martes, 14 de abril de 2015

El nadador de John Cheever.

Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: «Anoche bebí demasiado.» Lo susurraban los feligreses al salir de la iglesia, se oía de labios del mismo párroco mientras se despojaba de la sotana en la sacristía, así como en los campos de golf y en las pistas de tenis, y también en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufría los efectos de una terrible resaca.
—Bebí demasiado —decía Donald Westerhazy.
—Todos bebimos demasiado —decía Lucinda Merrill.
—Debió de ser el vino —explicaba Helen Westerhazy—. Bebí ¡demasiado clarete.
El escenario de este último diálogo era el borde de la piscina de los Westerhazy, cuya agua, procedente de un pozo artesiano con un alto porcentaje de hierro, tenía una suave tonalidad verde. El tiempo era espléndido. Hacia el oeste se amontonaban las nubes, tan parecidas a una ciudad vista desde lejos —desde el puente de un barco que se aproximara— que podían haber tenido un nombre. Lisboa. Hackensack. El sol calentaba. Neddy Merrill, sentado en el borde de la piscina, tenía una mano dentro del agua, y sostenía con la otra una copa: ginebra. Neddy era un hombre enjuto que parecía conservar aún la peculiar esbeltez de la juventud, y, aunque los días de su adolescencia quedaban ya muy lejos, aquella mañana se había deslizado por el pasamanos de la escalera, y en su camino hacia el olor a café que salía del comedor, había dado un sonoro beso en la broncínea espalda a la Afrodita del vestíbulo. Podría habérselo comparado con un día de verano, en especial con las últimas horas de uno de ellos, y aunque le faltase una raqueta de tenis o una vela hinchada por el viento, la impresión era, decididamente, de juventud, de vida deportiva y de buen tiempo. Había estado nadando y ahora respiraba hondo, como si fuera capaz de almacenar en sus pulmones los ingredientes de aquel momento, el calor del sol, y la intensidad de su propio placer. Era como si todo le cupiera dentro del pecho. Doce kilómetros hacia el sur, en Bullet Park, estaba su casa, donde sus cuatro hermosas hijas habrían terminado de almorzar y quizá jugasen al tenis en aquel momento. Fue entonces cuando se le ocurrió que si atajaba por el suroeste podría llegar nadando hasta allí.
No había nada de opresivo en la vida de Neddy, y el placer que le produjo aquella idea no puede explicarse reduciéndola a una simple posibilidad de evasión. Le pareció ver, con mentalidad de cartógrafo, la línea de piscinas, la corriente casi subterránea que iba describiendo una curva por todo el condado. Se trataba de un descubrimiento, de una contribución a la geografía moderna, y le pondría el nombre de Lucinda, en honor a su esposa. Neddy no era ni estúpido ni partidario de las bromas pesadas, pero tenía una clara tendencia a la originalidad, y se consideraba a sí mismo —de manera vaga y sin darle apenas importancia— una figura legendaria. El día era realmente maravilloso, y le pareció que un baño prolongado serviría para acrecentar y celebrar su belleza.
Se desprendió del suéter que le colgaba de los hombros y se tiró de cabeza a la piscina. Neddy sentía un inexplicable desprecio por los hombres que no se tiran de cabeza. Nadó a crol pero de forma poco organizada, respirando unas veces con cada brazada y otras sólo en la cuarta, y sin dejar de contar, de manera casi subconsciente, el un-dos, un-dos, del movimiento de los pies. No era un estilo muy apropiado para largas distancias, pero la utilización doméstica de la natación ha gravado ese deporte con ciertas costumbres, y en la par-te del mundo donde habitaba Neddy, el crol era lo habitual. Sentirse abrazado y sostenido por el agua verde y cristalina, más que un placer, suponía la vuelta a un estado normal de cosas, y a Neddy le hubiese gustado nadar sin bañador, pero eso no resultaba posible, debido a la naturaleza de su proyecto. Salió a pulso de la piscina por el otro extremo —nunca usaba la escalerilla—, y comenzó a cruzar el césped. Cuando Lucinda le preguntó que adonde iba, respondió que iría nadando hasta casa.
Sólo podía utilizar mapas imaginarios o sus recuerdos de los mapas reales, pero eso era suficiente. Primero estaban los Graham, y a continuación los Hammer, los Lear, los Howland, y los Crosscup. Cruzaría Ditmar Street para llegar a casa de los Bunker y después de andar un poco pasaría por casa de los Levy y de los Welcher, para utilizar así también la piscina pública de Lancaster. Luego venían los Halloran, los Sachs, los Biswanger, Shirley Adams, los Gilmartin y los Clyde. El día era estupendo, y vivir en un mundo con tan generosas reservas de agua parecía poner de manifiesto la misericordia y la caridad del universo. Neddy se sentía en plena forma, y atravesó el césped corriendo. Volver a casa utilizando un camino desacostumbrado lo hacía sentirse peregrino, explorador; lo hacía sentirse un hombre con un destino, y estaba seguro de encontrar amigos a lo largo de todo el trayecto; no tenía la menor duda de que sus amigos ocuparían las orillas del río Lucinda.
Atravesó el seto que separaba la propiedad de los Westerhazy de la de los Graham, anduvo bajo algunos manzanos en flor, pasó junto al cobertizo que albergaba la bomba y el filtro y salió al lado de la piscina de los Graham.
—¡Hola, Neddy! —dijo la señora Graham—, ¡qué agradable sorpresa! Me he pasado toda la mañana tratando de hablar contigo por teléfono. Déjame que te prepare algo de beber.
Neddy comprendió entonces que, como cualquier explorador, necesitaría hacer uso de toda su diplomacia para conseguir que la hospitalidad y las costumbres de los nativos no le impidieran llegar a su destino. No deseaba desconcertar a los Graham ni mostrarse antipático, pero tampoco disponía de tiempo para quedarse allí. Hizo un largo en la piscina y se reunió con ellos al sol; unos minutos más tarde, la llegada de dos automóviles cargados de amigos que venían de Connecticut le facilitó las cosas. Mientras todos se saludaban efusiva y ruidosamente, Neddy pudo escabullirse. Salió por la puerta principal de la finca de los Graham, pasó por encima de un seto espinoso y cruzó un solar vacío para llegar a casa de los Hammer. La dueña de la casa, al levantar la vista de las rosas, vio a alguien que pasaba nadando, pero no llegó a saber de quién se trataba. Los Lear lo oyeron cruzar la piscina a nado a través de las ventanas abiertas de la sala de estar. Los Howland y los Crosscup habían salido. Al dejar la casa de los Howland, Neddy cruzó Ditmar Street y se dirigió hacia la finca de los Bunker, desde donde, ya a aquella distancia, le llegaba el alboroto de una fiesta.
El agua devolvía el sonido de las voces y de las risas, y daba la impresión de dejarlas suspendidas en el aire. La piscina de los Bunker estaba en alto, y Neddy tuvo que subir unos cuantos escalones hasta llegar a la terraza, donde unas veinticinco o treinta personas charlaban y bebían. Rusty Towers era el único que se hallaba dentro del agua, flotando sobre una balsa de goma. ¡Qué hermosas eran las orillas del río Lucinda y qué maravillosa vegetación crecía en ellas! Acaudalados hombres y mujeres se reunían junto a sus aguas color zafiro, mientras serviciales criaturas de blancas chaquetas les servían ginebra fría. Sobre sus cabezas, una avioneta roja de las que se utilizaban para dar clases de vuelo daba vueltas y más vueltas, y sus evoluciones hacían pensar en el regocijo de un niño subido en un columpio. Ned sintió un momentáneo afecto por aquella escena, una ternura que era casi como una sensación física, motivada por algo tangible. Oyó un trueno a lo lejos. Enid Bunker se puso a gritar nada más verlo.
—¡Mirad quién está aquí! ¡Qué sorpresa tan maravillosa! Cuando Lucinda dijo que no podías venir, creí que iba a morirme.
Neddy se abrió camino entre la multitud en su dirección, y cuando terminaron de besarse, Enid lo llevó hacia el bar; avanzaron lentamente porque Ned tuvo que pararse para besar a otras ocho o diez mujeres y estrechar la mano de otros tantos hombres. Un barman sonriente que había visto ya antes en un centenar de fiestas le dio una ginebra con tónica, y Ned se quedó allí un instante, temeroso de tener que participar en alguna conversación que pudiera retrasar su viaje. Cuando parecía que iba a verse rodeado, se tiró a la piscina y nadó pegado al borde para evitar la balsa de Rusty. Al salir por el otro lado se cruzó con los Tomlinson; los obsequió con una cordial sonrisa, y echó a andar rápidamente por el sendero del jardín. La grava le hacía daño en los pies, pero ésa era la única sensación desagradable. La fiesta sé celebraba únicamente en los alrededores de la piscina y, al llegar junto a la casa, Ned notó que se había debilitado el sonido de las voces. En la cocina de los Bunker alguien oía por la radio un partido de béisbol. Domingo por la tarde. Tuvo que avanzar en zigzag entre los coches aparcados y llegó hasta Alewives Lane siguiendo el césped que bordeaba el camino de grava de los Bunker. Ned no quería que lo vieran en la carretera en traje de baño, pero no había tráfico y cruzó en seguida los pocos metros que lo separaban del sendero de grava de los Levy, con un cartel de Propiedad Privada y un recipiente cilíndrico de color verde para el New York Times. Todas las puertas y las ventanas de la amplia casa estaban abiertas, pero no había signos de vida; ni siquiera un perro que ladrara. Ned rodeó el edificio y al llegar a la piscina vio que los Levy acababan de marcharse. Sobre una mesa al otro extremo de la piscina, cerca de un cenador adornado con linternas japonesas, había una mesa con vasos, botellas y platos con cacahuetes, almendras y avellanas. Después de atravesar la piscina a nado, Ned se sirvió ginebra en un vaso. Era la cuarta o la quinta copa, y había nadado aproximadamente la mitad del curso del río Lucinda. Se sentía cansado, limpio, y, en ese momento, satisfecho de encontrarse solo; satisfecho con el mundo en general.
Iba a haber una tormenta. La masa de nubes —aquella ciudad— se había elevado y oscurecido, y mientras descansaba allí un momento, oyó otra vez el retumbar de un trueno. La avioneta roja seguía dando vueltas, y a Ned casi le parecía oír la risa placentera del piloto flotando en el aire de la tarde; pero al oír el fragor de otro trueno se puso de nuevo en movimiento. El pitido de un tren lo hizo preguntarse qué hora sería. ¿Las cuatro, las cinco? Se imaginó la estación local, donde, en ese momento, un camarero con el esmoquinoculto bajo un impermeable, un enano con un ramo de flores envuelto en papel de periódico y una mujer que había llorado esperarían el tren de cercanías. Estaba oscureciendo de pronto; era el instante en que los pájaros más estúpidos parecían transformar su canto en un anuncio, preciso y bien informado, de la proximidad de la tormenta. Se produjo entonces un agradable ruido de agua cayendo desde la copa de un roble, como si alguien hubiera abierto una espita. Después, el ruido como de fuentes se extendió a las copas de todos los árboles altos. ¿Por qué le gustaban las tormentas? ¿Por qué se animaba tanto cuando las puertas se abrían con violencia y el viento que arrastraba gotas de lluvia trepaba a empellones por las escaleras? ¿Por qué la simple tarea de cerrar las ventanas de una casa antigua le parecía tan necesaria y urgente? ¿Por qué los primeros compases húmedos de un viento de tormenta constituían siempre el anuncio de alguna buena nueva, de algún suceso reconfortante y alegre? En seguida se oyó una explosión, acompañada de un olor como de pólvora, y la lluvia azotó las linternas japonesas que la señora Levy había comprado en Kyoto dos años antes, ¿o hacía sólo un año?
Ned se quedó en el cenador de los Levy hasta que pasó la tormenta. La lluvia había enfriado el aire, y un escalofrío le recorrió el cuerpo. La fuerza del viento había arrancado las hojas secas y amarillas de un arce y las había esparcido sobre la hierba y el agua. Como estaban aún a mitad de verano, Ned supuso que el árbol se hallaba enfermo, pero sintió una extraña tristeza ante ese signo del otoño. Hizo unos movimientos gimnásticos, apuró la ginebra y se dirigió hacia la piscina de los Welcher. Eso significaba cruzar el picadero de los Lindley, y le sorprendió encontrar la hierba demasiado crecida y los obstáculos desmantelados. Se preguntó si los Lindley habrían vendido sus caballos o si se habrían ausentado durante el verano, dejando sus animales al cuidado de otras personas. Le pareció recordar que había oído algo acerca de los Lindley y de sus caballos, pero no sabía exactamente qué. Siguió adelante, notando la hierba húmeda contra los pies descalzos, en dirección a la casa de los Welcher, donde se encontró con que la piscina estaba vacía.
Esa ruptura en la continuidad de su río imaginario le produjo una absurda decepción, y se sintió como un explorador que busca las fuentes de un torrente y encuentra un cauce seco. Ned notó que lo dominaba el desconcierto y la decepción. Era bastante normal que los vecinos de aquella zona se marcharan durante el verano, pero nadie vaciaba la piscina. Los Welcher se habían ido definitivamente. Las sillas, las mesas y las hamacas de la piscina estaban dobladas, amontonadas y cubiertas con lonas. Los vestuarios, cerrados, y lo mismo sucedía con todas las ventanas de la casa, y cuando la rodeó hasta llegar al camino de grava que llevaba hasta la puerta principal se encontró con un cartel que decía: «Se Vende», clavado en un árbol. ¿Cuándo había oído hablar de los Welcher por última vez? ¿Cuándo —habría que decir, más exactamente— Lucinda y él se habían disculpado por última vez al recibir una invitación suya para cenar? No daba la impresión de que hubiese transcurrido más de una semana. ¿Le fallaba la memoria o la tenía tan disciplinada contra los sucesos desagradables que llegaba a falsear la realidad? A lo lejos oyó que alguien jugaba un partido de tenis. Aquello lo animó, disipando todas sus aprensiones, y permitiéndole enfrentarse con indiferencia al cielo oscurecido y al aire frío. Aquél era el día en que Neddy Merrill iba a atravesar a nado el condado. ¡Aquel día, precisamente! De inmediato inició la etapa más difícil de su viaje.
Alguien que hubiese salido a pasear en coche aquella tarde de domingo podría haberlo visto, casi desnudo, en la cuneta de la autopista 424, esperando una oportunidad para cruzar al otro lado. Podría habérsele creído la víctima de alguna apuesta insensata, o una persona a quien se le ha estropeado el coche, o, simplemente, un chiflado. Junto al asfalto, con los pies descalzos —entre latas de cerveza vacías, trapos sucios y parches para neumáticos desechados—, expuesto al ridículo, resultaba penoso. Ned sabía desde el principio que aquello era parte de su recorrido, que figuraba en sus mapas, pero al enfrentarse con las largas filas de coches que culebreaban bajo la luzdel verano, descubrió que no estaba preparado psicológicamente. Los ocupantes de los automóviles se reían de él, lo tomaban a broma, y llegaron incluso a tirarle una lata de cerveza, y él no tenía ni dignidad ni humor que aportar a aquella situación. Podría haberse vuelto atrás, regresar a casa de los Westerhazy, donde Lucinda estaría aún sentada al sol. No había firmado nada, no había prometido nada, no se había apostado nada, ni siquiera consigo mismo. ¿Por qué, creyendo como creía que toda humana testarudez era susceptible de ceder ante el sentido común, se sabía incapaz de volver atrás? ¿Por qué estaba decidido a terminar el recorrido, aun a costa de poner en peligro su vida? ¿En qué momento aquella travesura, aquella broma, aquella payasada se había convertido en algo muy serio? No estaba en condiciones de volver atrás, ni siquiera recordaba con claridad las verdes aguas de la piscina de los Westerhazy, ni el placer de aspirar los componentes de aquel día, ni las serenas y amistosas voces que se lamentaban de haber bebido demasiado. En una hora aproximadamente, Ned había cubierto una distancia que hacía imposible el regreso.
Un anciano que conducía a veinticinco kilómetros por hora le permitió llegar hasta la mediana de la autopista, donde había una tira de césped. Allí se vio expuesto a las bromas del tráfico que avanzaba en dirección contraria, pero al cabo de unos diez minutos o un cuarto de hora consiguió cruzar. Desde allí sólo tenía que andar un poco para llegar al centro recreativo situado a las afueras de Lancaster, que disponía de varios frontones y de una piscina pública.
La peculiar resonancia de las voces cerca del agua, la sensación de brillantez y de tiempo detenido eran las mismas que anteriormente en casa de los Bunker, pero aquí los sonidos resultaban más fuertes, más agrios y más penetrantes, y tan pronto como entró en aquel espacio abarrotado de gente, Ned tuvo que someterse a las molestias de la reglamentación: «Todos los bañistas tienen que ducharse antes de usar la piscina. Todos los bañistas deben utilizar el pediluvio. Todos los bañistas deben llevar la placa de identificación.»
Ned se duchó, se lavó los pies en una oscura y desagradable solución y llegó hasta el borde de la piscina. Apestaba a cloro y le recordó a unfregadero. Sendos monitores, desde sus respectivas torres, hacían sonar sus silbatos a intervalos aparentemente regulares, insultando además a los bañistas mediante un sistema de megafonía. Ned recordó con nostalgia las aguas color zafiro de los Bunker y pensó que podía contaminarse —echar a perder su prosperidad y disminuir su atractivo personal— nadando en aquella ciénaga, pero recordó que era un explorador, un peregrino, y que aquello no pasaba de ser un remanso de aguas estancadas en el río Lucinda. Se tiró al cloro con ceñuda expresión de disgusto y no le quedó más remedio que nadar con la cabeza fuera para evitar colisiones, pero incluso así lo empujaron, lo salpicaron y le dieron codazos. Cuando llegó al lado menos profundo de la piscina, los dos monitores le estaban gritando:
—¡A ver, ése, ese que no lleva placa de identificación, que salga del agua!
Ned lo hizo así, pero los otros no estaban en condiciones de perseguirlo, y, dejando atrás el desagradable olor de las cremas bronceaduras y del cloro, saltó una valla de poca altura y atravesó los frontones. Le bastó cruzar la carretera para entrar en la parte arbolada de la propiedad de los Halloran. Nadie se había preocupado de arrancar la maleza que crecía entre los árboles, y tuvo que avanzar con grandes precauciones hasta llegar al césped y al seto de hayas recortadas que rodeaba la piscina.
Los Halloran eran amigos suyos; se trataba de unas personas de edad avanzada y enormemente ricos, que se sentían felices cuando alguien los consideraba sospechosos de filocomunismo. Eran reformadores llenos de celo, pero no comunistas; sin embargo, cuando alguien los acusaba de subversivos, como sucedía a veces, parecían agradecerlo y sentirse rejuvenecidos. Las hojas del seto de haya también se habían vuelto amarillas, y Ned supuso que probablemente padecían la misma enfermedad que el arce de los Levy. Gritó «¡hola!» dos veces para que los Halloran advirtieran su presencia y de esa forma la invasión de su intimidad no resultara demasiado brusca. Los Halloran, por razones que nunca le habían sido explicadas, no utilizaban trajes de baño. En realidad, no hacía falta ninguna explicación.
Su desnudez era un detalle de su celo reformista libre de prejuicios, y Ned se quitó cortésmente el bañador antes de entrar en el espacio limitado por el seto de hayas.
La señora Halloran, una mujer corpulenta de cabello blanco y expresión serena, leía el Times. Su marido sacaba hojas de haya de la piscina con una red. No parecieron ni sorprendidos ni disgustados al verlo. Su piscina era quizá la más antigua del condado, un rectángulo construido con piedras cogidas del campo, alimentado por un arroyo. Carecía de filtro o de bomba, y sus aguas tenían la dorada opacidad de la corriente.
—Estoy atravesando a nado el condado —dijo Ned.
—Vaya, no sabía que se pudiera hacer eso —exclamó la señora Halloran.
—Bueno, he empezado en casa de los Westerhazy —dijo Ned—. Debo de haber recorrido unos seis kilómetros.
Dejó el bañador junto al extremo más hondo de la piscina, fue andando hasta el otro lado y nadó aquella distancia. Mientras salía a pulso del agua, oyó decir a la señora Halloran:
—Sentimos mucho que te hayan ido tan mal las cosas, Neddy.
—¿Lo mal que me han ido las cosas? No sé de qué me está usted hablando.
—¿No? Hemos oído que has vendido la casa y que tus pobres hijas…
—No recuerdo haber vendido la casa —dijo Ned—. En cuanto a las chicas, no les ha pasado nada, que yo sepa.
—Sí —suspiró la señora Halloran—. Claro…
Su voz llenaba el aire con una melancolía intemporal, y Ned la interrumpió precipitadamente:
—Gracias por el baño.
—Que tengas una travesía agradable —dijo la señora Halloran.
Al otro lado del seto, Ned se puso el bañador y tuvo que apretárselo. Le estaba un poco grande, y se preguntó si era posible que hubiera perdido peso en una tarde. Tenía frío, estaba cansado, y la desnudez de los Halloran y el agua oscura de su piscina lo habían deprimido. Aquella travesía era demasiado para sus fuerzas, pero ¿cómo podía haberlo previsto mientras se deslizaba aquella mañana por el pasamanos de la escalera o cuando estaba sentado al sol en casa de los Westerhazy? Los brazos no le respondían. Las piernas parecían de goma y le dolían las articulaciones. Lo peor de todo era el frío en los huesos y la sensación de que nunca volvería a entrar en calor. Caían hojas de los árboles y el viento le trajo olor a humo. ¿Quién podía estar quemando hojarasca en aquella época del año?
Necesitaba un trago. El whisky lo calentaría, le levantaría el ánimo, lo sostendría hasta el final de su viaje, renovaría su convicción de que atravesar a nado aquella zona era un proyecto original que exigía valor. Los nadadores que recorren grandes distancias toman coñac. Necesitaba un estimulante. Cruzó la zona de césped delante de la casa de los Halloran, y siguió andando hasta el pabellón que habían construido para Helen, su única hija, y para su marido, Erich Sachs. Ned encontró a los Sachs en su piscina, que era bastante pequeña.
—¡Neddy! —exclamó Helen—. ¿Has almorzado en casa de mi madre?
—No exactamente —dijo Ned—. He entrado un momento a saludar a tus padres. —No parecía que hiciese falta dar más explicaciones—. Siento mucho presentarme así de sorpresa, pero me ha dado un escalofrío de pronto y me preguntaba si podríais ofrecerme una copa.
—Me encantaría hacerlo —dijo Helen—, pero no tenemos nada para beber desde la operación de Eric. Y de eso hace ya tres años.
¿Estaba perdiendo la memoria, o era acaso que su capacidad para ignorar acontecimientos penosos le había permitido olvidarse de la venta de su casa, de las dificultades de sus hijas, y de la enfermedad de su amigo Eric? La mirada de Ned se desplazó del rostro de Eric a su vientre, donde vio tres cicatrices antiguas, más blancas que el resto de la piel, dos de ellas de treinta centímetros de largo por lo menos. El ombligo había desaparecido, y Ned pensó en el desconcierto de una mano inquisitiva que, al buscar en la cama a las tres de la mañana los atributos masculinos, se encontrara con un vientre sin ombligo, sin unión con el pasado, sin continuidad en la sucesión natural de los seres.
—Estoy segura de que encontrarás algo de beber en casa de los Biswanger—dijo Helen—. Dan una fiesta por todo lo alto. Se los oye desde aquí. ¡Escucha!
Helen alzó la cabeza, y desde el otro lado de la carretera, desde el otro lado de los jardines, de los bosques, de los campos, Ned oyó de nuevo el ruido, lleno de resonancias, de las voces cerca del agua.
—Bueno, voy a darme un remojón —dijo, notando que carecía aún de libertad para decidir sobre su manera de viajar. Se tiró de cabeza al agua fría y faltándole el aliento, casi a punto de ahogarse, cruzó la piscina de un extremo a otro—. Lucinda y yo tenemos muchas ganas de veros —dijo vuelto de espaldas, con el cuerpo orientado ya hacia la casa de los Biswanger—. Sentimos mucho que haya pasado tanto tiempo sin vernos, y os llamaremos cualquier día de éstos.
Ned tuvo que cruzar algunos campos hasta la casa de los Biswanger y los sonidos festivos que salían de ella. Sería un honor para los dueños ofrecerle una copa, se sentirían felices de darle de beber. Los Biswanger los invitaban a cenar —a Lucinda y a él— cuatro veces al año con seis semanas de anticipación. Ellos nunca aceptaban, pero los Biswanger continuaban enviando invitaciones como si fueran incapaces de comprender las rígidas y antidemocráticas normas de la sociedad en la que vivían. Pertenecían a ese tipo de personas que hablan de precios durante los cócteles, que se hacen confidencias sobre inversiones bursátiles durante la cena y que después cuentan chistes verdes cuando están presentes las señoras. No pertenecían al grupo de amistades de Neddy; ni siquiera figuraban en la lista de personas a las que Lucinda enviaba felicitaciones de Navidad. Se dirigió hacia la piscina con sentimientos a mitad de camino entre la conciencia de su superioridad y el deseo de mostrarse amable, y también con algún desasosiego porque parecía que estaba oscureciendo y, sin embargo, aquéllos eran los días más largos del año. La fiesta era ruidosa y había mucha gente. Grace Biswanger pertenecía al tipo de anfitriona que invitaba al óptico, al veterinario, al corredor de fincas y al dentista. No había nadie nadando en la piscina, y el crepúsculo, al reflejarse en el agua, despedía un brillo invernal. Ned se dirigió hacia el bar. Cuando Grace Biswanger lo vio, avanzó hacia él, pero no con gesto afectuoso, como él había esperado, sino de la forma más hostil imaginable.
—Vaya, en esta fiesta hay de todo —comentó alzando mucho la voz—, incluso personas que se cuelan.
Grace no estaba en condiciones de hacerle un feo social, no tenía ni la más remota posibilidad, de manera que Ned no se echó atrás.
—En mi calidad de gorrón —preguntó cortésmente—, ¿tengo derecho a tomar una copa?
—Haga lo que guste —dijo ella—. No parece que las invitaciones signifiquen mucho para usted.
Le dio la espalda y se reunió con otros invitados. Ned se acercó al bar y pidió un whisky. El barman se lo sirvió, pero de forma descortés. El mundo de Ned era un mundo en el que los camareros estaban al tanto de los matices sociales, y verse desairado por un barman a media jornada significaba haber perdido puntos en la escala social. O quizá aquel hombre era novato y le faltaba información. En seguida oyó cómo Grace decía a su espalda:
—Se arruinaron de la noche a la mañana; no les quedó más que su sueldo, y él apareció borracho un domingo y nos pidió que le prestáramos cinco mil dólares…
Siempre hablando de dinero. Aquello era peor que llevarse el cuchillo a la boca. Ned se zambulló en la piscina, hizo un largo y se marchó.
La siguiente piscina de la lista, la antepenúltima, pertenecía a su antigua amante, Shirley Adams. Si había sufrido alguna herida en casa de los Biswanger, aquél era el lugar ideal para curarla. El amor —los violentos juegos sexuales, para ser más exactos— era el supremo elixir, el remedio contra todos los males, la píldora mágica capaz de rejuvenecerlo y de devolverle la alegría de vivir. Habían tenido una aventura la semana pasada, o el mes último, o el año anterior. No seacordaba. Pero había sido él quien había decidido acabar, y eso lo colocaba en una situación privilegiada, de manera que cruzó la puerta de la valla que rodeaba la piscina de Shirley repleto de confianza en sí mismo. En cierta forma, era como si la piscina fuese suya, porque la persona amada, especialmente si se trata de un amor ilícito, goza de la posesión de la amante con una plenitud desconocida en el sagrado vínculo del matrimonio. Shirley estaba allí, con sus cabellos color de bronce, pero su figura, al borde del agua de color azul intenso, iluminada por la luz eléctrica, no despertó en él ninguna emoción profunda. No había sido más que una aventurilla, pensó, aunque Shirley lloraba cuando él decidió romper. Pareció turbada al verlo, y Ned se preguntó si se sentiría aún herida. ¿Acaso iba, Dios no lo quisiera, a echarse a llorar de nuevo?
—¿Qué quieres? —le preguntó ella.
—Estoy nadando a través del condado.
—¡Santo cielo! ¿Te comportarás alguna vez como una persona adulta?
—¿Se puede saber qué te pasa?
—Si has venido buscando dinero —dijo ella—, no voy a darte ni un centavo.
—Puedes darme algo de beber.
—Puedo, pero no quiero. No estoy sola.
—Bueno, me marcho en seguida.
Ned se tiró al agua e hizo un largo, pero cuando intentó alzarse hasta el borde para salir de la piscina, descubrió que sus brazos y sus hombros no tenían fuerza; llegó como pudo a la escalerilla y salió del agua. Al mirar por encima del hombro, vio a un hombre joven en los vestuarios iluminados. Al cruzar el césped —ya se había hecho completamente de noche— le llegó un aroma de crisantemos o de caléndulas, decididamente otoñal, y tan intenso como el olor a gasolina. Levantó la vista y comprobó que habían salido las estrellas, pero ¿por qué tenía la impresión de ver Andrómeda, Cefeo y Casiopea? ¿Qué se había hecho de las constelaciones de pleno verano? Ned se echó a llorar.
Era probablemente la primera vez que lloraba en toda su vida de adulto, y desde luego la primera vez en su vida que se sentía tan desdichado, con tanto frío, tan cansado y tan desconcertado. No entendía los malos modos del barman ni el mal humor de una amante que se había acercado a él de rodillas y le había mojado el pantalón con sus lágrimas. Había nadado demasiado, había pasado demasiado tiempo bajo el agua, y tenía irritadas la nariz y la garganta. Necesitaba una copa, necesitaba compañía y ponerse ropa limpia y seca, y aunque podría haberse encaminado directamente hacia su casa por la carretera, se fue a la piscina de los Gilmartin. Allí, por primera vez en su vida, no se tiró, sino que descendió los escalones hasta el agua helada y nadó dando unas renqueantes brazadas de costado que quizá había aprendido en su adolescencia. Camino de casa de los Clyde, se tambaleó a causa del cansancio y, una vez en la piscina, tuvo que detenerse una y otra vez mientras nadaba para sujetarse con la mano en el borde y descansar. Trepó por la escalerilla y se preguntó si le quedaban fuerzas para llegar a casa. Había cumplido su deseo, había nadado a través del condado, pero estaba tan embotado por la fatiga que su triunfo carecía de sentido. Encorvado, agarrándose a los pilares de la entrada en busca de apoyo, Ned torció por el sendero de grava de su propia casa.
Todo estaba a oscuras. ¿Era tan tarde que ya se habían ido a la cama? ¿Se habría quedado su mujer a cenar en casa de los Westerhazy? ¿Habrían ido las chicas a reunirse con ella o se habrían marchado a cualquier otro sitio? ¿No se habían puesto previamente de acuerdo, como solían hacer los domingos, para rechazar las invitaciones y quedarse en casa? Ned intentó abrir las puertas del garaje para ver qué coches había dentro, pero la puerta estaba cerrada con llave y se le mancharon las manos de orín. Al acercarse más a la casa vio que la violencia de la tormenta había separado de la pared una de las tuberías de desagüe para la lluvia. Ahora colgaba por encima de la entrada principal como una varilla de paraguas, pero no costaría arreglarla por la mañana. La puerta de la casa también estaba cerrada con llave, y Ned pensó que habría sido una ocurrencia de la estúpida de la cocinera ode la estúpida de la doncella, pero en seguida recordó que desde hacía ya algún tiempo no habían vuelto a tener ni cocinera ni doncella. Gritó, golpeó la puerta, intentó forzarla golpeándola con el hombro; después, al mirar a través de las ventanas, se dio cuenta de que la casa estaba vacía.

miércoles, 8 de abril de 2015

Equipo de recolección de Robert Silverberg


 Vista desde setenta y cinco kilómetros de altura, la cosa parecía prometedora. Era un planeta de tamaño mediano, de color marrón y verde, de aspecto acogedor, sin signos de ciudades ni de otro tipo de complicaciones. Un lugar agradable, tal como se necesitaba para curar la depresión causada por una expedición sin resultados positivos. Me volví hacia Clyde Holdreth, que se hallaba contemplando pensativo la termocupla. - ¿Y bien? ¿Qué te parece? - Me parece muy adecuado. La temperatura es agradable, el tiempo es bueno, hay mucho aire. Creo que vale la pena probar. Lee Davison salió del compartimiento de los animales, oliendo a ellos, tal como era habitual. Tenía a uno de los monitos azules que habíamos encontrado en Alferaz. La bestezuela se subía por su brazo. - ¿Creéis que hemos encontrado algo? - Un planeta - le dije -. ¿Todavía tenemos sitio en los depósitos? - Por eso ni os preocupéis. En realidad tenemos sitio para un zoológico más, antes de que se llenen las jaulas. No ha rendido mucho este viaje. - Realmente no - asentí -. Bien, ¿bajamos a ver qué es lo que encontramos? - Más vale - replicó Holdreth -. No podemos volver a la Tierra con un par de monitos azules y unos comedores de hormigas. - Voto por un aterrizaje de exploración - dijo Davison -. ¿Y tú? Asentí con la cabeza. - Prepararé todo. Asegúrate de que tus animales estén cómodos cuando desaceleremos. Davison desapareció dentro del compartimiento, mientras Holdreth escribía furiosamente en el cuaderno de bitácora, asentando las coordenadas del planeta, su descripción general, y los otros detalles necesarios. Aparte de ser un equipo de recolección que trabajaba para el Departamento de Zoología del Instituto de Estudios Interestelares, también éramos un grupo de exploración, y el planeta que estaba cerca figuraba como inexplorado en las cartas de navegación espacial. Eché un vistazo a la enorme bola verde y marrón, que giraba debajo de nosotros, y sentí el aguijonazo de melancolía que siempre acompañaba el descenso en un mundo nuevo y extraño. Reprimiéndolo, comencé a trazar una órbita para el descenso. Sentí, detrás de mí, la algarabía furibunda de los monitos azules, mientras Davison los acomodaba en las camitas de desaceleración, y haciéndole un ronco acompañamiento, los gruñidos graves y poco musicales, de los devoradores de hormigas rogelianos, que nos hacían saber sus molestias. Indudablemente, el planeta estaba deshabitado, pues en cuanto la nave se asentó, no transcurrió más de un minuto antes de que la fauna local comenzara a reunirse. Nos quedamos parados frente a las ventanillas, mirando asombrados. - Esto es algo con lo que no creo que nos hayamos atrevido ni siquiera a soñar. ¡Mirad! - dijo, acariciándose nerviosamente la barba -. ¡Debe de haber mil especies diferentes! - Nunca vi nada igual - dijo Holdreth. Me apresuré a determinar cuánto espacio teníamos en la nave, y cuántas de las criaturas que se hallaban curiosas fuera, íbamos a ser capaces de llevarnos con nosotros. - ¿Cómo vamos a decidir cuáles vamos a llevarnos, y cuáles deberemos dejar atrás? - ¿Qué importa? - dijo Holdreth, alegremente -. Esto es lo que podríamos denominar una superabundancia de bienes. Creo que debemos de tratar de atrapar una docena de los especímenes más raros y salir corriendo, dejando el resto para otro viaje. ¡Qué pena que perdimos aquel precioso tiempo dando vueltas por Rigel! - Bueno, después de todo, nos llevamos los devoradores de hormigas - señaló Davison. El los había encontrado, y estaba orgulloso. - Sonreí con cierta amargura. - Sí, atrapamos los devoradores de hormigas - En ese momento, estos animales comenzaron a gruñir con claros ronquidos -. Pero creo que estaríamos mejor sin esas bestias. - ¡Qué mala actitud! - dijo Holdreth - ¡Muy poco profesional! - Después de todo, no soy un zoólogo. Simplemente soy un piloto de nave espacial, recordad. Y si no me gusta la forma en que esos bichos huelen y gruñen, pues.
- ¡Mirad!¡Mirad eso! - dijo súbitamente Davison. Miré por las ventanillas y vi una nueva bestia que emergía de la espesa vegetación. Creo haber visto criaturas extrañas desde que estoy en el Departamento de Zoología, pero nunca nada como esa. Era del tamaño de una jirafa, y se movía sobre unas patas largas y temblequeantes. En el extremo de un inimaginable cuello tenía una pequeña cabeza. También tenía seis patas, y una serie de apéndices en forma de serpientes, que se enroscaban y desenroscaban. Sus ojos eran dos grandes globos violetas, situados en el extremo de dos gruesas antenas. Debería medir unos seis metros y medio de altura. Se movió con extremada gracia entre las otras bestias que rodeaban nuestra nave, abriéndose suavemente camino hasta llegar a ella. Al ver las ventanillas, se asomó para espiar. Uno de sus ojos me miró directamente, el otro a Davison. Era extraño, pero me parecía que estaba queriendo decirnos algo. - Es grande, ¿verdad? - dijo, finalmente, Davison. - Apuesto a que te quieres llevar una. - Tal vez sea posible hacer sitio para un ejemplar joven - dijo Davison -. Siempre que podamos hallarlo, por supuesto. - ¿Cómo va el análisis del aire? Reviento de ganas de salir de aquí y ponerme a capturar estos bichos. ¡Dios mío! ¡Esto es realmente extraño! El animal aparentemente había concluido su examen, puesto que dio la vuelta a la cabeza, y con un trotecito corto, se desplazó alrededor de la nave. Una criatura pequeña, de aspecto similar al de un perro, con espinas a lo largo del dorso, comenzó a ladrarle al raro animal, pero no se dio por aludido. Los otros animales, de todas formas y tamaños, continuaron reunidos alrededor de la nave, aparentemente muy curiosos acerca de los recién llegados. Podía ver los ojos de Davison sedientos de deseo de atrapar ese gran montón y llevárselo a la Tierra. Sabía lo que pasaba por su mente: soñaba con la gran cantidad de especies extraterrestres que por aquí rondaban, viéndolas a cada una de ellas con un cartelito que decía: Tal y tal Davison. - El aire puede respirarse - anunció Holdreth abruptamente -. Buscad vuestras redes de cazar mariposas y preparaos para la captura. Había algo que no me gustaba de ese lugar. Era todo demasiado perfecto, y sabía que en realidad nada sucedía así. Siempre, en alguna parte, hay una trampa. Pero el lugar parecía ser verdad. El planeta era el sueño de un zoólogo convertido en realidad, y Davison y Holdreth estaban entusiasmadísimos estudiando las distintas especies. - Nunca vi nada como esto - dijo Davison por quincuagésima vez, por lo menos, mientras examinaba un animalito pequeño, parecido a una ardilla, de color púrpura. La ardilla se quedó mirándole, como si también examinara a Davison.
- Llevémonos algunas de éstas - dijo Davison -. Son muy bonitas. - Bueno, hazlo - le dije, encogiéndome de hombros. No me importaba qué animales transportaba, sino que llenaran de una vez las bodegas y me permitieran partir de acuerdo a los planes. Vi cómo Davison levantaba a dos de las ardillas, llevándolas hacia la nave. Holdreth se acercó hacia donde yo estaba. Sujetaba una especie de perro con ojos a facetas como los de un insecto, que brillaban, y una piel pelada y brillante. - ¿Qué te parece, Gus? - Magnífico - le contesté -. Verdaderamente asombroso. Puso al animal en el suelo, pero no trató de escaparse, sino que se quedó tranquilo, mirándonos. Holdreth, pasándose una mano por la cabeza, que comenzaba a quedarse calva, me dijo: - Gus, has estado triste todo el día. ¿Qué te pasa? - Estoy preocupado. - ¿Por qué? ¿Prejuicios? - Es demasiado fácil, Clyde. Demasiado fácil. Estos animales se acercan como si esperaran ser capturados. Holdreth apenas reprimió una risa. - Y tú estás acostumbrado a la lucha, ¿verdad? Te molesta que lo estemos pasando tan bien aquí. - Cuando pienso en el lío que hicimos para conseguir un par de misérrimos y malolientes devoradores de hormigas. - No te preocupes, Gus. Trataremos de llevarnos algunos ejemplares, y luego saldremos corriendo. ¡Pero este lugar es una mina de oro zoológica! Sacudí la cabeza negativamente. - No me gusta, Clyde. No me gusta. Holdreth rió y levantó del suelo su perro con ojos a facetas. - Dime, ¿sabes dónde puedo encontrar otro? - Aquí - le dije, señalando - Está bien cerca, con la lengua fuera, esperando que lo cojas y te lo lleves. Holdreth miró, sonriendo. - ¿Y tú que sabes de eso? Cogió su espécimen y lo llevó dentro. Me alejé un poco para inspeccionar el lugar. Aquel planeta me parecía demasiado increíble para aceptarlo sin un examen minucioso, a pesar de la forma desaprensiva con que mis dos compañeros recogían sus especímenes. Punto número uno: los animales no andan por ahí como lo hacían aquí, en grandes cantidades y contentos de estar unos junto a otros. Noté que no había más de unos pocos de cada especie, y por lo menos debía haber quinientas diferentes unas de otras. Y cada una compitiendo en rareza. La naturaleza no obra así. Punto número dos: parecían ser amigos entre sí, si bien aceptaban el liderazgo de la criatura parecida a una jirafa. La naturaleza tampoco obra de esa forma. No había visto que surgiera una pelea entre ellos. Eso hacía pensar que tal vez eran herbívoros, cosa que ecológicamente era un despropósito. Me encogí de hombros y seguí hacia delante. Media hora más tarde sabía algo más acerca de la geografía de nuestra tierra de promisión. Nos hallábamos en una inmensa isla o en una península, puesto que podía ver una gran extensión de agua que bañaba las tierras, a unos quince kilómetros más o menos. No muy lejos de la nave había una extensa franja de vegetación selvática, que llegaba hasta el agua hacia un lado y terminaba abruptamente hacia el otro. Nuestra nave había descendido en el borde del claro. Aparentemente, la mayoría de los animales que veíamos vivían en la selva. Al otro lado había una pradera baja y también extensa que a lo lejos parecía perderse poco a poco en un desierto. A lo lejos podía distinguir algo así como una gran franja de arena que contrastaba vivamente con la fértil jungla de la izquierda. Hacia uno de los lados había un pequeño lago. Era un lugar realmente muy adecuado para que se juntara tal rara cantidad de animales, puesto que parecía haber un hábitat indicado para cada especie, más o menos. ¡Y la fauna! Si bien soy un zoólogo de segunda mano, que pesca aquí y allá sus conocimientos por ósmosis, de Davison y Holdreth, no podía dejar de maravillarme frente a la extraordinaria riqueza de animales extraños.
Los había de distintas formas y tamaños, colores y olores, y su única característica similar era su extraordinaria mansedumbre. Durante el curso de mi caminata, unos cien animales debían de haberse acercado a mí, apartándose después de haberme examinado cuidadosamente. Esto incluyó a una media docena que no había visto antes, más una de las jirafas de aspecto inteligente y uno de los perros sin pelo. Una vez más tuve la impresión de que la jirafa podía estar tratando de comunicarse conmigo. La cosa me gustaba cada vez menos. En realidad, no me gustaba nada. Volví al campamento y vi a Holdreth y a Davison frenéticamente ocupados en tratar de acomodar dentro de la nave los animales que podían. - ¿Cómo va la cosa? - les pregunté. - Las bodegas están llenas. Estamos ocupados tratando de elegir un poco. Vi cómo cogía los dos perros sin pelo de Holdreth y llevaba dentro un par de animalitos de ocho patas, con cierto remoto parecido con los pingüinos, que no protestaban al ser llevados al interior de la nave. Holdreth fruncía el ceño. - ¿Para qué quieres ésos, Lee? Los que parecen perros tienen el aspecto de ser más interesantes, ¿no lo crees? - No - dijo Davison -, prefiero llevar esos otros dos. Son muy curiosos. ¿Te has fijado la forma en que la red muscular conecta...? - Un momento, muchachos - les dije. Me quedé mirando al animal que estaba en brazos de Davison -. Este es realmente curioso, ¿verdad? Tiene ocho patas. - ¿Te estás transformando en un zoólogo? - preguntó Holdreth muy divertido. - No, pero... cada vez estoy más intrigado: ¿por qué éste tiene ocho patas, otros seis y otros sólo cuatro? Me miraron interrogativamente, con cierto desprecio profesional pintado en el rostro. - Quiero decir que debería de haber cierto esquema habitual, ¿no es así? En la Tierra, nuestra vida animal tiene cuatro patas; en Venus, seis. Pero ¿alguna vez visteis una mezcolanza tan extraña como la de aquí? - Hay cosas todavía más raras - dijo Holdreth -. Los de vida simbiótica de Sirio Tres, los constructores de madrigueras de Mizar... Pero tienes razón, Gus. Esto es realmente una extraña dispersión evolutiva. Creo que debemos de quedarnos e inspeccionar las cosas a fondo. Inmediatamente me di cuenta, por la expresión alegre de la cara de Davison, que había estropeado las cosas, y que estábamos peor que antes. Traté de buscar una nueva táctica. - No estoy de acuerdo - dije -. Creo que debemos partir inmediatamente y regresar más tarde, con una expedición mayor. Davison rió entre dientes. - ¡Vamos, Gus! No seas tonto. Esta es la oportunidad de nuestras vidas. ¿Por qué vamos a compartirla con el Departamento de Zoología? No le quise decir que tenía miedo de quedarme más tiempo. Me crucé de brazos. - Lee, soy el piloto de esta nave, y ahora me vas a tener que escuchar. Los planes son de parar aquí brevemente, para después seguir hacia adelante. ¡No me digas que me estoy comportando como un tonto! - ¡Pero sí que lo estás! Interfieres en nuestras investigaciones científicas... - Escúchame, Lee. Nuestras raciones están calculadas con márgenes muy estrechos, para permitiros un mayor espacio para los especímenes. Estrictamente éste es un equipo para recolección. No se han arbitrado medios para una estancia prolongada. A menos que queráis terminar el viaje comiéndoos vuestros animalitos, os sugiero que vayamos partiendo. Se mantuvieron en silencio durante un rato. Finalmente Holdreth dijo. - No podemos discutir esas razones, Lee. Hagamos lo que dice Gus, y regresemos inmediatamente. Habrá tiempo de investigar este planeta en detalle, cuando podamos hacerlo. - Pero... ¡Oh, está bien! - dijo Davison, con pocas ganas. Volvió a coger uno de los pingüinos de ocho patas -. Dejarme acomodar estos animales y nos iremos - Me miró con una extraña expresión, como si hubiera hecho algo criminal. Cuando comenzó a acercarse a la nave, lo llamé. - ¿Qué pasa, Gus? - Mira, no es que quiera arrancarte de aquí - le dije, tratando de ocultar mis sospechas - Es simplemente un problema de aprovisionamiento. - Ya veo, Gus - se dio la vuelta y entró en la nave. Me quedé un rato inmóvil, sin poder pensar en nada especial, y luego entré y comencé a calcular la órbita de despegue. Había llegado al cálculo de los gastos de combustible, cuando observé que del tablero de control colgaban, en forma desordenada, una gran cantidad de cables sueltos. Alguien había estropeado nuestro mecanismo de conducción. Estropeado completamente.
Durante un largo rato no pude hacer otra cosa que observar el desastre. Luego me di la vuelta y me dirigí hacia el compartimiento de los animales. - ¡Davison! - ¿Qué pasa, Gus? - Ven un momento, ¿quieres? Esperé durante unos minutos, y apareció, con aspecto impaciente. - ¿Qué te pasa, Gus? Estoy muy ocupado y... - Abrió la boca con asombro. - ¡Mira eso! - Mejor que lo mires tú - le grité -. Me siento enfermo. Vé a buscar a Holdreth, corriendo. Mientras Davison hacía el encargo, me puse a tratar de estimar los daños. Una vez que hube retirado el panel de control para mirar al interior, me sentí un poco mejor. Las cosas no habían sido dañadas más allá de toda posibilidad de reparación, si bien era indudable que los daños eran grandes. Tres o cuatro días de trabajo intenso con un destornillador y un soldador podían hacer que la nave estuviera en condiciones de volar otra vez. Pero eso no hacía que me sintiera menos enfadado. Oí entrar a Davison con Holdreth, y giré para enfrentarme a ellos. - Muy bien, idiotas. ¿Quién hizo eso? Abrieron la boca y dejaron escapar una serie de alaridos de protesta, los dos al unísono. Les dejé hablar un rato, y luego les grité: - ¡Uno por uno! - Si estás tratando de decir que uno de nosotros saboteó la nave para que no pudiéramos irnos, quiero decirte... - comenzó Holdreth. - No estoy tratando de decir nada, pero lo que me parece es que durante mucho tiempo estuvisteis procurando convencerme de que me quedara unos días más. Tal vez hayáis decidido que la mejor forma de lograrlo era hacer esto - les miré, con una mirada ardiente de rabia -. Pues bien, tengo malas noticias. Puedo arreglar esto, y lo puedo hacer en un par de días. Así que seguid con vuestros asuntos. Seguid zoologizando, mientras tengáis tiempo... Suavemente, Davison puso una mano sobre mi brazo. - Gus, nosotros no lo hicimos. Te lo aseguramos. Súbitamente se me pasó la rabia, y sólo pude sentir la aguda mordedura del miedo. Pudedarme cuenta de que Davison decía la verdad. - Si tú no lo hiciste, si Holdreth no lo hizo, y yo no lo hice, entonces ¿quién lo hizo? Davison hizo un gesto de ignorancia. - Tal vez es uno de nosotros, pero no se da cuenta de lo que está haciendo - sugerí -. Tal vez... - me interrumpí -. ¡Oh!, mejor dejo de pensar tonterías. Por favor, alcanzarme el cajón de las herramientas. Fueron a atender a los animales, y comencé el trabajo de reparación, sin pensar en otra cosa, tratando de que la mente no rondara alrededor de las sospechas, concentrándome solamente en unir el cable A con el que le correspondía, y el transistor F con el potenciómetro K, tal como estaba indicado. Era un trabajo lento, enervante, y para la hora de la comida sólo había llegado a cumplir con los preliminares. Mis dedos temblaban por el esfuerzo de trabajar con cosas tan pequeñas, y finalmente decidí abandonarlo hasta el día siguiente. Dormí mal, acosado por pesadillas acentuadas por los quejidos de los devoradores de hormigas, y por los ocasionales grititos, ronquidos, silbidos y gruñidos de los otros animales de la bodega. Sólo a eso de las cuatro de la madrugada pude verdaderamente conciliar el sueño, y entonces lo restante de la noche pasó rápidamente. Me desperté por las sacudidas de un par de manos, para encontrarme con las caras pálidas y tensas de Holdreth y Davison. Traté de despabilarme mientras preguntaba. - ¿Qué pasa? Holdreth se inclinó y me sacudió con fuerza. - ¡Despierta, Gus! - Me puse trabajosamente de pie. - ¡Caramba! Qué idea más malvada. Despertarlo a uno en mitad de la noche. Me hallé empujado inmisericordemente por el corredor hacia el cuarto de control. Me fijé en el sitio donde Holdreth señalaba, y allí fue cuando me desperté de repente. Los cables habían sido arrancados nuevamente. Alguien o algo había deshecho completamente el trabajo de reparación de la noche anterior. Todos los reproches insustanciales que solíamos dirigirnos se interrumpieron. La cosa no era una broma; no nos podíamos reír más. Comenzamos a trabajar duro, todos juntos, como un verdadero equipo muy de acuerdo. Tratábamos desesperadamente de hacer algo antes de que fuera demasiado tarde. - Pasemos revista a la situación - dijo Holdreth, recorriendo nerviosamente la cabina de control de arriba a abajo. La nave ha sido saboteada dos veces. No sabemos quién lo ha hecho, y, a nivel consciente, estamos convencidos de que no fuimos nosotros. Hizo una pausa. - Esto abre dos posibilidades. O bien, como dijo Gus, uno de nosotros lo hace sin darse cuenta, o hay alguien que lo hace cuando no estamos mirando. Ninguna de las dos posibilidades es demasiado alegre. - Podemos montar guardia - dije -. Propongo que uno de nosotros esté permanentemente despierto, que durmamos por turnos vigilando estrechamente hasta que pueda arreglar la nave. Además deberemos dejar escapar los animales que hemos traído a bordo. - ¿Qué? - Tiene razón - dijo Davison -. No sabemos cómo actúan. No parecen ser inteligentes, pero no podemos asegurarlo. Esa jirafa de ojos púrpura, por ejemplo. Supongamos que nos hipnotiza y hace que nosotros mismos estropeemos la nave. ¿Cómo podemos decir que no? - Pero... - Holdreth quiso comenzar a protestar, pero se interrumpió. - Creo que deberemos de considerar la posibilidad - admitió, obviamente molesto por tener que soltar a sus cautivos -. Vaciaremos las bodegas y tú tratarás de arreglar la nave. Luego, si todo marcha bien, tal vez podamos pensar en recuperarlos. Estuvimos de acuerdo, y Holdreth y Davison soltaron los animales, mientras me ponía a arreglar el mecanismo. Hacia la caída del Sol había podido lograr un estado similar al de la noche anterior. Me senté para montar la primera guardia. La nave se hallaba sumida en una extraña calma. Comencé a andar por la cabina, tratando de vencer la tentación de adormilarme. Pude mantenerme despierto hasta que Holdreth me vino a reemplazar. Pero cuando llegó, boqueó con desesperación mientras me señalaba el panel. Una vez más había sido arrancado. Ahora no teníamos excusas ni explicación. La expedición se había convertido en una verdadera pesadilla. Solamente pude asegurar que en ningún momento me había dormido, y que nada ni nadie se había acercado al panel. Pero, claro, aquello no explicaba nada. O bien entonces era yo el saboteador, o algún poder externo era el que saboteaba la nave. Ninguna de las dos hipótesis parecía tener sentido, por lo menos para mi. Llevábamos cuatro días en el planeta, y la provisión de alimentos comenzó a convertirse en un problema. Mis órdenes, cuidadosamente preparadas, consideraban que ya debería de hacer dos días que estábamos en el viaje de vuelta a la Tierra. Pero no estábamos más cerca de la partida que cuatro días atrás. Los animales continuaron vagando por los alrededores de la nave, tocándola inquisitivamente con sus hocicos, examinándola, mientras las jirafas nos miraban con sus grandes y expresivos ojos. Los pobres eran tan mansos como siempre, y nada sabían de las tensiones que se acumulaban dentro del casco de la nave. Los tres andábamos como zombies, con los ojos brillantes y los labios cerrados. Estábamos muy asustados. Algo nos impedía arreglar la nave. Algo no quería que abandonáramos este planeta. Miré la cara dulce de la jirafa de ojos púrpura, que espiaba por las ventanillas, y me devolvió la mirada. A su alrededor se agrupaba la mescolanza increíble de géneros y especies. Aquella noche los tres hicimos guardia en la cabina de control. A pesar de todo, el panel fue destrozado nuevamente. Los alambres estaban tan soldados, y vueltos a soldar, que comencé a pensar que unas pocas maniobras más y todo estaría en un estado completamente imposible de reparar. Si no lo estaba ya. Por la noche no dejé el trabajo. Continué soldando después de la cena; por más que ésta fue una comida insuficiente, debido a la escasez de raciones. Seguí trabajando hasta altas horas de la noche. A la mañana siguiente, estaba otra vez estropeado. - Me doy por vencido - dije, revisando los daños -. No veo ninguna razón para seguir tratando de arreglar algo que no va a mantenerse soldado. Holdreth asintió. Estaba terriblemente pálido. - Tendremos que pensar en alguna otra cosa. Abrí el armario de las raciones y examiné nuestras reservas. Aun contando la comida sintética que le hubiéramos dado a los animales en el viaje de vuelta, estábamos muy escasos de víveres. Habíamos pasado el límite de seguridad. El viaje de vuelta estaría amenazado por el hambre. Si lográbamos volver, claro está. Salí de la nave y me senté en una gran roca, situada cerca. Uno de los perros sin pelo se acercó y me rozó la camisa con su hocico. Davison se asomó a la portezuela y me llamó: - ¿Qué estás haciendo, Gus? - Tomando un poco de aire fresco. Estoy cansado de estar ahí dentro - Acaricié el perro detrás de las orejas, y eché una mirada alrededor. Los animales ya no sentían tanta curiosidad por nosotros, y por tanto no se congregaban como antes. Se hallaban desparramados en la pradera, comiendo unos depósitos formados por una sustancia blanca y pastosa. Se precipitaba todas las noches. Lo llamábamos maná. Todos los animales parecían alimentarse con ella. Me recosté hacia atrás. Al octavo día comenzamos a estar muy delgados. Ya no trataba de reparar la nave; el hambre comenzaba a torturarme. Vi a Davison con el soldador en la mano. - ¿Qué estás haciendo? - Voy a reparar la nave - me contestó. Tú no quieres hacerlo, pero no podemos quedarnos de brazos cruzados - Tenía la nariz hundida en el manual de reparaciones, y estaba manipulando el disparador del soldador. Me encogí de hombros. - Haz lo que quieras - No me importaba. Lo que sabía era que mi estómago estaba dolorosamente vacío, y que tal vez tendría que enfrentarme al hecho de que estábamos atrapados para siempre. - ¿Gus? - ¿Sí? - Creo que es hora de que te lo diga. Hace cuatro días que como maná. Es bueno, y nutritivo. - ¿Has estado comiendo maná? ¿Una cosa que encuentras en un mundo extraño? ¿Te has vuelto loco? - ¿Qué otra cosa podemos hacer? ¿Morir de hambre? Sonreí débilmente, admitiendo que tenía razón. De la nave llegaban los ruidos que hacía Holdreth al moverse de un lado para otro. Era el que peor estaba de los tres. Tenía una familia en la Tierra, y comenzaba a darse cuenta de que tal vez nunca la volvería a ver. - ¿Por qué no vas a buscar a Holdreth? - sugirió Davison -. Id y llenaos de maná. Tenéis que comer algo. - Sí. ¿Qué podemos perder? - Moviéndome como un robot me dirigí hacia la cabina de Holdreth. Saldríamos juntos, comeríamos maná y dejaríamos de sentir hambre. De una u otra forma. - ¡Clyde! - llamé - ¡Clyde! Entré en la cabina. Estaba sentado al escritorio, temblando convulsivamente y observando los dos chorros de sangre que brotaban de sus recién seccionadas venas de la muñeca. - ¡Clyde! No protestó cuando lo llevé a la enfermería; le hice dos torniquetes para parar la hemorragia y lo curé. Se estaba quieto, sollozando. Le abofeteé, y volvió en sí. Miró a su alrededor, como si no supiera dónde estaba. - Yo... yo... - Tranquilízate, Clyde. Todo va a ir bien. - No está bien - dijo, con voz hueca -. Todavía estoy vivo. ¿Por qué no me dejaste morir? ¿Por qué...? Davison entró en la cabina. - ¿Qué pasa, Gus? - Es Clyde. La tensión le está afectando. Trató de matarse, pero pienso que ahora estará mejor. Tráele algo para comer, ¿quieres? Logramos que Holdreth se sintiera mejor cuando llegó la noche. Davison juntó todo el maná que pudo, y nos dimos un festín. - Ojalá tuviera el coraje de matar algún animal de la fauna local - dijo Davison -. Entonces sí que tendríamos un banquete. ¡Carne asada! - Las bacterias - dijo Holdreth suavemente -. No debemos hacerlo. - Ya lo sé. Simplemente soñaba en voz alta. - ¡Nada de soñar! - dije, bruscamente -. Mañana temprano otra vez comenzamos a trabajar en el panel. Tal vez, con algo de comida en el estómago, podamos mantenernos despiertos para saber qué es lo que pasa aquí. Holdreth sonrió. - ¡Buena idea! No puedo más. ¡Quisiera salir de esta nave y comenzar a vivir una existencia normal! ¡Dios mío! No puedo más. - Tratemos de dormir - le dije -. Mañana volveremos a probar. Veréis cómo podremos volver a casa - traté de transmitirles una confianza que no sentía. A la mañana siguiente me levanté temprano, tomé mi caja de herramientas, y contento de sentirme capaz de pensar con claridad, me dirigí hacia la cabina de control. Y me detuve súbitamente. Y miré por la cabina de observación. Volví sobre mis pasos y desperté a Holdreth y a Davison. - Mirad por las ventanillas - les dije con voz ronca. Miraron. Sus ojos se desorbitaron por el asombro. - Parece mi casa - dijo Holdreth -. Mi casa en la Tierra. - Con todas las comodidades de un hogar - me adelanté con inquietud y bajé de la nave - . Vamos a verla. Nos aproximamos, mientras los animales retozaban alrededor nuestro. La jirafa más grande se acercó y movió la cabeza con aire solemne. La casa se hallaba en medio del claro, pequeña pero pesada, oliendo a pintura fresca. Comprendí lo que había pasado. Durante la noche, manos invisibles la habían puesto allí. Habían copiado una casa igual a las de la Tierra, colocándola cerca de nuestra nave, para que la habitáramos. - Igual que mi casa - repitió Holdreth, asombrado. - No me extraña - le dije -. Extrajeron la idea de tu mente tan pronto como se dieron cuenta de que no podríamos vivir en la nave indefinidamente. Inmediatamente, Holdreth y Davison me preguntaron: - ¿Qué quieres decir? - Pero ¿cómo? ¿Aún no os habéis dado cuenta de dónde estamos? - Me pasé la lengua por los labios resecos, tratando de acostumbrarme al hecho de que íbamos a pasar el resto de nuestra vida aquí -. ¿No entendéis para qué fue construida esta casa? Movieron la cabeza negativamente, dando muestras de completa incertidumbre. Miré alrededor, desde la casa hasta la inútil nave, desde la selva hasta la pradera y el lago. Ahora comprendía. - Quieren mantenernos felices - les dije -. Saben que no marchábamos bien a bordo de la nave, así que... nos construyeron algo un poco más parecido a lo que teníamos en casa. - Quiénes? ¿Las jirafas? - Olvidaos de las jirafas. Trataron de avisarnos, pero es demasiado tarde. Son seres inteligentes, pero están prisioneros como nosotros. No, me refiero a los que rigen sobre este lugar. Los super-extraterrestres que nos hicieron sabotear nuestra nave sin que nos diéramos cuenta de lo que estábamos haciendo, que se hallan en alguna parte y nos observan. Los que juntaron esta enorme cantidad de animales, provenientes de todas las partes de la galaxia. Ahora nosotros también hemos corrido la misma suerte. Este sitio no es más que un zoológico. Un zoológico para los distintos seres vivos, que tal vez cumple el propósito de educar a criaturas tan extrañas a nosotros que ni siquiera podríamos soñar conocerlas.

Miré hacia arriba, hacia el brillante cielo azul, en donde invisibles barrotes nos mantenían presos. No tenía sentido tratar de luchar contra ellos. Me parecía poder ver la placa explicatoria: TERRESTRES. Hábitat Sol III.

lunes, 30 de marzo de 2015

El Draft de Jesús Ramón Ibarra.


Quilmes Fornito bajó del taxi y lo golpeó un olor a algas podridas. El hotel no era alto, parecía un diente ocre desde lejos. Alguna vez había sido famoso por recibir a estrellas de cine, a políticos en busca de acción, a empresarios que organizaban foros en el centro de convenciones, un galpón alfombrado que olía a fósforo, cuyo principal atractivo era la vista al mar, al estuario y su gran vaho de sombras. ¿Qué parte formaba ahora él en el historial de ese edificio vetusto, corroído, sin mozos al frente?

El gerente no lo reconoció. Le habló de las cualidades del lugar y le prometió una cortesía en el bar de la terraza. Quilmes se movería solo. Los hombres que vería al día siguiente no se andaban con chiquitas y él no quería comprometer a nadie. Uno era Darío Bárcenas, lugarteniente de Pablo Arjona, líder del Cártel del Noroeste. Los demás eran complementos de ese indefinido ciclorama del crimen.
Ya instalado en un cuartito de paredes tapizadas con flores azules, recordó borrosamente a su padre, jugador de América de Cali hacia los años ochenta; evocó sus primeras lecciones con la pelota en los pies. El futbol es una guerra, decía siempre. Él se quedó con la frase y con los trofeos que su papá cosechó durante cinco temporadas en Colombia, antes de partir al futbol argentino, donde cumplió con dignidad una campaña con Boca Juniors. A su regreso, América no lo quiso recibir y terminó en Millonarios. El acoso de los hinchas de Cali no se hizo esperar, frente a algo que consideraron una traición flagrante.

Dos años después de su incorporación al club bogotano, el carro donde iba Arístides Fornito, mediocampista, seleccionado nacional, voló en pedazos justo cuando el matrimonio salía de una misa en la Iglesia de Nuestra Señora de las Aguas. El atentado se lo atribuiría el Cártel de Medellín. La tragedia, sumada a los malos manejos de un contador voraz, dejó a Quilmes literalmente en la calle. Un tío lejano le concedió un rincón en su garaje para que el chico durmiera. A esa etapa él posteriormente la llamaría "el limbo".

En este limbo cruzó el desierto espinoso de la orfandad, a la vista de todos, convertido en un muchacho que solventa la vida con un desarraigo mecánico. En la calle se hizo hombre: su naturaleza era la de un roble golpeado por un rayo intransigente. Aprendió de armas. Supo que la mejor forma de sortear el peligro era creando un halo de poder y respeto alrededor suyo. Se involucró con criminales. Olía a pólvora, sangre desecada y whisky rancio. Tenía una puntería letal con el pie y con la pistola. Fue en esos días cuando comenzó a hacer trabajos para Fedor Delgado, entonces cabeza del Cártel de Cali. Para Quilmes, la vida se había convertido en un árbol de cuyas ramas colgaban los frutos de una desesperanza atroz, pero también de un coraje paliado por el juego, la muerte rápida y efectiva de sus enemigos, las cascaritas en el Parque de la 80, los labios mansos de alguna chica que lo iba a ver con desgano por las tardes.

Fue en el barrio de Ciudad Bolívar, entre baldíos anegados de yerba mala, apostadores y asesinos en reposo, donde lo descubrió jugando futbol el profesor Montoya, visor de Independiente de Santa Fe. El chico era extremo derecho. Una flecha en la franja que mandaba centros precisos o repartía diagonales como dulces. Sin embargo, la inutilidad de sus delanteros, su mal tino y su nula condición depredadora, le dieron amor propio para hacer él mismo recorridos rumbo a la portería y disparar a gol. Esa tarde metió tres y falló otros tantos mientras cautivaba a una afición raquítica. Montoya se impresionó con esa rareza de crack y le invitó un refresco después del partido. Hablaron de futbol colombiano. El profesor recordó al Pibe Valderrama, a Higuita, al Tren Valencia, mientras Quilmes se limitaba a señalar las condiciones de Faustino Asprilla, su ídolo. Montoya no pudo eludir la mención de Arístides Fornito. El muchacho resistió, sin embargo, ese golpe.

Cuando Montoya le preguntó si tenía equipo o representante, Quilmes le respondió con una sonrisa de signo ortográfico que no, que cómo creía. A la semana el chico ya estaba instalado en un departamento de un suburbio y tenía un contrato sobre la mesa donde sueldo y prestaciones irían subiendo a la par de sus méritos en la cancha. Aunque le inquietaba un poco deponer las armas, esperaba la comprensión de su jefe. Y la mirada profesional, seria, del Monstruo de los Andes cuando el muchacho le comentó de su prometedora carrera con el Santa Fe, del dinero bien habido, del lodazal que se sacudía gracias al genio irrestricto de sus dos pies, confirmó sus sospechas. Fedor le dio un abrazo y le regaló una M1911 con el nombre de Quilmes grabado en la cacha de nácar. Le puso en la mano, además, un fajo de dólares contenidos por un pasador perlado de diamantes.

En Independiente mostró de inmediato su talento. Aunque le faltaba estatura, su correosidad le ayudaba en los choques. Tenía picardía para esconder la pelota, para el regate en corto, para el tiro de media. Iba muy bien por lo alto y era disciplinado en la táctica. En su primera campaña metió 14 goles y el equipo fue subcampeón. Era un virtuoso lleno de recursos cuya juventud transcurría entre el confort del estrellato y los rumores permanentes de su pase a Europa.

Fornito ganó dos títulos de goleo y encabezó la obtención de tres trofeos de Liga, antes de que El Gullit Sánchez le rompiera tibia y peroné, harto de sus regates burlones y de sus caños.

Paró ocho meses, mismos que dedicó a estudiar pintura, a escribir en un diario local, a producir un programa deportivo. Al Gullit, tiempo después, lo matarían a tiros cuando iba saliendo de un bar en Cartagena de Indias.

Después de eso vino una decadencia sistemática, paulatina, identificada por una disminución en los goles. Menos atrevimiento, menos peso específico. Más lesiones y menos velocidad. Para Independiente se volvió prescindible. Cedido a Jaguares de Chiapas, en México, Quilmes jugó un par de años que fueron un campo de concentración. Un técnico lo retrasó unos metros y más o menos empezaba a rendir como enganche cuando llegó una nueva contractura muscular que lo detuvo media campaña. Cuando se recuperó lo despidieron del club. Anduvo de un lado a otro pugnando por hacer lo que mejor sabía: dialogar con un cuerpo que ahora quería establecer su propio monólogo cansino, en las sombras de la abulia y el desapego. Solo el Zihuatlán pudo pagarle un sueldo más o menos digno en la división de ascenso, donde metió muchos goles que no sirvieron para nada. Le regalaron sus derechos federativos y ahora estaba ahí, en un hotel de la costa mexicana, haciendo tiempo para asistir a una reunión donde se definirían, entre otras cosas, su futuro. Le habían pedido puntualidad, algo que no podía faltarle a un jugador decolorado por las lesiones y la falta de estrella.

Quilmes estuvo en el bar hasta las 12 de la noche. Se ligó a una mazatleca y subió amarrado a su cintura las escaleras amplias y ondulantes. La mujer olía a playa, pero también a bourbon. Él le contó de sus planes. Ella escuchaba sin pasión, aletargada por la embriaguez y un deseo curioso: no era su primer mulato, pero sí su primer futbolista. No era ajena a los colombianos, que pululaban como sombras en todas las costas del mundo, labiosos y festivos, dicharacheros y con una lírica rudimentaria pero efectiva para la seducción.
Hicieron el amor un par de veces, a gritos, mientras el mar sonoro corrompía esa composición de alientos que buscan sus asideros en la carne. La madrugada era una boca adormecida sobre el olor de las magnolias que se secaban en el corredor. Desde muy lejos llegaba una canción de Elvis Presley.

Por la mañana, Quilmes se sintió diez años más joven, salió a la calle y el sol le pareció cruento, blanco, casi como un huevo que arde en su propio nido. Se palpó la pistola, su M1911, y avanzó por las calles repletas de turistas.

Cuando llegó al lugar, un privado del Cáucaso, restaurante especializado en cortes, lo recibieron dos hombres grandes, vestidos de plata. Quilmes les entregó el arma y ellos lo guiaron hacia el fondo del saloncito. En una esquina había una pecera luminosa. De una bocina montada en un rincón alto surgía una música que se insinuaba norteña, aunque lúgubre. Olía a pienso. Por una puerta entró un hombre y se sentó en la cabecera. Le indicó que ocupara un lugar junto a él. Vestía un traje negro, su cabeza era enorme y oscura, aunque la mirada transmitía una tranquilidad casi sedante: Darío Bárcenas, el sanguinario lugarteniente del cártel local, famoso por su falta de pudor, por sus maneras suaves, pero también por su incapacidad para negociar cuando la corriente va en contra.

De la calle se acercaban los rumores de una mañana creciente, llena de coches pero también de un calor amargo.

Quilmes tenía que sostenerle, primero, la mirada, si quería extraer de ese rostro sin complejos una voz. Y así lo hizo. Lo demás sería cuestión de resistir. Bárcenas ordenó a los hombres que levantaran al colombiano y lo sostuvieran de pie; luego tomó un bate de béisbol y lo levantó a la altura de su hombro. No sabía cuántos golpes tenía que dar, aunque ya había hecho esa maniobra muchas veces. Cuando dio el primero, Quilmes sintió cómo la pierna izquierda, esa que le servía como eje en algunas jugadas vistosas, se fragmentaba en múltiples pedazos. Con eso basta, dijo. Bárcenas apeló a la sabiduría de quien conoce la propia decadencia de su cuerpo como una prenda de vestir, y se detuvo. Vio en Fornito la mirada que quería. En el fondo comenzaba a arder el desprecio como una zarza. Era suficiente. Con la pistola en las manos, solo tenía que recuperar un poco de pulso.

Ilustración: Patricio Betteo



martes, 24 de marzo de 2015

Botón, botón. De Richard Mathesson.

El paquete estaba junto a la puerta —una caja de cartón sellada con cinta, la dirección y sus nombres escritos a mano: Señor y Señora Lewis, 217 E. calle 37, Nueva York, Nueva York, 10016. Norma lo levantó, abrió la puerta y entró al apartamento. Apenas empezaba a oscurecer.
Después de haber puesto los trozos de cordero en la parrilla, se sentó y abrió el paquete.
Dentro de la caja de cartón había una unidad provista de un botón y sujetada a una pequeña arca de madera. Una cúpula de vidrio cubría el botón. Norma intentó levantarla pero estaba sellada. Volteó la unidad y vio un papel doblado y pegado con cinta adhesiva a la parte inferior de la caja. Lo desprendió: El señor Steward los visitará a las 8 p.m.
Norma colocó la unidad del botón a su lado, sobre el sofá. Releyó el mensaje impreso, sonriendo.
Unos minutos después regresó a la cocina para hacer la ensalada.
El timbre sonó a las ocho en punto. —Yo abro —gritó Norma desde la cocina. Arthur estaba en la sala, leyendo.
Había un hombre pequeño en la entrada. Se quitó el sombrero cuando Norma abrió la puerta. —¿Señora Lewis? —preguntó cortésmente.­
—¿Sí?
—Soy el señor Steward
—Ah, cierto. Norma reprimió una sonrisa. Ahora estaba segura de que se trataba de un truco para vender algo.
—¿Puedo pasar? —preguntó el señor Steward.
—Estoy bastante ocupada —dijo Norma—, pero le traeré su paquete. Le dio la espalda.
—¿No quiere saber lo que es?
Norma se volteó. El tono del señor Steward fue ofensivo. —No, creo que no —contestó ella.
—Podría resultar muy provechoso —le dijo.
—¿Económicamente? —lo cuestionó.
El señor Steward asintió. —Económicamente —dijo.
Norma frunció el ceño. No le gustó la actitud del hombre. —¿Qué está intentando vender? —preguntó ella.
—No estoy vendiendo nada —respondió él.
Arthur salió de la sala. —¿Pasa algo?
El señor Steward se presentó.
Ah, el … —Arthur señaló hacia la sala y sonrió—. ¿Y qué es ese aparato, a todo esto?
—No me tomará mucho tiempo explicarlo —contestó el señor Steward—. ¿Puedo pasar?
—Si está vendiendo algo… —dijo Arthur.
El señor Steward negó con la cabeza. —No, no vendo nada.
Arthur miró a Norma. —Como quieras —le dijo ella.
Dudó un poco. —Bueno, ¿por qué no? —dijo él.
Entraron a la sala y el señor Steward se sentó en la silla de Norma. Metió la mano en el bolsillo de dentro de su abrigo y sacó un pequeño sobre sellado. —Aquí dentro hay una llave para abrir la cúpula del timbre —dijo y colocó el sobre encima de la mesa auxiliar—. El timbre está conectado a nuestra oficina.
—¿Para qué sirve? —preguntó Arthur.
—Si oprime el botón —le dijo el señor Steward— en alguna parte del mundo alguien que usted no conoce morirá. A cambio, recibirá un pago de 50.000 dólares.
Norma se quedó mirando al hombrecillo. Estaba sonriendo.
—¿De qué habla? —le preguntó Arthur.
El señor Steward pareció sorprendido. —Pero si lo acabo de explicar —dijo.
—¿Es esto una broma de mal gusto?
—De ningún modo. La oferta es completamente genuina.
—Eso que usted dice no tiene sentido —dijo Arthur—. Usted espera que creamos…
—¿A quién representa? —inquirió Norma.
El señor Steward se notó apenado. —Me temo que no estoy autorizado para revelarle eso —dijo—. Sin embargo, le aseguro que la organización es de talla internacional.
—Creo que es mejor que se vaya —dijo Arthur poniéndose de pie.
El señor Steward se levantó. —Por supuesto.
—Y llévese la unidad con usted.
—¿Está seguro de que no le interesaría pensarlo hasta mañana, quizás?
Arthur levantó la unidad del botón y el sobre y los tendió bruscamente en las manos del señor Steward. Caminó por el pasillo y abrió la puerta.
—Dejaré mi tarjeta —dijo el señor Steward. La colocó encima de la mesilla que estaba cerca de la puerta.
Cuando se había ido, Arthur rompió la tarjeta por la mitad y arrojó los pedazos sobre la mesa.
Norma permanecía sentada en el sofá. —¿Qué crees que era? —preguntó.
—No me interesa saber —contestó él.
Ella intentó sonreír pero no pudo. —¿No te da ni un poco de curiosidad?
—No —negó con la cabeza.
Después de que Arthur había retomado su libro, Norma regresó a la cocina y acabó de lavar los platos.
—¿Por qué no quieres hablar de eso? —preguntó Norma.
Los ojos de Arthur se movían constantemente mientras se cepillaba los dientes. Miraba el reflejo de Norma en el espejo del baño.
—¿No te intriga?
—Me ofende —dijo Arthur.
—Ya sé, pero —Norma colocó otro rulo en su pelo— ¿no te intriga también?
—¿Crees que es una broma de mal gusto? —preguntó ella cuando entraban a la habitación.
—Si lo es, es una broma asquerosa.
Norma se sentó en la cama y se quitó las pantuflas. —Tal vez sea algún tipo de investigación psicológica.
Arthur se encogió de hombros. —Podría ser.
—Tal vez algún millonario excéntrico la está realizando.
—Tal vez.
—¿No te gustaría saber?
Arthur negó con la cabeza.
¿Por qué?
—Porque es inmoral —le dijo.
Norma se deslizó bajo las cobijas. —Bueno, yo creo que es intrigante —dijo. Arthur apagó la lámpara y se agachó para besarla. —Buenas noches —le dijo.
—Buenas noches —Norma le dio palmaditas en la espalda.
Norma cerró los ojos. «Cincuentamil dólares», pensó.
En la mañana, cuando iba a salir del apartamento, Norma vio las dos mitades de la tarjeta sobre la mesa. Impulsivamente, las arrojó dentro de su cartera. Cerró la puerta y alcanzó a Arthur en el ascensor.
Mientras estaba en su descanso sacó las dos partes de la tarjeta y juntó los pedazos rasgados. Solamente el nombre del señor Steward y un número telefónico estaban impresos en la tarjeta.
Después del almuerzo volvió a sacar las dos mitades y unió los bordes con cinta adhesiva. «¿Por qué estoy haciendo esto?», pensó.
Poco antes de las cinco marcó el número.
—Buenas tardes —dijo la voz del señor Steward.
Norma por poco cuelga, pero se contuvo. Aclaró la garganta.
—Habla la señora Lewis —dijo.
, señora Lewis —el señor Steward se escuchó complacido.
—Tengo curiosidad.
—Es natural —dijo el señor Steward.
—No es que crea una sola palabra de lo que nos dijo.
—Sin embargo, es la pura verdad —contestó el señor Steward.
—Bueno, como sea —Norma tragó saliva—. Cuando manifestó que alguien en el mundo moriría, ¿qué quiso decir?
—Exactamente eso —contestó—. Podría ser cualquier persona. Todo lo que garantizamos es que usted no la conoce. Y, por supuesto, que usted no tendría que verla morir.
—Por 50.000 dólares—dijo Norma.
—Es correcto.
Ella hizo un sonido de burla.
—Eso es una locura.
—Pero esa es la propuesta —dijo el señor Steward—. ¿Desea que le lleve de nuevo la unidad?
Norma se puso tensa.
Claro que no —colgó malhumorada.
El paquete estaba junto a la puerta principal, Norma lo vio al salir del ascensor. «Bueno, ¡qué frescura!», pensó. Fijó la mirada en el paquete mientras abría la puerta. «Simplemente no lo entraré», se dijo. Entró y empezó a preparar la cena.
Más tarde, salió al pasillo principal. Abriendo la puerta, levantó el paquete y lo trasladó hasta la cocina, dejándolo sobre la mesa.
Se sentó en la sala, mirando a través de la ventana. Después de un rato, fue a la cocina para colocar las chuletas en la parrilla. Colocó el paquete en la alacena inferior. Lo tiraría en la mañana.
—Tal vez algún millonario excéntrico está jugando con la gente —dijo ella.
Arthur levantó la mirada de su plato. —No te entiendo.
—¿Qué quieres decir?
Olvídalo —le dijo a ella.
Norma comió en silencio. De repente bajó su tenedor. —Supón que es una oferta real —dijo ella.
Arthur se quedó mirándola.
Supón que es una oferta real.
—Está bien, supón que lo es —él se veía incrédulo—. ¿Qué querrías hacer? ¿Volver a tener el botón y oprimirlo? ¿Asesinar a alguien?”
Norma pareció disgustada. —Asesinar.
—¿Cómo lo definirías?
—¿Si ni siquiera conoces a la persona? —dijo Norma.
Arthur quedó estupefacto. —¿Estás diciendo lo que creo que estás diciendo?
—¿Si es algún viejo campesino chino a diez mil millas de distancia? ¿Algún aborigen enfermo en el Congo?
—¿Qué tal un bebé en Pennsylvania? —Arthur replicó—. ¿Alguna hermosa niña en la otra cuadra?
—Ahora estás exagerando las cosas.
— Norma, el hecho es—continuó—, no importa a quién matas sigue siendo asesinato.
—El hecho es —interrumpió Norma—, si es alguien a quien nunca has visto en la vida y a quien nunca verás, alguien de cuya muerte ni siquiera tendrás que saber aun así ¿no apretarías el botón?
Arthur se quedó mirándola, horrorizado. —¿Quieres decir que tú lo harías?
—Cincuenta mil dólares, Arthur.
—¿Qué tiene que ver la cantidad…
Cincuenta mil dólares, Arthur —interrumpió Norma—. Una oportunidad para hacer ese viaje a Europa del que siempre hemos hablado.
—Norma, no.
—Una oportunidad para comprar esa cabaña en la isla.
—Norma, no —su cara había palidecido.
Ella se encogió de hombros. —Está bien, tranquilízate —dijo ella—. ¿Por qué te enojas tanto? Sólo estamos hablando.
Después de la cena, Arthur fue a la sala. Antes de abandonar la mesa dijo:
—Preferiría no discutirlo más, si no te importa.
Norma levantó los hombros. —Está bien.
Ella se levantó más temprano que de costumbre para preparar panqueques, huevos y tocino para el desayuno de Arthur.
—¿Qué estamos celebrando? —preguntó Arthur con una sonrisa.
—No, no se trata de ninguna celebración —Norma se mostró ofendida—. Quise hacerlo, es todo.
—Bueno —dijo él—, me alegro de que lo hayas hecho.
Ella volvió a llenar la taza de Arthur. —Quería demostrarte que no soy… —se encogió de hombros.
—¿Que no eres qué?
—Egoísta.
—¿Dije que lo eras?
—Pues —ella gesticuló vagamente—, anoche...
Arthur permaneció callado.
—Toda esa charla acerca del botón —dijo Norma—. Creo que… pues, me malinterpretaste.
—¿En qué sentido? —su voz fue cautelosa.
—Creo que pensaste —gesticuló de nuevo— que yo sólo estaba pensando en mí.
—Ah.
—No lo hacía.
—Norma…
—Pues no lo hacía. Cuando hablé de Europa, la casa en la isla…
—Norma, ¿por qué te estás involucrando tanto en esto?
—De ninguna manera lo estoy haciendo —respiró nerviosamente—. Sólo intento decir que…
—¿Qué?
—Que quisiera un viaje a Europa para nosotros. Que quisiera una cabaña en la isla para nosotros. Quisiera un apartamento mejor para nosotros, mejores muebles, mejor ropa, un auto. Me gustaría que nosotros por fin tuviéramos un bebé, a decir verdad.
—Norma, ya lo haremos —dijo él.
—¿Cuándo?
Se quedó mirándola, consternado. —Norma…
¡¿Cuándo?!
—¿Estás… —pareció retractarse un poco—, estás diciendo en serio…?
—Estoy diciendo que probablemente lo están haciendo para un proyecto investigativo —lo interrumpió—. Que quieren saber qué haría la gente común frente a tal circunstancia, que sólo están diciendo que alguien moriría para estudiar las reacciones, para ver si hay sentimiento de culpa, ansiedad, ¡lo que sea! No crees que en realidad matarían a alguien, ¿verdad?”
Él no contestó. Ella vio que a Arthur le temblaban las manos. Después de un rato él se levantó y se fue.
Cuando se había ido a trabajar, Norma permaneció en la mesa, mirando fijamente su café. «Voy a llegar tarde», pensó. Se encogió de hombros. ¿Qué importaba?, ella debería estar en casa y no trabajando en una oficina.
Mientras acomodaba los platos, se volvió abruptamente, se secó las manos y sacó el paquete de la alacena inferior. Lo abrió y colocó la unidad del botón sobre la mesa. Se quedó mirándola un rato antes de sacar la llave del sobre y retirar la cúpula de vidrio. Fijó su mirada en el botón. «Qué ridículo», pensó. «Todo este alboroto por un botón sin importancia».
Estiró la mano y lo oprimió. «Por nosotros» —se dijo con rabia.
Se estremeció. ¿Estaría sucediendo? Un escalofrío aterrador la recorrió.
En un momento ya todo había terminado. Hizo un ruido desdeñoso. «Ridículo», pensó. «Exaltarse tanto por nada».
Tiró la unidad del botón, la cúpula y la llave a la caneca de la basura y se apresuró a vestirse para ir al trabajo. Acababa de dar vuelta a los filetes para la cena cuando sonó el teléfono. Levantó la bocina. —¿Aló?
—¿Señora Lewis?
—¿Sí?
—Este es el hospital Lenox Hill.
Se sintió irreal cuando la voz le informó del accidente en el subterráneo: los empujones de la multitud, Arthur había sido arrojado de la plataforma cuando el tren pasaba. Era consciente de que estaba negando con la cabeza pero no podía parar.
Cuando colgó, recordó la póliza de seguro de vida de Arthur por 25.000, con doble indemnización por…
¡No! Parecía que no podía respirar. Se incorporó con gran dificultad y caminó atontada hasta la cocina. Algo helado presionaba su cráneo mientras sacaba la unidad del botón de la caneca de la basura. No había clavos ni tornillos a la vista. No podía ver cómo estaba ensamblada.
De repente, comenzó a estrellarla contra el borde del lavaplatos, golpeándola cada vez con más violencia hasta que la madera se quebró. Separó las partes, cortándose los dedos sin darse cuenta. No había transistores en la caja, ni cables, ni tubos. La caja estaba vacía.
Se volvió con un grito ahogado cuando el teléfono sonó. Tropezándose para llegar hasta la sala, levantó la bocina.
—¿Señora Lewis? —preguntó el señor Steward.
No era su voz la que chillaba de tal manera, no podía ser. —¡Usted dijo que yo no conocería al que muriera!
—Mi querida señora —dijo el señor Steward—, ¿en verdad cree que usted conocía a su esposo?


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