones compañeros, no había ganado más que "dolores de los riñones y granos a montones". Sin embargo, decir que jamás se tuvo con él una atención sería faltar a la verdad. Un director, hombre sensible, deseando premiar sus largos años de servicio, dispuso que se le confiara una tarea más importante que la de simple copista: se trataba de tomar un expediente ya terminado y redactar una carta dirigida a otra institución. Bastaba para ello cambiar el encabezamiento y pasar algunos verbos de la primera a la tercera persona. Pero le costó tanto esfuerzo que quedó bañado en sudor, y, enjugándose la frente, dijo por fin: "No, más vale que me den a copiar algo". A partir de entonces, lo dejaron de copista para siempre. Diríase que, aparte de ese trabajo, nada existía para él. Su indumentaria le tenía sin cuidado. El uniforme, verde en sus buenos tiempos, pasó a ser parduzco harinoso. El cuello de su uniforme era tan estrecho y bajo, que, aunque el pescuezo de Akaki Akakiévich no era norma, parecía desmesuradamente largo, asemejándose a esos gatitos de yeso, que mueven la cabeza, y que los vendedores de otras regiones traen a docenas en cestas sobre su cabeza. Siempre llevaba en el uniforme alguna adherencia extraña: ya unas briznas de heno, ya alguna hilacha. Poseía, además, el raro don de la oportunidad para pasar bajo las ventanas en el preciso instante en que arrojaban por ellas desperdicios de toda suerte, llevándose siempre en el sombrero cáscaras de sandía, de melón y otras inmundicias por el estilo. Jamás paró su atención ene el espectáculo cotidiano de la calle, siempre tan sugestivo para sus colegas, los funcionarios jóvenes, de ojo tan sagaz y escrutador que no se le escapa en la acera opuesta un pantalón con la escobilla descosida, lo que siempre provoca una sonrisa maliciosa.
Pero Akaki Akákievich, aunque mirase algo, no veía más que unos renglones derechos, escritos con su esmerada letra; y quizá si un caballo, salido no se sabe de dónde, le metía el hocico en el hombro, descargándole por los caños de las narices toda una tormenta en un carrillo, sólo entonces caía en la cuenta de que no estaba en la mitad del renglón, sino más bien en la mitad de la calle. De regreso a su casa, se sentaba inmediatamente a la mesa, engullía apresuradamente su sopa y un trozo de carne de vaca con cebolla, sin paladearlos, tragando a voleo, con moscas y todo, lo que Dios enviaba.
Una vez que sentía el estómago repleto, se levantaba de la mesa, sacaba un tintero y se ponía a copiar papeles traídos de la oficina. Si no tenía ninguno pendiente, copiaba para él |por puro gusto, sobre todo documentos que le parecían notables, no por la belleza de su estilo, sino porque el destinatario era algún personaje nuevo o importante.
Cuando el cielo gris de San Petersburgo oscurece y el mundo de los funcionarios ha llenado sus estómagos, cada cual con arreglo a su sueldo y a sus gustos; cuando han descansado del rasgueo de las plumas de oficina, del ajetreo, de los quehaceres propios y ajenos y del sinnúmero de tareas que el individuo inquieto se impone voluntariamente, excediéndose a veces, todos los funcionarios se apresuran a consagrar el tiempo restante al placer. Estos, los más diligentes, acuden al teatro; aquellos se van a la calle para recrearse en la contemplación de ciertos sombreritos; los otros pasan la velada en una tertulia, prodigando piropos a una linda muchacha, estrella de un círculo reducido de funcionarios, y los más se encaminan simplemente a un tercero o a un cuarto piso, donde un colega tiene dos pequeñas habitaciones con pasillos, cocina o algún que otro amago de elegancia (una lámpara u otra cosilla de poca monta), costeado a fuerza de muchos sacrificios y muchas renuncias a comidas y fiestas. En pocas palabras, a esas horas se dispersan los funcionarios por los cuartuchos de sus amigos para jugar al whist y tomar un vaso de té con galletas de a kopec, aspirando el humo de largas pipas y contando, mientras barajan y dan cartas, algún chisme puesto en circulación por la alta sociedad, que tanto interesa a los rusos de no importa qué clase; o bien, si no hay otro tema, se repite el eterno chascarrillo del comandante a quien vinieron a decirle, que le habían cortado el rabo al caballo de Falconet. Pues bien: Akaki Akákievich no se entregaba a ninguna diversión ni siquiera a esa hora en que todos tratan de distraerse. Nadie podía jactarse de haberle visto jamás en alguna velada. Satisfecho ya de escribir, se acostaba, sonriendo al pensar en el día de mañana: ¿Qué le enviaría Dios para copiar? Así transcurría la apacible existencia de un hombre que con cuatrocientos rublos de sueldo al año, sabía estar contento de su suerte, y quizá había transcurrido hasta la edad más avanzada, a no ser las calamidades de las que está sembrado el camino no sólo de los consejeros titulares, sino también de los consejeros, secretos, efectivos, paliativos y de toda clase, y hasta incluso de aquellos que nadie dan ni de nadie solicitan consejo alguno.
Hay en San Petersburgo un enemigo feroz de todos los que ganan al año cuatrocientos rublos o cosa así. Este enemigo no es otro que nuestro frío norteño, aunque, por otra parte, se dice que es muy bueno para la salud. A las ocho y pico de la mañana, precisamente cuando las calles se pueblan de funcionarios que se dirigen a sus departamentos, comienza el frío a dar unos aletazos tan fuertes y punzantes en todas las narices, que los pobres funcionarios no saben dónde meterlas. En momentos como ésos, el frío hace que les duela la frente y se les salten las lágrimas hasta a los que ocupan cargos superiores; y los pobres consejeros titulares se sienten seres desvalidos. Con capotes tan ligeros como los suyos, la única salvación está en atravesar a escape las cinco o seis calles, y una vez en la portería de la oficina patear fuertemente el suelo hasta que se derrita el hielo que atenaza todas las facultades y los dotes necesarias para el desempeño de sus funciones. Akaki Akákievich llevaba tiempo notando que el frío le mordía dolorosamente, sobre todo en la espalda y en los hombros, a pesar de que trataba de trasponer con máxima rapidez el trayecto habitual. Al cabo, se le ocurrió pensar si no tendría algún defecto su capote. Examinándolo con atención en su casa, descubrió que el paño aparecía como calado en dos o tres puntos, precisamente en la espalda y en los hombros; tan deteriorado estaba, que se traslucía, y el forro se deshilachaba. Es de saber que también el capote de Akaki Akákievich era objeto de mofa entre los funcionarios, quienes incluso le negaban su noble nombre, calificándolo de batín. Efectivamente, tenía un aspecto peregrino: año tras año se reducían las dimensiones de su cuello, porque se empleaba para echar remiendos a otras partes, remiendos que no hacían gran honor al arte del sastre y que daban a la prenda un aire desgarbado, parecido a un saco. Cuando Akaki Akákievich vio de lo que se trataba, determinó llevar el capote a casa de Petróvich, un sastre que vivía en un cuarto piso, con entrada por la escalera de servicio. Petróvich, a pesar de ser tuerto y tener la cara picada de viruelas, se dedicaba con bastante fortuna a reparar pantalones y levitas de oficina y de otra índole, a condición, naturalmente, de que no estuviera bebido ni alimentase en su magín alguna otra empresa. Es evidente que no deberíamos extendernos mucho en la personalidad de tal sastre, pero, como es de rigor que en toda obra se precise el carácter de cada personaje, no queda otro remedio: venga, pues, Petróvich para acá. Hubo un tiempo en que Petróvich se le llamaba simplemente por el nombre , Grigori. Era entonces siervo de no sé qué señor. El patronímico, Petróvich, databa de la época en que fue liberado y comenzó a empinar el codo en las fiestas: al principio, durante las fiestas mayores, y luego, en todas las eclesiásticas sin distinción, dondequiera que el calendario estaba marcado con una cruz. En relación con esto, Petróvich permanecía fiel a las costumbres de sus abuelos , y, cuando discutía con su mujer, la llamaba pecadora alemana. Y, ya que hemos aludido a la esposa, habrá que decir dos palabras de ella. Mas, por desgracia, sabemos muy poco: quizá tan sólo que Petróvich estaba casado, y que su mujer llevaba cofia y no toquilla en la cabeza; parece que no era un dechado de hermosura; lo atestigua el hecho de que, al encontrársela, únicamente los soldados de la Guardia le echaban una mirada bajo la cofia al tiempo que se atusaban el bigote y largaban una exclamación muy particular.
Mientras subía por la escalera de la casa de Petróvich, escalera que, en honor a la verdad, estaba cuajada de charcos y basura y despedía ese olor acre que escuece en los ojos y que, como es notorio, reina en todas las escaleras de servicio de las casas de San Petersburgo, Akaki Akákievich iba pensando en el precio que pondría Petróvich, y decidió no darle más de dos rublos. La puerta estaba de par en par, porque la dueña, que freía pescado en la cocina, había levantado tal humareda, que no se veían ni siquiera las cucarachas. Akaki Akákievich atravesó la cocina sin que lo viera el ama y entró, por fin, en una habitación donde encontró a Petróvich sentado sobre una ancha mesa de madera sin pintar, con las piernas cruzadas al estilo de un bajá turco. Tenía los pies descalzos, como suelen hacer los sastres cuando trabajan; y lo que primero saltaba a la vista era el dedo pulgar, muy conocido de Akaki Akákievich, con la uña deformada, gorda y dura como la concha de una tortuga. Le colgaba del cuello una madeja de hilos, y sobre sus rodillas descansaban unos andrajos. Llevaba alrededor de tres minutos enhebrando la aguja, pero no conseguía ensartarla, por cuya razón estaba muy irritado contra la oscuridad y hasta con las propia hebra, mascullando, gruñón: "¡No quiere entrar, la sinvergüenza! ¡Ya me tienes harto, so pelma!" Akaki Akákievich lamentó darse cuenta que había llegado precisamente en un momento de mal humor de Petróvich; prefería tratar con él cuando estaba algo iluminado o, empleando la expresión de su esposa, "como una cuba, ese tuerto del diablo". Hallándose en tales circunstancias, Petróvich solía ceder y rebajar el precio de buena gana, y hasta hacía continuas reverencias y daba las gracias. Cierto que, después, venía su mujer a quejarse, aduciendo que el marido estaba borracho y por eso había puesto un precio tan bajo; pero diez kopeks más bastaban para ventilar el asunto. Ahora, en cambio, Petróvich parecía estar sobrio y, por lo tanto, era renuente, terco y amigo de poner precios diabólicos. Así lo entendió Akaki Akákievich, y ya se disponía, como aquél que dice, a volver grupas, pero era tarde. Petróvich lo atravesó con su único ojo entornado, y el funcionario dejó escapar casi involuntariamente:
Buenos días, Petróvich
Iguales se los deseo, caballero – respondió el sastre y torció el ojo en dirección a las manos de Akaki Akákievich para ver la prenda que le traía.
Pués, verás, Petróvich, he venido, eso…
Sepan ustedes que Akaki Akákievich se expresaba muchas veces, con preposiciones, adverbios y partículas que no significaban absolutamente nada. Si se trataba algún asunto espinoso, no solía ni siquiera terminar las frases, de modo que muchas veces comenzaba con las palabras: "Esto, verdaderamente, es, en realidad, pues, eso…" , y ahí se quedaba cortado, olvidándose él mismo del resto y convencido de que lo había dicho todo.
¿Qué me trae? – preguntó Petróvich escudriñándole con su único ojo el uniforme, desde el cuello a las mangas, sin omitir la espalda, los faldones y los ojales, todo ello muy conocido para él, ya que era de factura propia. No hay sastre que no se atenga a esa costumbre: es lo primero que hacen al ver a cualquiera.
Pues yo, eso, Petróvich… El capote, el paño… ya lo ves; en otros lugares está muy fuerte; un poco polvoriento y parece viejo, pero es nuevo; sólo que en un sitio está algo, eso… Un tanto gastado en la espalda y en este hombro, en este otro… ahí lo tienes, eso es todo. El trabajo no es mucho…
Petróvich tomó la prenda, la extendió, de entrada, sobre la mesa, se mantuvo largo rato mirándola, movió la cabeza y alargó la mano hasta la ventana, asiendo una tabaquera redonda adornada con el retrato de un general imposible de identificar, ya que el sitio de la cara lo tenía hundido de algún apretón con un dedo y recubierto con un remiendo cuadrado de papel. El sastre aspiró una porción de rapé, desplegó el capote con las manos y lo miró a trasluz, volviendo a menear la cabeza. Después lo volvió con el forro para arriba, hizo el mismo movimiento de cabeza, alzó nuevamente la tapadera con el general remendado de papel y, llevándose otra toma de rapé a la nariz, cerró la tabaquera, la guardó y empezó a hablar:
No. No tiene arreglo. ¡Es demasiado viejo!
Al oír tales palabras, le dio un vuelco el corazón a Akaki Akákievich.
¿Cómo que no tiene arreglo, Petróvich? — profirió con voz infantil, casi suplicante—. Pero si lo único que está rozado son los hombros. Ya encontrarás tú por ahí algún retal…
Por eso no quedaría; retales tengo yo – repuso el sastre —; lo que pasa es que no se puede poner nada por dentro. Está podrido, y apenas lo toque con la aguja, se irá todo.
Pues mira, que se vaya; le pones un remiendo.
Ahí está el asunto, que es imposible ponerlo, no hay dónde sujetarlo, está muy desgastado. De paño no tiene y más el nombre; un soplo lo deshace.
Pero, hombre, ya procurarás tú que se sujete. ¡Porque, bueno, es que…!
No – lo atajó Petróvich con energía —. No hay nada que hacer. La prenda no tiene arreglo posible. Más le valdría hacerse con ella unos peales para el invierno, porque los calcetines no calientan: los han inventado los alemanes para sacar dinero (A Petróvich le gustaba meterse con los alemanes siempre que había ocasión). Y, en cuanto a lo del capote, está visto que tendrá que hacerse de nuevo.
Cuando dijo "nuevo", se nublaron los ojos de Akaki Akákievich, y todo cuanto había en el aposento se le hizo un lío confuso. Lo único que distinguía claramente era el general de la tabaquera de Petróvich, con la cara remendada de papel.
¡Qué dices! ¿Nuevo? – preguntó como entre sueños—. Pero si no tengo dinero.
Sí, nuevo – repitió Petróvich con el aplomo de un bárbaro.
Y, si hubiera que hacerlo nuevo, ¡cuánto vendría a…?
Cuánto costaría, quiere usted decir.

Pues vendría a salirle por ciento cincuenta rublos largos— dijo Petróvich, apretando los labios en una mueca significativa. Era aficionado a los grandes efectos, le complacía desconcertar repentinamente a alguien para después mirar de reojo la cara de perplejidad que sus palabras producían.
¡Ciento cincuenta rublos un capote? – exclamó el pobre Akaki Akákievich, alzando el tono quizá por primera vez en su vida, pues su voz había sido siempre de lo más sumisa.
Sí, señor – continuó Petróvich —. Y eso, según qué capote. Si le ponemos cuello de marta y capuchón forrado de seda, no le costará menos de doscientos.
Por favor, Petróvich – dijo Akaki Akákievich con acento implorante, sin oír, y aún procurando no oír las aterradoras palabras del sastre —, hazle un arreglo como puedas, para que me sirva un tiempo.
Imposible. Sería trabajar en balde y tirar el dinero— sentenció Petróvich, y después de esto, Akaki Akákievich salió completamente anonadado.
Y después de su salida Petróvich se quedó un buen rato en pie, contrayendo significativamente los labios y sin reanudar la faena, satisfechísimo de haber mantenido su dignidad y salvaguardando el honor del arte del sastre.
Al salir a la calle, Akaki Akákievich parecía ir en sueños, "Pues el asunto es de los que, vamos", se iba diciendo. "Ni siquiera pensaba que fuese tal…" Y, transcurría una breve pausa, añadió: "Pues sí que…, por fin, ya ves, lo que son las cosas, y yo, ciertamente, ni podía imaginarme que viniera a resultar esto". Siguió otro largo rato de silencio, al cabo del cual volvió a decir: "¡Así que sí! Ahí tienes ya, exactamente, de ningún modo esperaba eso… aquello de ninguna forma…, ¡vaya un asunto!". Terminado este soliloquio, en vez de tomar dirección de su domicilio, puso exactamente el rumbo contrario sin advertirlo él mismo. Por el camino, le rozó un deshollinador, nada limpio, ennegreciéndole todo el hombro; una espertilla entera de cal vino a caerle desde lo alto de una casa en construcción. Nada de esto notó Akaki Akákievich; únicamente cuando se dio de bruces con un guardia municipal que, dejando su alabarda contra la garita, estaba sacando tabaco de un cuernecillo y lo echaba en la callosa palma. Volvió un poco en sí, pero fue porque el guardia le espetó: "¿No ves que te metes en mis propias narices? ¿O es que te falta acera?" EL incidente le hizo recobrarse y emprender el camino de su casa. Sólo allí pudo recapacitar, haciéndose una idea exacta de su situación real; comenzó a hablar consigo mismo, pero no de manera entrecortada, sino razonadora y franca, como quien conversa con un amigo prudente al que se le puede confiar el asunto más íntimo y recóndito. "De ningún modo", se dijo Akaki Akákievich. "Ahora no se puede tratar con Petróvich. No está como para eso…, seguramente su mujer le ha vapuleado. Mejor será que vaya a verlo el domingo por la mañana. Después de la merluza del sábado, lo encontraré con el ojo torcido y adormilado; para ponerse a tono necesitará darle gusto a la garganta, pero su mujer no querrá darle dinero; en esto, llego yo, y eso: le pongo en la mano diez kopeks. Así se ablandará, y, entonces, el capote, pues, eso…" Animado con tales razonamientos, Akaki Akákievich esperó al domingo siguiente y, al ver desde cierta distancia que la mujer de Petróvich salía de su casa, se coló en ella de sopetón. Como era de esperar, los efectos del sábado hacían mucho más bizco el ojo de Petróvich. La cabeza se le iba hacia el suelo y estaba amodorrado. Pero en cuanto tuvo noticia de lo que requería, pareció como si el diablo le hubiese dado un empellón:
Imposible— dijo—. Encárguese uno nuevo.
Akaki Akákievich creyó llegada la ocasión de dejarle caer en la mano los diez kopeks.
Muchas gracias, caballero. Me echaré un trago a su salud – dijo Petróvich—. Y, por lo que se refiere al capote, no vale la pena molestarse. No sirve para nada. Le haré uno nuevo, que dará gloria verlo, puede creerme.
Akaki Akákievich quiso insistir en lo del arreglo, pero el sastre no terminó de oírlo y prosiguió:
No se preocupe, que le capote nuevo se lo haré sin falta. Esté seguro, nos esmeraremos. Se lo puedo coser incluso a la moda, con presillas de plata en el cuello.
Aquí terminó Akaki Akákievich por convencerse de que era imposible arreglárselas sin capote nuevo, y se le cayó el alma a los pies. En verdad, ¿con qué dinero iba a hacérselo? Cierto que, en parte, podía contar con la gratificación de las próximas fiestas, pero es que ya lo tenía destinado y distribuido de antemano. Había que adquirir unos pantalones, pagar al zapatero unas punteras nuevas que le había echado a unas botas viejas; debía encargar a la costurera tres camisas y dos de esas prendas interiores que el decoro impide nombrar con letras de molde. Así, pues, la suma estaba condenada totalmente a desaparecer y aun admitiendo que el director fuese tan magnánimo, que en vez de cuarenta rublos de gratificación le concediese cuarenta y cinco o cincuenta, el remanente sería risible, una gota en el mar del capital que necesitaba para el capote. Ciertamente, sabía que a Petróvich le daba a veces la vena de poner precios diabólicamente disparatados, y que, incluso, su propia mujer le gritaba, incapaz de reprimirse: "¿Te has vuelto loco, so idiota? Unas veces trabajas de balde, y otras, como ahora, pides un dinero que ni tú mismo vales". Sabía que Petróvich le haría el capote hasta por ochenta rublos; mas ¿de dónde sacarlos? Podría encontrar hasta la mitad, quizás, incluso un poquito más; pero ¿de dónde iba a agenciarse la otra mitad?… Sin embargo, antes de seguir, debe saber el lector la procedencia de la primera mitad. Akaki Akákievich tenía la costumbre de guardar medio kopek por rublo gastado, metiéndolo en un cofrecillo que cerraba con llave y en cuya tapa había una ranura por donde entraba el dinero. Al expirar cada semestre, revisaba la suma acopiada en calderilla y la sustituía por monedillas de plata. Así lo venía haciendo desde hacía tiempo, y al cabo de unos cuantos años, la cantidad reunida rebasaba los cuarenta rublos. Por consiguiente, la mitad estaba resuelta, pero ¿y la otra mitad? ¿Dónde buscar los restantes cuarenta rublos? Akaki Akákievich estuvo piensa que te piensa, y a la postre dedujo que habría de reducir los gastos ordinarios durante un año por lo menos: renunciar a la cena, no encender la vela y, en caso de que algo tuviera hacer por las tardes, irse al cuarto de la patrona y trabajar a la luz de su vela; poner sumo cuidado en la calle, suavizando al máximo el paso por adoquines y losas, andar casi de puntillas, a fin de no gastar prematuramente las suelas; dar la ropa a lavar con la menor frecuencia posible y, para evitar que se manchase, quitársela nada más llegar a casa, quedándose con un vetusto batín de algodón indultado por sus muchos años. A decir verdad, tales limitaciones se le hicieron algo cuesta arriba al principio, pero luego se acostumbró, inclusive a pasar hambre por la noche; en cambio, se alimentaba espiritualmente, acariciando en su cerebro la idea perenne de su futuro capote. A partir de entonces, su existencia pareció adquirir mayor plenitud, como si se hubiera casado y alguna persona le acompañase de continuo; como si no estuviera solo, sino que una agradable compañera hubiese accedido a recorrer con él la senda de la vida; y la compañera no era otra que el capote, bien guateado y de sólido forro sin desgastar. Akaki Akákievichse hizo más animoso y hasta mas firme de carácter, como el hombre que se ha planteado ya un objetivo definido. De su rostro y de sus actos desaparecieron la duda y la indecisión, todos los rasgos vacilantes e imprecisos. Sus ojos se iluminaban de vez en cuando, y por su mente llegaban a cruzar las ideas más temerarias y atrevidas: ¿Por qué, en efecto, no ponerle un cuello de piel de marta? Faltó poco para que semejantes meditaciones lo distrajeran. En cierta ocasión, recopilando un texto, estuvo en un tris de cometer una falta, de modo que exhaló un ¡ah! Casi en voz alta y se persignó. Al menos una vez al mes visitaba a Petróvich para hablar del capote, decidir dónde sería mejor comprar el paño, determinar el color y el precio; y aunque un tanto preocupado, regresaba a casa siempre contento, considerando que, por fin, llegaría la hora de adquirirlo todo y de hacer el capote. Las cosas se aceleraron incluso más de lo que él creía. Contra todo lo que era de esperar, el director asignó a Akaki Akákievich una gratificación no de cuarenta ni de cuarenta y cinco rublos, sino ni más ni menos que de sesenta. Ya fuese porque intuía que Akaki Akákievich necesitaba un capote, o por pura casualidad, lo cierto fue que esto le proporcionó veinte rublos con los que no contaba, precipitando la marcha del asunto. Dos o tres meses más de hambre moderada, y Akaki Akákievich llegó a reunir los ochenta rublos aproximadamente. Se aceleraron los latidos de su corazón, siempre sosegado.
A la primera ocasión, se encaminó a la tienda, acompañado de Petróvich. Compraron un paño buenísimo, cosa muy natural, ya que venían pensándolo medio año, y raro era el mes en que no acudían a los almacenes para estar al tanto de los precios. Hasta el mismo Petróvich declaró que no había paño mejor. Para forro adquirieron percalina, pero tan buena y sólida que, según Petróvich aventajaba a la seda y tenía mejor aspecto y brillo. Renunciaron a la marta porque, efectivamente, era muy cara y, en su lugar, eligieron la mejor piel de gato que había en la tienda: un gato que desde lejos podría pasar por marta sin la menor dificultad. Petróvich anduvo atareado con el capote dos semanas y, de no llevar tanto despunte, lo hubiera acabado antes. Le cobró por la hechura doce rublos; menos era imposible: lo había cosido con hilo de seda, haciendo menudas costuras dobles, que luego Petróvich repasó con los dientes, dejando marcadas sus huellas. Un día… es difícil precisar la fecha, pero a buen seguro que fue la más solemne de la vida de Akaki Akákievich, Petróvich le trajo, por fin, el capote. Se presentó por la mañana, precisamente en el momento en que se disponía a salir para el departamento. A propósito, por cierto, pues ya empezaba a hacer un frío bastante regular que, según parecía, amenazaba con arreciar. Petróvich trajo el capote como correspondía a un buen sastre. Su semblante mostraba una expresión tan solemne como jamás había visto Akaki Akákievich: la expresión de quien haciéndose cargo de la magnitud de la obra realizada demuestra el abismo existente entre los sastres que forran y rehacen y los que cosen de nuevo. Desenvolvió el paño en que lo traía envuelto y que acababa de salir de manos de la lavandera, lo dobló y se lo metió en el bolsillo para usarlo más adelante. Una vez que hubo extraído el capote, lo contempló orgulloso y, sosteniéndolo con ambas manos, lo dejó caer con suma destreza sobre los hombros de Akaki Akákievich; luego lo estiró por la espalda hacia abajo y se lo probó al cliente a manera de capa. Akaki Akákievich, como hombre maduro, quiso probarse las mangas. Petróvich le ayudó a ponérselo, y vino a comprobarse que también las mangas le iban pintiparadas. En una palabra, el capote estaba impecable. Estando en esto, no perdió Petróvich la ocasión de hacer constar que si le había llevado tan barato había sido tan sólo porque su taller no tenía rótulo y estaba en una calleja y porque, además, conocía a Akaki Akákievich desde hacía mucho tiempo, pero que en la avenida Nevski le hubieran cobrado setenta y cinco rublos solamente por el trabajo. Akaki Akákievich rehuyó el tema, pues le aterrorizaban las sumas astronómicas que Petróvich solía mentar para aturdir a sus clientes. Le pagó, le dio las gracias y acto seguido se puso en camino para la oficina con su capote nuevo. Petróvich salió tras él y quedándose plantado en la calle, lo estuvo mirando largo rato a distancia por la espalda; después tiró hacia un lado, torció por un callejón sinuoso y le salió al paso nuevamente en la calle para verlo un vez más desde el otro lado, es decir de frente. Entre tanto, Akaki Akákievich caminaba con festivo alborozo. Cada instante notaba sobre sus hombros un capote nuevo, y la satisfacción interna lo hizo sonreírse repetidas veces. El capote, en efecto, le ofrecía dos ventajas: la primera, calor, y la segunda, mejor aspecto. Sin notar siquiera el camino, se encontró de buenas a primeras ante el departamento, en la portería se despojó del capote, lo miró por los cuatro costados y lo encomendó a la especial custodia del conserje. Se desconoce cómo llegó a oídos del personal que Akaki Akákievich traía un capote nuevo y que el batín había dejado de existir. Todos corrieron inmediatamente a la portería para ver la prenda estrenada por Akaki Akákievich. Comenzaron los plácemes y felicitaciones, de tal modo, que, si al principio no hacía más que sonreír, a la postre llegó a darle vergüenza. Cuando todos lo rodearon, afirmando que había mojarlo y que, por lo menos, tenía que invitarlos a una fiesta, el azoramiento de Akaki Akákievich llegó hasta el punto de no saber qué contestar ni cómo evadirse. Al cabo de unos minutos, se puso a explicarles, ruborizado y con la mayor ingenuidad, que el capote no era nuevo y que lo tenía ya hacía mucho tiempo. Por último, uno de los funcionarios, parece que incluso el subjefe de la sección, queriendo, probablemente, poner de manifiesto que no tenía nada de orgulloso y que hasta trataba con lo inferiores, declaró:
Bueno, caballeros, daré yo la fiesta en lugar de Akaki Akákievich. Les ruego que vengan esta tarde a cenar a casa. Precisamente es el día de mi santo.
Como es de suponer, los oficinistas acudieron a felicitar el subjefe de la sección y aceptaron de buena gana la invitación. Akaki Akákievich intentó rehusar con varios pretextos, mas todos le persuadieron, afirmando que era un acto de descortesía, una vergüenza y un bochorno, ante lo cual no pudo renunciar. Por otra parte la propuesta terminó por complacerle, ya que así se le presentaría la ocasión de lucir su capote nuevo hasta por la noche. Aquel día fue para Akaki Akákievich la festividad más solemne. Regresó a casa de humor inmejorable, se quitó el capote y lo colgó con esmero en la pared, volviendo a embelesarse en la contemplación del paño y del forro, y, a fin de comparar, sacó el viejo batín deshilachado. Lo miró y no pudo por menos de echarse a reír: ¡que diferencia tan enorme! Y, más tarde, mientras comía, no dejó de sonreír, pensando en la situación a que había llegado aquel batín. Comió alegremente, y después de comer no copió ningún papel, sino que estuvo tendido en la cama como un sibarita hasta que anocheció. Se vistió entonces sin más dilaciones, se echó el capote sobre los hombros y salió a la calle. Desgraciadamente, no podemos precisar dónde habitaba el funcionario que ofrecía el convite: la memoria empieza a fallarnos, y todo cuanto hay en San Peterburgo, calles y casas, se nos han mezclado y confundido en la cabeza de tal manera , que es harto difícil sacar de ella nada en orden. Sea como fuere, lo cierto es que tal funcionario vivía en la parte céntrica de la ciudad, es decir, lejos de Akaki Akákievich. Akaki Akákievich hubo de atravesar, al principio, algunas calles desiertas y mal iluminadas, pero, conforme se aproximaba al domicilio del subjefe de la sección, las calles se iban animando, y era mayor la concurrencia y la iluminación. Aumentaba el número de transeúntes; comenzaron a verse, incluso, damas elegantes y caballeros con cuellos de castor en los abrigos; se hacían menos frecuentes los cocheros sobre trineos de carrocería de listones entrecruzados, con pespuntes de clavitos dorados; por el contrario, abundaban los arrogantes cocheros con gorro de terciopelo carmesí, trineos acharolados y mantas de viaje de piel de oso; carrozas de pescante plegado corrían, raudas, haciendo chirriar la nieve bajo sus ruedas. Para Akaki Akákievich todo aquello constituía novedad, pues llevaba unos cuantos años sin salir a la calle por la noche. Se detuvo, curioso ante el iluminado escaparate de una tienda para ver el cuadro en que una hermosa mujer se estaba quitando un zapato y ponía al descubierto y ponía al descubierto una pierna bien torneada, mientras que, a sus espaldas, desde la puerta de una habitación contigua, la atisbaba un caballero con patillas y magnífica barba a la española. Akaki Akákievich movió socarronamente la cabeza, se sonrió y reemprendió su camino. ¿Porqué se sonrió? Quizá fuera por haberse encontrado con algo que desconocía, pero de la que cada cual conserva una cierta intuición; o tal vez fuese porque pensó, al igual que tantos otros funcionarios: "¡Ah, esos franceses! Ni que decir tiene; si se les mete en la cabeza algo de eso, pues ya se sabe, eso…" Aunque puede que ni siquiera pensase tal cosa: vaya usted a saber lo que piensa cada cual, siendo imposible, como lo es, penetrar en le alma del hombre. Llegó, por fin, a la casa del subjefe de la sección. Vivía el subjefe muy a sus anchas: un farol alumbraba la escalera, y su casa estaba en el segundo piso. Entrando en el vestíbulo, Akaki Akákievich vio en el suelo largas hileras de chanclos. Entre ellos, y en medio de la habitación, crepitaba el samovar, despidiendo chorros de vapor. Pendían de las paredes capotes y capas, y algunos ostentaban cuellos de castor o solamente de terciopelo. Del otro lado de la pared llegaba un eco de rumores y voces que cobraron clara sonoridad al abrirse la puerta y salir un lacayo con una bandeja en que traía vasos vacíos, una lechera y un cestillo de galletas, lo que daba a entender que los funcionarios llevaban ya tiempo reunidos y habían tomado el primer vaso de té. Akaki Akákievich colgó el capote, penetró en el salón y vio ante él resplandecientes velas, funcionarios, pipas, mesas de juego; un fugaz murmullo de voces se percibían en todos los puntos y el ruido de sillas al moverse de un lado para otro sorprendieron confusamente su oído. Se detuvo azoradísimo en medio del aposento, sin saber qué hacer. Pero fue advertido en el acto: lo acogieron con gritos de alborozo, y todos se dirigieron inmediatamente al vestíbulo para ver una vez más el capote. Akaki Akákievich se desconcertó, pero su alma candorosa no podía por menos de regocijarse al oír las alabanzas de que era objeto su capote. Luego, ya se entiende, todos se olvidaron de él y de la prenda, y acudieron, como es costumbre, a las mesas en que se jugaba al whist. Tanto ruido, tanto vocerío y tanta gente pasmaban a Akaki Akákievich. Sencillamente, no sabía qué partido tomar, dónde meter las manos, los pies y toda su persona. Al cabo, acordó sentarse junto a los jugadores, mirando unas veces a las cartas y otras a las caras de éste o de aquél. Pasado cierto tiempo, comenzó a bostezar sintiendo que se aburría, tanto más que ya había pasado la hora en que él solía acostarse. Quiso despedirse del anfitrión, pero no lo dejaron salir, aduciéndole que en honor del estreno era imprescindible tomar una copa de champagne. Una hora después, sirvieron la cena: ensalada, ternera fría, paté, pasteles y champagne, del que obligaron a Akaki Akákievich a beber dos copas, que le hicieron ver el aposento mucho más alegre, sin que ello le impidiese apercibirse de que eran ya las doce y debía haberse marchado a casa mucho antes. A fin de evitar que el anfitrión se le ocurriera retenerlo salió inadvertidamente, buscó en el vestíbulo el capote, que para consternación suya, encontró tirado en el suelo; lo sacudió, le quitó todas las pelusas, se lo puso y descendió por la escalera a la calle, aún iluminada. Algunos lugares de poca monta –sempiternos clubes de siervos y criados de toda calaña— estaban abiertos; otros, ya cerrados, dejaban escapar un largo chorro de luz por la rendija de la puerta, induciendo a creer que aún estaban concurridos y que, con seguridad, las sirvientas o lacayos seguían allí charlando y sumiendo a sus señores en la más completa perplejidad respecto a su posible paradero. Akaki Akákievich caminaba eufórico, e incluso hubo un momento en que, no se sabe porqué, echó una carrerilla detrás de una dama que pasó de largo como un relámpago y cuyo cuerpo era un contoneo inusitado. Sin embargo, suspendió al instante la persecución y continuó la ruta con su habitual lentitud, asombrado del inexplicable trote que había emprendido. Pronto se extendieron ante él calles solitarias que no ya de noche, sino ni siquiera de día eran alegres. Ahora se habían hecho más lúgubres y solitarias. Los faroles se divisaban con menos frecuencia: seguramente allí se les suministraba menos aceite. Aparecieron casas de madera, vallados; no se veía un alma; tan sólo la nieve resplandecía en el pavimento y los minúsculos tugurios dormidos negreaban tristemente con sus postigos cerrados. Akaki Akákievich iba aproximándose a un sitio en que la calle corta una plaza interminable, un desierto pavoroso, y al otro lado se divisaban los edificios.
Allá a lo lejos, Dios sabe dónde, parpadeaba la luz de una garita que parecía estar en el fin del mundo. Al llegar aquí decayó considerablemente el ánimo de Akaki Akákievich. Puso el pié en la plaza no sin cierto recelo instintivo, como si el corazón presintiese algún desaguisado. Miró atrás y a los lados, como si estuviera en medio del mar. "No, más vale no mirar", pensó, prosiguiendo su camino con los ojos cerrados: y, cuando los abrió para cerciorarse de si le quedaba por andar mucho trecho de la plaza, vio ante sus propias narices a unos individuos bigotudos y ya no pudo ver más. Se le nublaron los ojos, y el corazón le dio una voltereta. "¡Este capote es mío!", profirió uno con voz de trueno, agarrándolo por el cuello. Akaki Akákievich se disponía a pedir auxilio, cuando el otro le aplicó a los dientes un puño del tamaño de la cabeza de un funcionario, gruñendo: "¡Anda, prueba a gritar!" Akaki Akákievich notó solamente que lo despojaban del capote y le daban un rodillazo que lo tiró de espaldas sobre la nieve, y después se quedó sin sentido. Transcurridos unos minutos, cuando se repuso y se levantó, allí no había nadie. Sintió frío y notó la falta del capote. Gritó, pero la voz, al parecer, no tenía ni intención de llegar hasta el extremo de la plaza. Desesperado, en un alarido constante echó a correr por aquel desierto, directamente hacia la garita, junto a la que el guardia municipal, apoyado en su albarda, parecía contemplarlo con curiosidad, como preguntándose para qué diablos venía corriendo y gritando desde lejos aquel hombre. Akaki Akákievich se acercó a él y, con acento jadeante, le acusó de estar durmiendo y de que, olvidado de toda vigilancia, ni siquiera se daba cuenta de cómo atracaban a una persona. Le contestó el guardia que no había visto nada; que había notado que dos hombres lo detenían en medio de la plaza, pero supuso que pudieran ser amigos suyos; y que, en lugar de increparle, era mejor presentarse al día siguiente ante el inspector del barrio, quien, sin duda, descubriría a los autores del robo. Akaki Akákievich corrió a casa y llegó descompuesto: desgreñados los pocos pelos que le quedaban en las sienes y la nuca y cubiertos de nieve los pantalones, el pecho y un costado. Su vieja patrona saltó presurosa de la cama al oír los estruendosos golpes que dio a la puerta, y corrió a abrir, calzado un solo pie y tapándose púdicamente el pecho con la camisa. Pero, nada más abrir, retrocedió al ver las trazas de Akaki Akákievich. Cuando le refirió lo sucedido, se llevó las manos a la cabeza y le aconsejó irse, sin más ni más, a ver al comisario del distrito; le dijo que el inspector del barrio lo engañaría, prometiendo y dándole largas, y que lo más práctico sería presentarse directamente ante el comisario; que era, incluso, conocido suyo, porque Ana la finlandesa, antigua cocinera de ella, había entrado ahora como niñera en casa del comisario; que ella solía verlo pasar en su carruaje por delante de la casa, que todos los domingos iba a la iglesia a oír misa y que miraba sonriendo a todo el mundo, de donde se deducía que era una bellísima persona. Después de oír tal consejo, Akaki Akákievich se arrastró tristemente hasta su cuarto, y de cómo pasó la noche podrá hacerse una idea toda persona capaz de ponerse, por poco que sea, en el caso de otra. Por la mañana temprano acudió a casa del comisario, y le dijeron que estaba durmiendo; regresó a las diez, y vuelta a decirle que dormía; se presentó a las once, y le respondieron: "El comisario no está en casa", volvió a presentarse a la hora de comer, y los escribientes no lo dejaron pasar de la antesala, pretendiendo enterarse del asunto que le traía y de lo que había sucedido. Tanto lo atosigaron, que Akaki Akákievich quiso dar una prueba de carácter por primera vez en su vida y declaró categóricamente que necesitaba ver al comisario en persona; que se guardasen muy bien de impedirle el paso; que él venía del departamento para un asunto oficial, y que, si presentaba una queja contra ellos, ya verían lo que era bueno. Ninguno de los escribientes osó replicar nada contra tales argumentos, y uno de ellos pasó a anunciarle. El comisario acogió de modo muy extraño el relato del robo del capote. Lejos de prestar atención a lo esencial del caso, preguntó a Akaki Akákievich por qué regresaba tan tarde a su domicilio, y si no había estado en alguna casa de mal vivir, de tal suerte que Akaki Akákievich, turbado, salió de allí sin saber si en el asunto de su capote se iniciarían o no las debidas pesquisas. Aquel día faltó a la oficina (caso único en su vida). Al día siguiente se presentó, pálido y con el capote viejo, cuyo aspecto era todavía más lastimoso. La noticia del robo conmovió a muchos funcionarios, aunque no faltó quien inclusive en aquella ocasión tomase a chacota a Akaki Akákievich. En seguida determinaron hacer una colecta en su favor, pero la recaudación fue una miseria, pues los funcionarios habían hecho ya bastantes gastos en una suscripción para un retrato del director y en adquirir un libro a propuesta del jefe de negociado, amigo del autor, de modo que la suma recogida resultó una insignificancia. Uno de sus colegas, movido a compasión, decidió ayudar a Akaki Akákievich con un buen consejo, ya que no con otra cosa. Le dijo que no fuese a ver al inspector del barrio, porque, aunque pudiera suceder que el inspector, deseoso de obtener los plácemes de la superioridad, diese con el capote, éste continuaría en manos de la policía, si Akaki Akákievich no presentaba pruebas legales de que el capote le pertenecía, y que lo procedente era dirigirse a un personaje importante, pues el personaje importante, relacionándose de palabra o por escrito con quien fuera pertinente, daría al asunto un cauce favorable. ¡Qué vamos a hacer! Akaki Akákievich resolvió ir a ver al personaje importante. Cuál era y en qué consistía el cargo del personaje importante se ignora hasta la fecha. Conviene saber que el personaje importante acababa de hacerse importante, y hasta entonces había sido una persona sin importancia. Dicho sea de paso, tampoco ahora se consideraba importante su puesto en comparación con otros de muchas mayor significación.
Mas siempre habrá gente para la cual es ya importante lo que a los ojos de otros no lo es. Además, el personaje en cuestión hacía valer su importancia mediante muchos procedimientos, a saber: impuso como regla que los subordinados saliesen a recibirlo a la escalera cuando llegaba a la oficina; que nadie osara tratar con él directamente, sino que todo se atuviese al orden más riguroso: el registrador colegiado informaba al secretario provincial; el secretario provincial, al consejero titular o a quien correspondiese según lo establecido, y que los expedientes llegasen a él siguiendo éste orden. Y es que en la santa Rusia todo está contaminado de imitación, y cada cual remeda y copia a la superioridad. Cuentan que un consejero titular, designado jefe de una oficinilla independiente, dispuso levantar un tabique y separar para él una habitación a la que dio el nombre de "Jefatura", colocando a la entrada dos ujieres con cuello rojo y galones, que habrían la puerta a los visitantes, aunque en la "Jefatura" no cabía más que una mesa de escritorio, y eso con dificultad. Los modales y usos del personaje importante eran graves y majestuosos, aunque lacónicos. Su sistema se basaba en la severidad. "Severidad, severidad y otra vez severidad", solía decir; y, al pronunciar la última palabra, clavaba una mirada muy significativa en la cara de quien le oía, aunque podría ahorrarse todo, pues los ocho o diez funcionarios de que constaba el mecanismo gubernamental de su cancillería estaban ya, de por sí, suficientemente asustados; apenas lo veían desde lejos, abandonaban sus ocupaciones, cuadrándose en posición de firme hasta que el jefe atravesase la habitación. Su trato con los subalternos respiraba severidad, y su conversación se componía casi exclusivamente de tres frases: "¿Cómo se atreve usted? ¿Usted sabe con quién está hablando? ¿Comprende usted a quién tiene delante?" Por lo demás, era bueno en el fondo, atento con los compañeros, servicial; pero el grado de general le hizo perder la cabeza. Cuando recibió el nombramiento, se desconcertó, se despistó por completo y se quedó indeciso, sin saber cómo comportarse. Si trataba con iguales en rango, era todavía normal: una persona corriente y, en muchos aspectos nada tonta; pero, en cuanto se veía en un medio donde hubiera gente inferior, aunque sólo fuese en un grado, lo echaba todo a perder: no soltaba palabra, y su situación producía lástima, tanto más cuanto él mismo se daba cuenta de que podría pasar el tiempo muchísimo mejor. Sus ojos detonaban, a veces, un intenso deseo de sumarse a alguna conversación, a algún grupo interesante, pero se refrenaba, pensando si dicho acto no sería un exceso por su parte, una familiaridad que pudiera menoscabar su importancia. Y en virtud de tales razonamientos, permanecía perennemente callado, pronunciando rara vez algún que otro sonido monosílabo, lo que terminó de darle fama de hombre súper aburrido. Pues ante un personaje importante como el descrito se presentó Akaki Akákievich; y se presentó en el momento más inoportuno, mejor dicho, el más inadecuado para él, y en cambio, más adecuado para el personaje importante. El personaje importante se hallaba en su despacho, charlando muy satisfecho con un antiguo conocido, un amigo d la infancia recientemente llegado y con el que no se había visto desde hacía años. En aquel instante le anunciaron que un tal Bashmachkin solicitaba audiencia. "¿Quién es?", inquirió bruscamente. "Un funcionario", le respondieron. "¡Bah, que espere! ¡No tengo tiempo!", dijo el personaje importante. Aquí conviene hacer constar que lo dicho por el personaje importante era una solemne mentira. Tiempo no le faltaba: su conversación con el amigo había llegado hacía mucho tiempo a una fase en que, agotados todos los temas, se intercalaban en ella pausas larguísimas, dándose el uno al otro ligeras palmaditas en las rodillas y diciendo: "¡Así es, Iván Abrámivich!". "¡Exactamente, Stepán Varlámovich!" Y, no obstante, ordenó que el funcionario esperase con tal de que su amigo, hombre retirado del servicio tiempo atrás y recogido en su casa de campo, viese las largas antesalas que los funcionarios tenían que hacer antes de pasar a su presencia. Por último, hartos ya de hablar –y aun más de callar— y después de fumarse sendos cigarrillos puros, repantigados en mullidos butacones de respaldo móviles, pareció caer repentinamente en la cuenta, y dijo al secretario, que acababa de aparecer para informar con no sé qué papeles: "Si mal no recuerdo, hay un funcionario esperando. Dígale que puede pasar". Al ver la humilde traza de Akaki Akákievich y su vetusto uniforme, se dirigió a él diciéndole: "¿Qué desea Usted?" Habló con voz tajante y dura, que había ensayado expresamente, a solas ante el espejo de su habitación, una semana antes de obtener el actual destino y la graduación de general. Akaki Akákievich, que estaba cohibido, se turbó, y de la mejor manera que pudo y se lo permitió su lengua, empleando, incluso, más que nunca la partícula "eso", le explicó que tenía un capote nuevecito y que se lo habían robado del modo más inhumano, por cuya razón se dirigía a él para que tomara cartas en el asunto, y escribiendo al jefe de policía o a alguna otra persona, contribuyese a la búsqueda de su capote. Por no se sabe por qué, al general le pareció ver en esas palabras una excesiva familiaridad:
¿Qué es eso de caballero? — replicó tajante—. ¡Es que usted desconoce el procedimiento? ¿Usted sabe donde se encuentra? ¿Ignora el orden en que han de hacerse las gestiones? Primero, debería haber presentado la instancia en la cancillería; de allí pasaría a manos del jefe de sección; de éste, el jefe de negociado; más tarde, sería entregada al secretario, y el secretario me la habría presentado a mí.
—Pero, excelencia –objetó Akaki Akákievich, intentando reunir el poco ánimo de que era capaz y notando que sudaba de una manera atroz —, ¡yo, excelencia, me he atrevido a molestarle porque los secretarios, pues, eso.... no son gente de fiar ... !
—¡Cómo, cómo, cómo! — exclamó el personaje importante —. ¿De dónde ha sacado tanta osadía? ¿De dónde ha sacado esas ideas? ¿Qué ambiente de subversión reina entre la juventud contra los jefes y la superioridad?
Al parecer, el personaje importante no había notado que Akaki Akákievich pasaba ya de los cincuenta años, y que, si podría calificársele de joven, seria tan sólo relativamente, es decir, en comparación con los de setenta.
—¿Usted sabe con quién está hablando? ¿Comprende usted a quién tiene delante? ¿Lo comprende usted? ¿Comprende lo que le pregunto?
Al llegar a este punto, el personaje importante dio una patada en el suelo, y su voz alcanzó una nota tan alta, que hubiese atemorizado no digamos ya a Akaki Akákievich, sino a cualquiera. Akaki Akákievich, helado de espanto, se tambaleó, se puso a temblar con todo su cuerpo y no pudo sostenerse de pie: si los ujieres no acuden rápidamente a sostenerlo, habría dado con su cuerpo en el suelo. Lo retiraron casi inerte. El personaje importante, satisfecho de que el efecto hubiera sido mucho mayor de lo que esperaba, y muy halagado al comprobar que su palabra podía incluso hacer desmayar a un hombre, miró de reojo a su amigo para ver qué le había parecido, y notó, no sin complacencia, que el amigo se hallaba en el estado más indefinible y hasta comenzaba a sentir miedo.
Akaki Akákievich no se dio cuenta de cómo bajó la escalera ni de cómo salió a la calle. No sentía ni sus brazos ni sus piernas. Jamás había sufrido tan fuerte reprimenda de un general y, mucho menos, de un general que no era el suyo. Boquiabierto, tambaleándose hasta el punto de salirse de las aceras, anduvo por entre la borrasca de nieve que ululaba en las calles. El viento soplaba por los cuatro costados y por todos los callejones, como es habitual en San Petersburgo. En menos de lo que se dice, se le enfrió la garganta, y llegó a casa sin poder pronunciar palabra. Congestionado, se dejó caer en la cama. ¡Son tan contundentes, a veces, los efectos de una reprimenda! Al día siguiente tenía mucha fiebre. Gracias al magnánimo concurso del clima de San Petersburgo, la enfermedad corrió más de lo que cabía esperar, y, cuando se presentó el doctor y le tomó el pulso, no pudo hacer otra cosa que recetarle unas cataplasmas con el objeto de que el paciente no quedase sin el auxilio bienhechor de la medicina. Por lo demás, lo declaró irremisiblemente desahuciado para dentro de día y medio, y añadió, dirigiéndose a la patrona: "Usted no pierda el tiempo en balde, y encárguele ahora mismo un ataúd de pino, porque de roble le saldría demasiado caro". ¿Oyó Akaki Akákievich estas palabras fatales? Y, si las oyó, ¿le produjeron un efecto aterrador? ¿Le dio pena despedirse de su desdichada vida? Nada se sabe sobre el particular, porque todo el tiempo era presa del delirio y de la fiebre. Lo asaltaban sin cesar visiones a cual más extrañas: unas veces veía a Petróvich y le encargaba un capote con cepos para atrapar a los ladrones, escondidos bajo la cama, y llamaba a cada momento a la patrona para que le sacara un ladrón que había llegado a metérsela entre las mantas; otras, preguntaba por qué estaba allí colgado el capote viejo, teniendo él uno nuevo; creía hallarse ante el general, oyendo el rapapolvo y murmurando: "Perdón, excelencia", y, por último, blasfemaba, profiriendo las palabras más terribles, hasta tal extremo, que la vieja patrona se persignaba, pues nunca le había oído nada semejante, tanto más cuanto que dichas blasfemias iban inmediatamente después de la palabra "excelencia". Luego pasó a decir cosas sin ilación que no había modo de entender: sólo podía deducirse que aquellos pensamientos y vocablos desordenados giraban en torno al capote. Por fin, el pobre Akaki Akákievich expiró. No precintaron su habitación ni sus bienes; primero, porque no tenía herederos, y, segundo, porque lo que dejaba era bien poca cosa: un manojo de plumas de ganso, una resma de papel blanco de oficina, tres pares de calcetines, dos o tres botones desprendidos de¡ pantalón y el viejo batín del que el lector tiene ya noticia. Dios sabe quién lo heredaría; confieso que el autor de este relato ni siquiera se interesó por él. Se llevaron a Akaki Akákievich, y lo enterraron, y San Petersburgo se quedó sin Akaki Akákievich como si nunca hubiera existido. Desapareció un ser a quien nadie defendió, a quien nadie tuvo afecto, que a nadie interesó ni llamó siquiera la atención de los naturalistas, que no pierden ocasión de ensartar en un alfiler hasta a una mosca común para examinarla por el microscopio; un ser que soportaba dócilmente la burla de oficina y se fue a la tumba sin realizar ningún hecho extraordinario, pero que, aunque en las postrimerías de su vida, recibió a un luminoso huésped en forma de capote, venido a reanimar por un instante su mísera existencia, hasta que, luego, se cebó en él la calamidad con el mismo ensañamiento que cayeron sobre los reyes y los soberanos de la tierra... Pocos días después de morir, se presentó en su casa un ordenanza del departamento, trayéndole orden expresa de personarse inmediatamente en la oficina, pues lo necesitaba el jefe. Sin embargo, regresó de vacío anunciando que Akaki Akákievich ya no iría al trabajo. Y al preguntársele por qué, respondió: "Pues porque no; porque se ha muerto. Lleva enterrado cuatro días". Así fue cómo se supo su muerte en el departamento. Al día siguiente, ya había en su puesto otro funcionario de bastante mayor estatura y letra no tan derecha, sino mucho más torcida y ladeada.
Pero ¿quién había de suponer que la historia de Akaki Akákievich no termina aquí, sino que, después de muerto, te estaban destinados unos cuantos días más de ruidosa vida, quizá como compensación por la que antes arrastró, inadvertida de todos? Mas, así fueron los hechos, y nuestra pobre historia adquiere de improviso un final fantástico. Se propagó en San Petersburgo el rumor de que junto al puente Kalikin, y mucho más allá, se aparecía por las noches un fantasma con figura de funcionario, buscando un capote que le habían robado y, so pretexto de que todos eran el suyo, arrebataba a todo el mundo, sin distinción de rango ni titulo, los más diversos capotes: con forro de gato, de castor, de guata, de zorra o de oso, en una palabra, de todos los cueros y pieles que ha inventado el hombre para cubrirse. Un funcionario del departamento vio al fantasma con sus propios ojos y reconoció a Akaki Akákievich; pero la visión le infundió tal pánico, que echó a correr como alma que lleva el diablo, por cuya razón no acertó a distinguirlo bien, y vio únicamente que el fantasma le amenazaba desde lejos con el dedo. Llovían quejas de todas partes; por los robos nocturnos de capotes, las espaldas y los costados se veían expuestos a los más graves resfriados no sólo de los consejeros titulares, sino también de los consejeros secretos. Se dio a la policía orden de capturar a toda costa al difunto, vivo o muerto, y de someterlo al castigo más cruel para ejemplarizar a los demás. Y, en efecto, faltó poco para que se diese cumplimiento a la disposición: precisamente el guardia municipal de no sé qué manzana del callejón de Kiriushkin atrapó por el cogote al fantasma con las manos en la masa, en el preciso momento en que trataba de arrebatarle su capote frisón a un músico retirado, que tocaba en sus tiempos la flauta. Agarrado por el cuello, llamó a gritos a dos de sus compañeros, a quienes les encargó que lo sujetasen mientras él se metía la mano en la caña de la bota para sacar una tabaquera y reconfortarse un poco la nariz, que se le había helado seis veces en su vida; pero el rapé era de tal calidad, que ni el difunto pudo resistirlo. El guardia, taponándose con un dedo el caño derecho, no tuvo tiempo de llevarse al izquierdo la ración correspondiente, pues el fantasma estornudó con tanta fuerza, que los cegó a los tres. Mientras se restregaban los ojos con los puños, desapareció el fantasma sin dejar rastro, de modo que llegaron incluso a dudar de que lo hubieran tenido en sus manos. A raíz de entonces, les tomaron los guardias tal miedo a los fantasmas, que no se atrevían a detener ni siquiera a los vivos, limitándose a gritar desde lejos: "¡Eh, tú, sigue tu camino!" — y el difunto funcionario comenzó a aparecer ya al otro lado del puente Kalinkin, aterrorizando a la gente timorata. Mas nos hemos olvidado en absoluto del personaje importante, que, en realidad, es el motivo del fantástico giro que ha tomado esta historia, completamente verídica, por otra parte. Ante todo, justicia obliga a decir que el personaje importante experimentó una especie de conmiseración al salir el pobre Akaki Akákievich anonadado por la descomunal reprimenda. No era refractario a la piedad. Albergaba su corazón muchos buenos sentimientos, pese a que el rango les impedía muy a menudo manifestarse. No bien se marchó de su despacho el visitante amigo, se le vino a la memoria el pobre Akaki Akákievich. Y desde ese instante se le aparecía casi diariamente el pálido funcionario, víctima de la represión oficial. Tanto llegó a inquietarle su recuerdo, que al cabo de una semana resolvió enviar a un empleado a interesarse por él y a enterarse de si, en efecto, podría ayudarle en algo. Cuando le informaron de que Akaki Akákievich, había fallecido repentinamente, atormentado por la fiebre, quedó estupefacto, con remordimiento de conciencia, y estuvo malhumorado todo el día. Con objeto de distraerse y de olvidar tan penosa impresión, se fue a pasar la velada a casa de un amigo donde encontró, gente muy selecta y, lo que es mejor, casi todos de la misma graduación; así, pues, no había nada que pudiera cohibirlo., Tal circunstancia ejerció un efecto sorprendente sobre su estado de ánimo: se sintió desenvuelto, se hizo ameno y amable; para resumir, pasó la noche muy a gusto.
Durante la cena se tomó un par de copas de champagne, que, como es sabido, contribuye a alegrar las almas. El champagne le provocó un deseo de cosas extraordinarias, y decidió no ir directo a su casa, sino acercarse a la de Carolina Ivánovna, una dama conocida, de origen alemán, a la que profesaba una gran amistad. Es de señalar que el personaje importante era ya hombre maduro, esposo ejemplar y venerable padre de familia. Sus dos hijos, uno de los cuales prestaba ya servicio en una cancillería, y una guapa hija de dieciséis años con la nariz algo respingona, aunque muy graciosa, acudían a diario para besarle la mano diciéndole: "Bonjour, papá". Su esposa, mujer todavía lozana, y yo diría que nada fea, le daba primero a besar su mano y, luego, girándola, le besaba a él la suya. Pero el personaje importante que, dicho sea de paso, estaba muy satisfecho de las ternuras familiares, consideró correcto tener relaciones con una amiga en el otro extremo de la ciudad. La amiga en cuestión no era ni mejor, ni más joven que su mujer; pero casos como ésos ocurren en el mundo, y no tenemos nosotros por qué meternos a juzgarlos. El personaje importante bajó la escalera, se metió en el trinco y ordenó al cochero: "A casa de Carolina Ivánovna". Arrebujándose en el cálido capote, se sumió en ese delicioso estado —el más apetecible para un ruso— en que, sin pensar en nada huyen a la cabeza pensamientos a cual más halagüeño y uno no tiene que tomarse tan siquiera el trabajo de buscarlos y perseguirlos. Rebosante de contento, recordaba fugazmente todos los lances jocosos de la velada, todas las palabras que hicieron reír a la reducida compañía; incluso repitió a media voz muchas de ellas, encontrándolas tan divertidas como antes, por lo cual no es de extrañar que él mismo se riera de buena gana. De vez en cuando, sin embargo, venía a molestarle un viento impetuoso que, arremetiéndole repentinamente, Dios sabe de dónde y por qué motivo, le azotaba la cara, estrellaba en ella copos de nieve, le henchía como una vela el largo cuello del capote o se lo levantaba hasta calárselo en la cabeza con fuerza sobrenatural, dándole mucho que hacer para librarse de él. De repente, notó el personaje importante que alguien le echaba una mano al cuello con mucha fuerza. Se volvió y vio a un individuo pequeñito con un viejo y raído uniforme, reconociendo horrorizado a Akaki Akákievich. El funcionario estaba pálido como la nieve, y su aspecto era el de un muerto. Pero el espanto del personaje importante no tuvo límites al ver que el muerto torcía la boca y, despidiendo un terrible olor a cadaverina, pronunció el siguiente discurso: "¡Ah, ya te tengo! ¡Por fin, eso, te he echado el guante! ¡Necesito tu capote! ¡No te interesaste por el mío, y además me echaste aquella bronca, pues ahora dame el tuyo!" El pobre personaje importante por poco se muere. Aunque en la oficina y ante los inferiores era hombre rígido, y aunque su sola figura y viril presencia hacían exclamar a cualquiera: "¡Oh, qué carácter!", en este trance, como suele suceder a tantos otros que a primera vista semejan colosos, le entró tal pánico, que no sin motivo llegó a temer que le diera un síncope. Sin hacerse rogar, se quitó de prisa el capote y gritó al cochero en un alarido: "¡Tira para casa, volando!" El cochero, al oír aquella voz, que era la de los momentos decisivos y solía ir acompañada de algo más contundente, encogió, por si acaso, la cabeza, sacudió el látigo e imprimió al trinco la velocidad de una flecha. No transcurrieron ni siete minutos y el personaje importante estaba ya a la puerta de su domicilio. Lívido, amedrentado y sin capote, llegó a su casa en vez de a la de Carolina Ivánovna, se arrastró como pudo hasta su habitación y pasó una noche agitadísima; tanto que a la mañana siguiente le dijo su hija mientras desayunaban: "¡Qué pálido estás, papá!" Pero papá guardó silencio y no dijo a nadie una palabra de lo sucedido, ni dónde había estado, ni adónde querría ir. El incidente le causó fuerte impresión. Ya era mucho más raro oírlo decir a sus subordinados: "¿Cómo se atreve usted, comprende usted a quién tiene delante?", y, si acaso alguna vez lo decía, no era sin haberse enterado antes del asunto. Y lo más admirable es que a partir de aquel momento se acabaron las apariciones del funcionario difunto: por lo visto, el capote del general le había venido como anillo al dedo; al menos no volvió a oírse que en ninguna parte le hubieran quitado a nadie el capote. Sin embargo, más de cuatro individuos solícitos y diligentes se resistían a tranquilizarse, y afirmaban que en los arrabales de la ciudad seguía apareciendo el fantasma. En efecto, un guardia municipal de Kolomna lo vio con sus propios ojos salir por detrás de una casa; pero, como el guardia era de contextura debilucha —hasta el punto de que, en cierta ocasión, un cerdo de tamaño regular, escapado de una casa particular, lo derribó con el consiguiente jolgorio de los cocheros allí estacionados, a cada uno de los cuales exigió por la mofa medio kopek para tabaco —, no se atrevió a detenerlo, sino que lo siguió en la oscuridad, hasta que, por último, el muerto volvió repentinamente la cabeza, se detuvo y le preguntó: "¿Quieres algo?", enseñándole un pudo que ya quisieran para si todos los vivos. El guardia contestó que no quería nada y acto seguido dio la vuelta. Sin embargo, el fantasma era esta vez mucho más alto, llevaba enormes bigotes y, encaminando sus pasos, al parecer, en dirección al puente de Obújov, se perdió en las tinieblas de la noche.


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