jueves, 8 de diciembre de 2016

Misa de gallo de J.M. Machado de Assis

Nunca pude entender la conversación que tuve con una señora hace muchos años; tenía yo diecisiete, ella treinta. Era noche de Navidad. Había acordado con un vecino ir a la misa de gallo y preferí no dormirme; quedamos en que yo lo despertaría a medianoche.
La casa en la que estaba hospedado era la del escribano Meneses, que había estado casado en primeras nupcias con una de mis primas. La segunda mujer, Concepción, y la madre de ésta me acogieron bien cuando llegué de Mangaratiba a Río de Janeiro, unos meses antes, a estudiar preparatoria. Vivía tranquilo en aquella casa soleada de la Rua do Senado con mis libros, unas pocas relaciones, algunos paseos. La familia era pequeña: el notario, la mujer, la suegra y dos esclavas. Eran de viejas costumbres.
A las diez de la noche toda la gente se recogía en los cuartos; a las diez y media la casa dormía. Nunca había ido al teatro, y en más de una ocasión, escuchando a Meneses decir que iba, le pedí que me llevase con él. Esas veces la suegra gesticulaba y las esclavas reían a sus espaldas; él no respondía, se vestía, salía y solamente regresaba a la mañana siguiente. Después supe que el teatro era un eufemismo. Meneses tenía amoríos con una señora separada del esposo y dormía fuera de casa una vez por semana. Concepción sufría al principio con la existencia de la concubina, pero al fin se resignó, se acostumbró, y acabó pensando que estaba bien hecho.
¡Qué buena Concepción! La llamaban santa, y hacía justicia al mote porque soportaba muy fácilmente los olvidos del marido. En verdad era de un temperamento moderado, sin extremos, ni lágrimas, ni risas. En el capítulo del que trato, parecía mahometana; bien habría aceptado un harén, con las apariencias guardadas. Dios me perdone si la juzgo mal. Todo en ella era atenuado y pasivo. El propio rostro era mediano, ni bonito ni feo. Era lo que llamamos una persona simpática. No hablaba mal de nadie, perdonaba todo. No sabía odiar; puede ser que ni supiera amar.
Aquella noche el escribano había ido al teatro. Era por los años 1861 o 1862. Yo debería de estar ya en Mangaratiba de vacaciones; pero me había quedado hasta Navidad para ver la misa de gallo en la Corte. La familia se recogió a la hora de costumbre, yo permanecí en la sala del frente, vestido y listo. De ahí pasaría al corredor de la entrada y saldría sin despertar a nadie. Había tres copias de las llaves de la puerta; una la tenía el escribano, yo me llevaría otra y la tercera se quedaba en casa.
-Pero, señor Nogueira, ¿qué hará usted todo este tiempo? -me preguntó la madre de Concepción.
-Leer, doña Ignacia.
Llevaba conmigo una novela, Los tres mosqueteros, en una vieja traducción del Jornal do Comércio. Me senté en la mesa que estaba en el centro de la sala, y a la luz de un quinqué, mientras la casa dormía, subí una vez más al magro caballo de D’Artagnan y me lancé a la aventura. Dentro de poco estaba yo ebrio de Dumas. Los minutos volaban, muy al contrario de lo que acostumbran hacer cuando son de espera; oí que daban las once, apenas, de casualidad. Mientras tanto, un pequeño rumor adentro llegó a despertarme de la lectura. Eran unos pasos en el corredor que iba de la sala al comedor; levanté la cabeza; enseguida vi un bulto asomarse en la puerta, era Concepción.
-¿Todavía no se ha ido? -preguntó.
-No, parece que aún no es medianoche.
-¡Qué paciencia!
Concepción entró en la sala, arrastraba las chinelas. Traía puesta una bata blanca, mal ceñida a la cintura. Era delgada, tenía un aire de visión romántica, como salida de mi novela de aventuras.
Cerré el libro; ella fue a sentarse en la silla que quedaba frente a mí, cerca de la otomana. Le pregunté si la había despertado sin querer, haciendo ruido, pero ella respondió enseguida:
-¡No! ¡Cómo cree! Me desperté yo sola.
La encaré y dudé de su respuesta. Sus ojos no eran de alguien que se acabara de dormir; parecían no haber empezado el sueño. Sin embargo, esa observación, que tendría un significado en otro espíritu, yo la deseché de inmediato, sin advertir que precisamente tal vez no durmiese por mi causa y que mintiese para no preocuparme o enfadarme. Ya dije que ella era buena, muy buena.
-Pero la hora ya debe de estar cerca.
-¡Qué paciencia la suya de esperar despierto mientras el vecino duerme! ¡Y esperar solo! ¿No le dan miedo las almas del otro mundo?
Observé que se asustaba al verme.
-Cuando escuché pasos, me pareció raro; pero usted apareció enseguida.
-¿Qué estaba leyendo? No me diga, ya sé, es la novela de los mosqueteros.
-Justamente; es muy bonita.
-¿Le gustan las novelas?
-Sí.
-¿Ya leyó La morenita?
-¿Del doctor Macedo? La tengo allá en Mangaratiba.
-A mí me gustan mucho las novelas, pero leo poco, por falta de tiempo. ¿Qué novelas ha leído?
Comencé a nombrar algunas. Concepción me escuchaba con la cabeza recargada en el respaldo, metía los ojos entre los párpados a medio cerrar, sin apartarlos de mí. De vez en cuando se pasaba la lengua por los labios, para humedecerlos. Cuando terminé de hablar no me dijo nada; nos quedamos así algunos segundos. Enseguida vi que enderezaba la cabeza, cruzaba los dedos y se apoyaba sobre ellos mientras los codos descansaban en los brazos de la silla; todo esto lo había hecho sin desviar sus astutos ojos grandes.
“Tal vez esté aburrida”, pensé.
Y luego añadí en voz alta:
-Doña Concepción, creo que se va llegando la hora, y yo…
-No, no, todavía es temprano. Acabo de ver el reloj; son las once y media. Hay tiempo. ¿Usted si no duerme de noche es capaz de no dormir de día?
-Lo he hecho.
-Yo no; si no duermo una noche, al otro día no soporto, aunque sea media hora debo dormir. Pero también es que me estoy haciendo vieja.
-Qué vieja ni qué nada doña Concepción.
Mi expresión fue tan emotiva que la hizo sonreír. Habitualmente sus gestos eran lentos y sus actitudes tranquilas; sin embargo, ahora se levantó rápido, fue al otro lado de la sala y dio unos pasos, entre la ventana de la calle y la puerta del despacho de su marido. Así, con su desaliño honesto, me daba una impresión singular. A pesar de que era delgada, tenía no se qué cadencia en el andar, como alguien que le cuesta llevar el cuerpo; ese gesto nunca me pareció tan de ella como en aquella noche. Se detenía algunas veces, examinaba una parte de la cortina, o ponía en su lugar algún adorno de la vitrina; al fin se detuvo ante mí, con la mesa de por medio. El círculo de sus ideas era estrecho; volvió a su sorpresa de encontrarme despierto, esperando. Yo le repetí lo que ella ya sabía, es decir, que nunca había oído la misa de gallo en la Corte, y no me la quería perder.
-Es la misma misa de pueblo; todas las misas se parecen.
-Ya lo creo; pero aquí debe haber más lujo y más gente también. Oiga, la semana santa en la Corte es más bonita que en los pueblos. Y qué decir de las fiestas de San Juan, y las de San Antonio…
Poco a poco se había inclinado; apoyaba los codos sobre el mármol de la mesa y metía el rostro entre sus manos abiertas. No traía las mangas abotonadas, le caían naturalmente, y le vi la mitad de los brazos, muy claros y menos delgados de lo que se podría suponer. Aunque el espectáculo no era una novedad para mí, tampoco era común; en aquel momento, sin embargo, la impresión que tuve fue fuerte. Sus venas eran tan azules que, a pesar de la poca claridad, podía contarlas desde mi lugar. La presencia de Concepción me despertó aún más que la del libro. Continué diciendo lo que pensaba de las fiestas de pueblo y de ciudad, y de otras cosas que se me ocurrían.
Hablaba enmendando los temas, sin saber por qué, variándolos y volviendo a los primeros, y riendo para hacerla sonreír y ver sus dientes que lucían tan blancos, todos iguales. Sus ojos no eran exactamente negros, pero sí oscuros; la nariz, seca y larga, un poquito curva, le daba a su cara un aire interrogativo. Cuando yo subía el tono de voz, ella me reprimía:
-¡Más bajo! Mamá puede despertarse.
Y no salía de aquella posición, que me llenaba de gusto, tan cerca quedaban nuestras caras. Realmente, no era necesario hablar en voz alta para ser escuchado; murmurábamos los dos, yo más que ella, porque hablaba más; ella, a veces, se quedaba seria, muy seria, con la cabeza un poco torcida. Finalmente se cansó; cambió de actitud y de lugar. Dio la vuelta y vino a sentarse a mi lado, en la otomana. Volteé, y pude ver, de reojo, la punta de las chinelas; pero fue sólo el tiempo que a ella le llevó sentarse, la bata era larga y se las tapó enseguida. Recuerdo que eran negras.
Concepción dijo bajito:
-Mamá está lejos, pero tiene el sueño muy ligero, si despierta ahora, pobre, se le va a ir el sueño.
-Yo también soy así.
-¿Cómo? -preguntó ella inclinando el cuerpo para escuchar mejor.
Fui a sentarme en la silla que quedaba al lado de la otomana y le repetí la frase. Se rió de la coincidencia, también ella tenía el sueño ligero; éramos tres sueños ligeros.
-Hay ocasiones en que soy igual a mamá; si me despierto me cuesta dormir de nuevo, doy vueltas en la cama a lo tonto, me levanto, enciendo una vela, paseo, vuelvo a acostarme y nada.
-Fue lo que le pasó hoy.
-No, no -me interrumpió ella.
No entendí la negativa; puede ser que ella tampoco la entendiera. Agarró las puntas del cinturón de la bata y se pegó con ellas sobre las rodillas, es decir, la rodilla derecha, porque acababa de cruzar las piernas. Después habló de una historia de sueños y me aseguró que únicamente había tenido una pesadilla, cuando era niña. Quiso saber si yo las tenía. La charla se fue hilvanando así lentamente, largamente, sin que yo me diese cuenta ni de la hora ni de la misa. Cuando acababa una narración o una explicación, ella inventaba otra pregunta u otro tema, y yo tomaba de nuevo la palabra. De vez en cuando me reprimía:
-Más bajo, más bajo.
Había también unas pausas. Dos o tres veces me pareció que dormía, pero sus ojos cerrados por un instante se abrían luego, sin sueño ni fatiga, como si los hubiese cerrado para ver mejor. Una de esas veces, creo, se dio cuenta de lo embebido que estaba yo de su persona, y recuerdo que los volvió a cerrar, no sé si rápido o despacio. Hay impresiones de esa noche que me aparecen truncadas o confusas. Me contradigo, me cuesta trabajo. Una de ésas que todavía tengo frescas es que, de repente, ella, que apenas era simpática, se volvió linda, lindísima. Estaba de pie, con los brazos cruzados; yo, por respeto, quise levantarme; no lo permitió, puso una de sus manos en mi hombro, y me obligó a permanecer sentado. Pensé que iba a decir alguna cosa, pero se estremeció, como si tuviese un escalofrío, me dio la espalda y fue a sentarse en la silla, en donde me encontrara leyendo. Desde allí, lanzó la vista por el espejo que quedaba encima de la otomana, habló de dos grabados que colgaban de la pared.
-Estos cuadros se están haciendo viejos. Ya le pedí a Chiquinho que compremos otros.
Chiquinho era el marido. Los cuadros hablaban del asunto principal de este hombre. Uno representaba a “Cleopatra”; no recuerdo el tema del otro, eran mujeres. Vulgares ambos; en aquel tiempo no me parecieron feos.
-Son bonitos -dije.
-Son bonitos, pero están manchados. Y además, para ser francos, yo preferiría dos imágenes, dos santas. Estas se ven más apropiadas para cuarto de muchacho o de barbero.
-¿De barbero? Usted no ha ido a ninguna barbería.
-Pero me imagino que los clientes, mientras esperan, hablan de señoritas y de enamoramientos, y naturalmente el dueño de la casa les alegra la vista con figuras bonitas. En casa de familia es que no me parece que sea apropiado. Es lo que pienso; pero yo pienso muchas cosas; así, raras. Sea lo que sea, no me gustan los cuadros. Yo tengo una Nuestra Señora de la Concepción, mi patrona, muy bonita; pero es escultura, no se puede poner en la pared, ni yo quiero, está en mi oratorio.
La idea del oratorio me trajo la de la misa, me recordó que podría ser tarde y quise decirlo. Creo que llegué a abrir la boca, pero luego la cerré para escuchar lo que ella contaba, con dulzura, con gracia, con tal languidez que le provocaba pereza a mi alma y la hacía olvidarse de la misa y de la iglesia. Hablaba de sus devociones de niña y señorita. Después se refería a unas anécdotas, historias de paseos, reminiscencias de Paquetá, todo mezclado, casi sin interrupción. Cuando se cansó del pasado, habló del presente, de los asuntos de la casa, de los cuidados de la familia que, desde antes de casarse, le habían dicho que eran muchos, pero no eran nada. No me contó, pero yo sabía que se había casado a los veintisiete años.
Y ahora no se cambiaba de lugar, como al principio, y casi no salía de la misma actitud. No tenía los grandes ojos largos, y empezó a mirar a lo tonto hacia las paredes.
-Necesitamos cambiar el tapiz de la sala -dijo poco después, como si hablara consigo misma.
Estuve de acuerdo para decir alguna cosa, para salir de la especie de sueño magnético, o lo que sea que fuere que me cohibía la lengua y los sentidos. Quería, y no, acabar la charla; hacía un esfuerzo para desviar mis ojos de ella, y los desviaba por un sentimiento de respeto; pero la idea de que pareciera que me estaba aburriendo, cuando no lo era, me llevaba de nuevo los ojos hacia Concepción. La conversación moría. En la calle, el silencio era total.
Llegamos a quedarnos por algún tiempo -no puedo decir cuánto- completamente callados. El rumor, único y escaso, era un roído de ratón en el despacho, que me despertó de aquella especie de somnolencia; quise hablar de ello, pero no encontré la manera. Concepción parecía divagar. Un golpe en la ventana, por fuera, y una voz que gritaba: “¡Misa de gallo!, ¡misa de gallo!”
-Allí está su compañero, qué gracioso; usted quedó de ir a despertarlo, y es él quien viene a despertarlo a usted. Vaya, que ya debe de ser la hora; adiós.
-¿De verdad? -pregunté.
-Claro.
-¡Misa de gallo! -repitieron desde afuera, golpeando.
-Vaya, vaya, no se haga esperar. La culpa ha sido mía. Adiós, hasta mañana.

Y con la misma cadencia del cuerpo, Concepción entró por el corredor adentro, pisaba mansamente. Salí a la calle y encontré al vecino que me esperaba. Nos dirigimos de allí a la iglesia. Durante la misa, la figura de Concepción se interpuso más de una vez entre el sacerdote y yo; que se disculpe esto por mis diecisiete años. A la mañana siguiente, en la comida, hablé de la misa de gallo y de la gente que estaba en la iglesia, sin excitar la curiosidad de Concepción. Durante el día la encontré como siempre, natural, benigna, sin nada que hiciera recordar la charla de la víspera. Para Año Nuevo fui a Mangaratiba. Cuando regresé a Río de Janeiro, en marzo, el escribano había muerto de una apoplejía. Concepción vivía en Engenho Novo, pero no la visité, ni me la encontré. Más tarde escuché que se había casado con el escribiente sucesor de su marido.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Un pacto con el diablo de Juan José Arreola



Aunque me di prisa y llegué al cine corriendo, la película había comenzado. En el salón oscuro traté de encontrar un sitio. Quedé junto a un hombre de aspecto distinguido. 
-Perdone usted -le dije-, ¿no podría contarme brevemente lo que ha ocurrido en la pantalla? 
-Sí. Daniel Brown, a quien ve usted allí, ha hecho un pacto con el diablo. 
-Gracias. Ahora quiero saber las condiciones del pacto: ¿podría explicármelas? 
-Con mucho gusto. El diablo se compromete a proporcionar la riqueza a Daniel Brown durante siete años. Naturalmente, a cambio de su alma. 
-¿Siete nomás? 
-El contrato puede renovarse. No hace mucho, Daniel Brown lo firmó con un poco de sangre. 
Yo podía completar con estos datos el argumento de la película. Eran suficientes, pero quise saber algo más. El complaciente desconocido parecía ser hombre de criterio. En tanto que Daniel Brown se embolsaba una buena cantidad de monedas de oro, pregunté: 
-En su concepto, ¿quién de los dos se ha comprometido más? 
-El diablo. 
-¿Cómo es eso? -repliqué sorprendido. 
-El alma de Daniel Brown, créame usted, no valía gran cosa en el momento en que la cedió. 
-Entonces el diablo... 
-Va a salir muy perjudicado en el negocio, porque Daniel se manifiesta muy deseoso de dinero, mírelo usted. 
Efectivamente, Brown gastaba el dinero a puñados. Su alma de campesino se desquiciaba. Con ojos de reproche, mi vecino añadió: 
-Ya llegarás al séptimo año, ya. 
Tuve un estremecimiento. Daniel Brown me inspiraba simpatía. No pude menos de preguntar: 
-Usted, perdóneme, ¿no se ha encontrado pobre alguna vez? 
El perfil de mi vecino, esfumado en la oscuridad, sonrió débilmente. Apartó los ojos de la pantalla donde ya Daniel Brown comenzaba a sentir remordimientos y dijo sin mirarme: 
-Ignoro en qué consiste la pobreza, ¿sabe usted? 
-Siendo así... 
-En cambio, sé muy bien lo que puede hacerse en siete años de riqueza. 
Hice un esfuerzo para comprender lo que serían esos años, y vi la imagen de Paulina, sonriente, con un traje nuevo y rodeada de cosas hermosas. Esta imagen dio origen a otros pensamientos: 
-Usted acaba de decirme que el alma de Daniel Brown no valía nada: ¿cómo, pues, el diablo le ha dado tanto?
-El alma de ese pobre muchacho puede mejorar, los remordimientos pueden hacerla crecer -contestó filosóficamente mi vecino, agregando luego con malicia-: entonces el diablo no habrá perdido su tiempo. 
-¿Y si Daniel se arrepiente?... 
Mi interlocutor pareció disgustado por la piedad que yo manifestaba. Hizo un movimiento como para hablar, pero solamente salió de su boca un pequeño sonido gutural. Yo insistí: 
-Porque Daniel Brown podría arrepentirse, y entonces... 
-No sería la primera vez que al diablo le salieran mal estas cosas. Algunos se le han ido ya de las manos a pesar del contrato. 
-Realmente es muy poco honrado -dije, sin darme cuenta. 
-¿Qué dice usted? 
-Si el diablo cumple, con mayor razón debe el hombre cumplir -añadí como para explicarme. 
-Por ejemplo... -y mi vecino hizo una pausa llena de interés. 
-Aquí está Daniel Brown -contesté-. Adora a su mujer. Mire usted la casa que le compró. Por amor ha dado su alma y debe cumplir. 
A mi compañero le desconcertaron mucho estas razones. 
-Perdóneme -dijo-, hace un instante usted estaba de parte de Daniel. 
-Y sigo de su parte. Pero debe cumplir. 
-Usted, ¿cumpliría? 
No pude responder. En la pantalla, Daniel Brown se hallaba sombrío. La opulencia no bastaba para hacerle olvidar su vida sencilla de campesino. Su casa era grande y lujosa, pero extrañamente triste. A su mujer le sentaban mal las galas y las alhajas. ¡Parecía tan cambiada!
Los años transcurrían veloces y las monedas saltaban rápidas de las manos de Daniel, como antaño la semilla. Pero tras él, en lugar de plantas, crecían tristezas, remordimientos. 
Hice un esfuerzo y dije: 
-Daniel debe cumplir. Yo también cumpliría. Nada existe peor que la pobreza. Se ha sacrificado por su mujer, lo demás no importa. 
-Dice usted bien. Usted comprende porque también tiene mujer, ¿no es cierto? 
-Daría cualquier cosa porque nada le faltase a Paulina. 
-¿Su alma? 
Hablábamos en voz baja. Sin embargo, las personas que nos rodeaban parecían molestas. Varias veces nos habían pedido que calláramos. Mi amigo, que parecía vivamente interesado en la conversación, me dijo: 
-¿No quiere usted que salgamos a uno de los pasillos? Podremos ver más tarde la película. 
No pude rehusar y salimos. Miré por última vez a la pantalla: Daniel Brown confesaba llorando a su mujer el pacto que había hecho con el diablo. 
Yo seguía pensando en Paulina, en la desesperante estrechez en que vivíamos, en la pobreza que ella soportaba dulcemente y que me hacía sufrir mucho más. Decididamente, no comprendía yo a Daniel Brown, que lloraba con los bolsillos repletos. 
-Usted, ¿es pobre? 
Habíamos atravesado el salón y entrábamos en un angosto pasillo, oscuro y con un leve olor de humedad. Al trasponer la cortina gastada, mi acompañante volvió a preguntarme: 
-Usted, ¿es muy pobre? 
-En este día -le contesté-, las entradas al cine cuestan más baratas que de ordinario y, sin embargo, si supiera usted qué lucha para decidirme a gastar ese dinero. Paulina se ha empeñado en que viniera; precisamente por discutir con ella llegué tarde al cine. 
-Entonces, un hombre que resuelve sus problemas tal como lo hizo Daniel, ¿qué concepto le merece? 
-Es cosa de pensarlo. Mis asuntos marchan muy mal. Las personas ya no se cuidan de vestirse. Van de cualquier modo. Reparan sus trajes, los limpian, los arreglan una y otra vez. Paulina misma sabe entenderse muy bien. Hace combinaciones y añadidos, se improvisa trajes; lo cierto es que desde hace mucho tiempo no tiene un vestido nuevo. 
-Le prometo hacerme su cliente -dijo mi interlocutor, compadecido-; en esta semana le encargaré un par de trajes. 
-Gracias. Tenía razón Paulina al pedirme que viniera al cine; cuando sepa esto va a ponerse contenta. 
-Podría hacer algo más por usted -añadió el nuevo cliente-; por ejemplo, me gustaría proponerle un negocio, hacerle una compra... 
-Perdón -contesté con rapidez-, no tenemos ya nada para vender: lo último, unos aretes de Paulina... 
-Piense usted bien, hay algo que quizás olvida... 
Hice como que meditaba un poco. Hubo una pausa que mi benefactor interrumpió con voz extraña: 
-Reflexione usted. Mire, allí tiene usted a Daniel Brown. Poco antes de que usted llegara, no tenía nada para vender, y, sin embargo... 
Noté, de pronto, que el rostro de aquel hombre se hacía más agudo. La luz roja de un letrero puesto en la pared daba a sus ojos un fulgor extraño, como fuego. Él advirtió mi turbación y dijo con voz clara y distinta: 
-A estas alturas, señor mío, resulta por demás una presentación. Estoy completamente a sus órdenes. 
Hice instintivamente la señal de la cruz con mi mano derecha, pero sin sacarla del bolsillo. Esto pareció quitar al signo su virtud, porque el diablo, componiendo el nudo de su corbata, dijo con toda calma: 
-Aquí, en la cartera, llevo un documento que... 
Yo estaba perplejo. Volvía a ver a Paulina de pie en el umbral de la casa, con su traje gracioso y desteñido, en la actitud en que se hallaba cuando salí: el rostro inclinado y sonriente, las manos ocultas en los pequeños bolsillos de su delantal. Pensé que nuestra fortuna estaba en mis manos. Esta noche apenas si teníamos algo para comer. Mañana habría manjares sobre la mesa. Y también vestidos y joyas, y una casa grande y hermosa. ¿El alma? 
Mientras me hallaba sumido en tales pensamientos, el diablo había sacado un pliego crujiente y en una de sus manos brillaba una aguja. 
"Daría cualquier cosa porque nada te faltara." Esto lo había dicho yo muchas veces a mi mujer. Cualquier cosa. ¿El alma? Ahora estaba frente a mí el que podía hacer efectivas mis palabras. Pero yo seguía meditando. Dudaba. Sentía una especie de vértigo. Bruscamente, me decidí: 
-Trato hecho. Sólo pongo una condición. 
El diablo, que ya trataba de pinchar mi brazo con su aguja, pareció desconcertado: 
-¿Qué condición? 
-Me gustaría ver el final de la película -contesté. 
-¡Pero qué le importa a usted lo que ocurra a ese imbécil de Daniel Brown! Además, eso es un cuento. Déjelo usted y firme, el documento está en regla, sólo hace falta su firma, aquí sobre esta raya. 
La voz del diablo era insinuante, ladina, como un sonido de monedas de oro. Añadió: 
-Si usted gusta, puedo hacerle ahora mismo un anticipo. 
Parecía un comerciante astuto. Yo repuse con energía: 
-Necesito ver el final de la película. Después firmaré. 
-¿Me da usted su palabra? 
-Sí. 
Entramos de nuevo en el salón. Yo no veía en absoluto, pero mi guía supo hallar fácilmente dos asientos. 
En la pantalla, es decir, en la vida de Daniel Brown, se había operado un cambio sorprendente, debido a no sé qué misteriosas circunstancias. 
Una casa campesina, destartalada y pobre. La mujer de Brown estaba junto al fuego, preparando la comida. Era el crepúsculo y Daniel volvía del campo con la azada al hombro. Sudoroso, fatigado, con su burdo traje lleno de polvo, parecía, sin embargo, dichoso. 
Apoyado en la azada, permaneció junto a la puerta. Su mujer se le acercó, sonriendo. Los dos contemplaron el día que se acababa dulcemente, prometiendo la paz y el descanso de la noche. Daniel miró con ternura a su esposa, y recorriendo luego con los ojos la limpia pobreza de la casa, preguntó: 
-Pero, ¿no echas tú de menos nuestra pasada riqueza? ¿Es que no te hacen falta todas las cosas que teníamos? 
La mujer respondió lentamente: 
-Tu alma vale más que todo eso, Daniel... 
El rostro del campesino se fue iluminando, su sonrisa parecía extenderse, llenar toda la casa, salir del paisaje. Una música surgió de esa sonrisa y parecía disolver poco a poco las imágenes. Entonces, de la casa dichosa y pobre de Daniel Brown brotaron tres letras blancas que fueron creciendo, creciendo, hasta llenar toda la pantalla. 
Sin saber cómo, me hallé de pronto en medio del tumulto que salía de la sala, empujando, atropellando, abriéndome paso con violencia. Alguien me cogió de un brazo y trató de sujetarme. Con gran energía me solté, y pronto salí a la calle. 
Era de noche. Me puse a caminar de prisa, cada vez más de prisa, hasta que acabé por echar a correr. No volví la cabeza ni me detuve hasta que llegué a mi casa. Entré lo más tranquilamente que pude y cerré la puerta con cuidado. 
Paulina me esperaba. 
Echándome los brazos al cuello, me dijo: 
-Pareces agitado. 
-No, nada, es que... 
-¿No te ha gustado la película? 
-Sí, pero... 
Yo me hallaba turbado. Me llevé las manos a los ojos. Paulina se quedó mirándome, y luego, sin poderse contener, comenzó a reír, a reír alegremente de mí, que deslumbrado y confuso me había quedado sin saber qué decir. En medio de su risa, exclamó con festivo reproche: 
-¿Es posible que te hayas dormido? 
Estas palabras me tranquilizaron. Me señalaron un rumbo. Como avergonzado, contesté: 
-Es verdad, me he dormido. 
Y luego, en son de disculpa, añadí: 
-Tuve un sueño, y voy a contártelo. 
Cuando acabé mi relato, Paulina me dijo que era la mejor película que yo podía haberle contado. Parecía contenta y se rió mucho. 
Sin embargo, cuando yo me acostaba, pude ver cómo ella, sigilosamente, trazaba con un poco de ceniza la señal de la cruz sobre el umbral de nuestra casa.

martes, 29 de noviembre de 2016

El disparo de Alexander Pushkin


Nuestro regimiento se encontraba en la pequeña localidad de X. De sobra es conocida la vida del oficial. Por la mañana, instrucción y montar a caballo; almuerzo en casa del coronel o en la taberna de algún judío; por la noche, el ponche y las cartas. En X no había ni una sola reunión de quiena sociedad, ni una sola muchacha casadera; nos juntábamos los unos en casas de los otros y no veíamos nada más que nuestros propios uniformes.
De todos nosotros sólo había uno que no era militar. Tenía unos treinta y cinco años, por lo que lo considerábamos ya viejo. La experiencia le daba una gran superioridad sobre nosotros; por otra parte, su carácter siempre sombrío, sus bruscos modales y su mala lengua ejercían gran influencia en nuestras mentes jóvenes. Cierto misterio lo rodeaba; parecía ruso, pero su nombre era extranjero. En otro tiempo había servido en húsares e incluso con fortuna, pero nadie conocía los motivos que lo indujeron a pedir el retiro y a recluirse en aquella mísera localidad, donde llevaba, a la vez, una vida pobre y de despilfarro: siempre iba a pie, vestía una raída levita negra, pero su mesa estaba siempre puesta para todos los oficiales de nuestro regimiento. Cierto es que sus comidas se componían solamente de dos o tres platos que preparaba un soldado retirado del servicio, pero champagne corría allí chorros. Nadie sabía nada de sus bienes ni de sus rentas y nadie se atrevía a preguntarle nada a ese respecto. Tenía libros, en su mayor parte militares y novelas. Los prestaba de buen grado y no los reclamaba nunca; por su parte, jamás devolvía a su dueño el libro que hubiera pedido. Su ejercicio favorito consistía en el tiro con pistola. Las paredes de su aposento, desconchadas por las balas, estaban tan llenas de agujeros que parecían panales. Una valiosa colección de pistolas era el único lujo de la humilde casita en que vivía. La habilidad que había alcanzado en el tiro era extraordinaria, y si hubiese querido tomar como blanco una pera colocada sobre la cabeza de alguno de nosotros, nadie en el regimiento habría dudado en ofrecer la suya. Nuestras conversaciones giraban con frecuencia en torno a los duelos. Silvio (lo llamaré así) nunca tomaba parte de ellas. Cuando se le preguntaba si se había batido alguna vez, respondía secamente que sí, pero no entraba en detalles y era evidente que estas preguntas le desagradaban. Suponíamos que sobre su cabeza debía pesar alguna víctima de su terrible destreza. Jamás se nos habría ocurrido sospechar en él nada semejante a la timidez. Hay hombres cuyo aspecto disipa tales sospechas. Un suceso casual nos dejó estupefactos.
En cierta ocasión comíamos alrededor de diez oficiales en casa de Silvio. Bebimos como de costumbre, es decir, muchísimo; después de la comida insistimos cerca del anfitrión para que jugáramos a las cartas y él fuese el banquero. Se resistió largo rato, porque no jugaba nunca; al fin, dio orden de que trajeran naipes, arrojó sobre la mesa medio centenar de billetes de diez rublos y se dispuso a cortar. Nosotros lo rodeamos y empezó el juego. Silvio tenía la costumbre de guardar un silencio absoluto mientras jugaba; jamás discutía ni daba explicaciones. Si alguien se equivocaba en la cuenta, él inmediatamente abonaba el resto o anotaba lo que sobraba. Nosotros conocíamos su costumbre y lo dejábamos hacer. Pero aquella vez estaba entre nosotros un oficial trasladado hacía poco a nuestro regimiento. Pues bien, este oficial, en un momento de distracción, se apuntó un punto de más. Silvio tomó la tiza y rectificó el error, según tenía por costumbre., El oficial, creyendo que Silvio se había equivocado, comenzó a dar explicaciones. Silvio siguió contando en silencio. El oficial, perdida la paciencia, tomó el cepillo y borró lo que parecía haber sido anotado sin motivo. Silvio tomó la tiza y restableció la cifra. Endurecido por el vino, el juego y la risa de sus compañeros, el oficial se consideró terriblemente agraviado, y blandiendo con furia un candelabro de cobre que había sobre la mesa, lo arrojó contra Silvio, que apenas si pudo esquivar el golpe. Nosotros quedamos sobrecogidos, Silvio se levantó, pálido de cólera, y con los ojos echando chispas, dijo:
-Caballero, tenga la bondad de salir, y dé gracias a Dios que esto ha ocurrido en mi casa.
No poníamos en duda las consecuencias del incidente y dábamos por muerto a nuestro nuevo camarada. El oficial abandonó la casa, no sin antes decir que estaba dispuesto a responder de la ofensa como le pareciese al señor banquero. El juego se prolongó unos minutos, mas se veía que el anfitrión no estaba para cartas, por lo que nos levantamos uno a uno y nos marchamos a nuestras casas, haciendo comentarios acerca de la próxima vacante.
Al otro día nos preguntamos en el picadero si aún estaría vivo el pobre teniente, cuando se presentó él mismo y le hicimos esa pregunta. Nos contestó que hasta entonces no había tenido noticia alguna de Silvio. Aquello nos sorprendió. Nos acercamos a casa de Silvio y lo encontramos en el patio, entreteniendo en meter bala sobre bala en el as de una baraja pegada a la puerta. Nos recibió como de costumbre, sin referirse para nada al incidente del día anterior. Pasaron tres días y el teniente seguía vivo. Nosotros nos preguntábamos, sorprendidos, si sería posible que Silvio no llegara a batirse. Silvio no se batió. Se conformó con una explicación muy somera e hicieron las paces.
Aquello lo perjudicó extraordinariamente en la opinión de los jóvenes. La falta de valor es lo que menos perdona la gente joven, que suele ver en el coraje la cumbre de las virtudes humanas y la justificación de toda clase de vicios. Mas todo se fue olvidando poco a poco, y Silvio recuperó su antigua influencia. 
Yo era el único que ya no podía acercarme a él. Dotado de una romántica imaginación, había cobrado por aquel hombre más afecto que ningún otro; su vida era un enigma y lo imaginaba como un héroe de alguna novela misteriosa. Él me estimaba: al menos, sólo conmigo se olvidaba de su habitual lengua envenenada y hablaba de las cosas con sencillez y amenidad extraordinarias. Poco después de aquella desgraciada noche, la idea de que su honor había quedado en duda y la ofensa no había sido lavada por su propia voluntad, me producía vergüenza y rehuía mirarlo a la cara. Silvio era demasiado inteligente y poseía demasiada experiencia para no verlo y no adivinar la causa. Mi actitud parecía apenarlo; por lo menos advertí un par de veces el deseo de buscar una explicación conmigo, pero yo lo esquivé y Silvio se alejó de mí. A partir de entonces no lo veía más en presencia de otros camaradas, y ya no volvimos a nuestras sinceras conversaciones de antes.
Los ociosos habitantes de la capital no tienen la menor idea de las muchas distracciones que llenan la vida de los habitantes de las aldeas o de las pequeñas ciudades; una de ellas es, por ejemplo, el día de correo. Los martes y los viernes las oficinas de nuestro regimiento estaban llenas de oficiales; unos esperaban dinero, otros cartas, otros periódicos. Las cartas eran abiertas allí mismo, los oficiales se comunicaban unos a otros las noticias y las oficinas ofrecían un animadísimo aspecto. Silvio recibía la correspondencia dirigida a la dirección del regimiento y, por lo general, era uno de los que se hallaban presentes. Cierto día le entregaron un pliego, del que rompió los sellos con extraordinaria impaciencia. Al recorrer la carta sus ojos centelleaban. Los oficiales, ocupados cada uno con sus propias misivas, no advirtieron nada.
-Señores –les dijo Silvio-, las circunstancias exigen mi marcha inmediata. Parto esta misma noche. Espero que no me negarán el honor de cenar conmigo por última vez. Lo espero también a usted –añadió volviéndose hacia mí-, lo espero sin falta.
Dicho esto, salió rápidamente, y nosotros, después de convenir que nos reuniríamos en casa de Silvio, nos fuimos cada uno por nuestro lado.
Llegué a casa de Silvio a la hora fijada y encontré allí a casi todos los oficiales del regimiento. El equipaje estaba ya hecho, no quedaban más que las paredes desnudas y agujereadas por las balas. El anfitrión estaba de un humor excelente y su alegría no tardó en comunicarse a todos; los tapones de las botellas saltaban continuamente y nosotros deseamos a Silvio de todo corazón un buen viaje y toda suerte de venturas. Nos levantamos de la mesa cuando ya la noche estaba avanzada. En el momento en que cada uno buscaba su gorra, Silvio, que se despedía de todos, me tomó del brazo y me detuvo en el instante mismo en que me disponía a salir.
-Necesito hablar con usted –me dijo en voz baja.
Yo me quedé.
Los invitados se aviando; estábamos solos. Sentados uno frente al otro, encendimos en silencio nuestras pipas. Silvio parecía preocupado; no quedaban huellas de su turbulenta alegría. Su sombría palidez, sus ojos resplandecientes y el espeso humo que salía de su boca le daban un aspecto verdaderamente diabólico. Pasaron unos instantes y Silvio rompió el silencio:
-Quizás no nos volvamos a ver –me dijo-; pero antes de marcharme quisiera darle una explicación. Usted habrá podido observas que me preocupo poco de la opinión ajena, pero lo estimo y me sería muy penoso que guarde de mí una opinión equivocada.
Se detuvo y comenzó a cargar de nuevo su pipa; yo callaba, con la vista baja.
-A usted le pareció extraño –continuó- que no pidiera explicaciones a ese borracho y cabeza rota de R. Convendrá conmigo que, teniendo yo derecho a elegir el arma, su vida estaba en mis manos; en cambio la mía estaba casi segura. Podría yo atribuir tal moderación a un espíritu magnánimo, pero no quiero mentir. Si hubiera podido castigar a R. sin exponer en absoluto mi vida, no lo habría perdonado por nada del mundo.
Miré asombrado a Silvio. Tal confesión me había dejado estupefacto. Él prosiguió:
-Como le digo: no tengo derecho a exponer mi vida. Hace seis años recibí una bofetada y mi enemigo vive aún.
Mi curiosidad se hallaba sumamente excitada.
¿No se batió usted con él? –pregunté-. ¿Tal vez las circunstancias los separaron?
-Me batí –respondió Silvio-, y he aquí el recuerdo de nuestro duelo.
Se levantó, sacó de una caja de cartón un gorro rojo con galones y una borla dorada (lo que los franceses llaman bonnet de police) y se lo puso. El gorro presentaba un orificio de bala una pulgada más arriba de su frente.
-Usted sabe –continuó Silvio– que serví en el regimiento de húsares de X. Ya conoce mi carácter: estoy acostumbrado a ser el primero en todo, pero de joven esto era en mí una verdadera pasión. En aquellos tiempos estaban de moda los escándalos: yo era el primer juerguista del regimiento. Nos enorgullecíamos de nuestras borracheras. Le gané en beber al famoso Burtsov, cantado por Denis Davidov. En nuestro regimiento había duelos a cada instante: en todos era yo testigo o actor. Mis compañeros me adoraban, y los jefes del regimiento, que cambiaban sin cesar, veían en mí un mal necesario.
“Yo gozaba tranquilamente (o más bien intranquilamente) de mi fama cuando llegó al regimiento un joven de una familia noble y rica (no quiero decir su nombre). ¡Jamás he encontrado a un hombre tan afortunado y tan brillante! Imagínese usted: juventud, inteligencia, belleza, la alegría más desbordante, la valentía más despreocupada, un nombre conocido, dinero que gastaba a manos llenas y que no se agotaba nunca, y comprenderá la impresión que produjo entre nosotros.
“Mi supremacía estaba en peligro. Seducido por mi fama, trató de buscar mi amistad, pero yo lo recibí fríamente y él se apartó de mí sin sentirlo en lo más mínimo. Llegué a odiarlo. Sus éxitos en el regimiento y entre las mujeres me desesperaban. Comencé a buscar pendencia con él. A mis burlas contestaba con burlas que siempre me parecían más inesperadas e ingeniosas que las mías y que eran, indudablemente, mucho más alegres: él bromeaba y yo estaba rabioso. Por fin, en un baile en casa de un noble polaco, al verlo objeto de la atención de todas las damas, y en particular de la anfitriona, con quien yo mantenía relaciones, le dije al oído un insulto soez. Él no pudo contenerse y me dio una bofetada. Echamos mano a los sables, mientras las damas se desmayaban; nos separaron y aquella misma madrugada fuimos a batirnos.
“Era el amanecer. Yo estaba en el lugar convenido con mis tres padrinos y esperaba la llegada de mi adversario, desasosegado por una inexplicable impaciencia. El sol primaveral había salido y empezaba a sentirse calor. Lo vi desde lejos. Venía a pie, con la chaqueta del uniforme colgada del sable, en compañía de un solo padrino. Se acercaba con su gorra llena de cerezas. Los padrinos midieron doce pasos. Me correspondía tirar primero, pero la rabia que sentía me producía una emoción tan intensa que, desconfiando de mi buen pulso, y para tener tiempo de calmarme, le cedí el primer disparo. Mi adversario no aceptó. Decidimos echarlo a la suerte: él, siempre favorito de la fortuna, sacó el primer número. Apuntó y me atravesó el gorro. Me tocaba a mí. Lo miré ávidamente, tratando de captar aunque fuera una sombra de inquietud. Estaba a merced de mi pistola, eligiendo las cerezas maduras y escupiendo los carozos, que llegaban hasta mí. Su indiferencia me hizo perder la razón. “¿Qué gano, pensé, quitándole la vida si él no la tiene en el menor aprecio?” Una idea malvada pasó por mi mente. Bajé mi pistola.
“-Parece que no se ha hecho el ánimo de encontrarse con la muerte –le dije-, no quiero interrumpir su desayuno.
“-No me molesta en absoluto –replicó él-. Puede disparar si gusta, aunque puede hacer lo que mejor le parezca. Le debo el disparo, siempre estaré a su disposición.
“Me volví hacia los padrinos, diciéndoles que en aquel momento no tenía intención de disparar, y así terminó nuestro duelo.
“Pedí el retiro y me vine a este lugarejo. Desde entonces no ha transcurrido un solo día sin que recordara la venganza. Hoy me ha llegado la hora…
Sacó del bolsillo la carta que había recibido a la mañana y me la dio a leer. Alguien (el encargado de sus asuntos, al parecer) le escribía desde Moscú que cierta persona debía contraer matrimonio en breve con una joven y hermosa muchacha.
-Usted adivinará –dijo Silvio- quién es esa cierta persona. Voy a Moscú. ¡Veremos si en las vísperas de su boda acoge la muerte con tanta indiferencia como la acogió aquel día comiendo cerezas!
Dicho esto, se puso de pie, tiró el gorro al suelo y empezó a recorrer la habitación de un extremo a otro, como un tigre en su jaula. Yo lo había escuchado inmóvil; sentimientos extraños y contradictorios embargaban todo mi ser.
Entró el criado y anunció que el coche estaba dispuesto. Silvio me estrechó con fuerza la mano y nos dimos un abrazo. Subió al carricoche, donde habían sido cargadas dos maletas, una con las pistolas y la otra con sus efectos personales. Nos despedimos una vez más y los caballos partieron al galope.

II
Pasaron varios años. Circunstancias familiares me obligaron a instalarme en una pobre aldea del distrito de N. Debía atender los asuntos de la finca, aunque no dejaba de suspirar calladamente el recuerdo de mi antigua vida despreocupada y bulliciosa. Lo más difícil era, para mí, las veladas de otoño e invierno, que pasaba en la soledad más absoluta. Hasta la hora de la comida, mataba mal o bien el tiempo con el stárosta, vigilando los trabajos o recorriendo las nuevas dependencias; pero en cuanto la tarde declinaba, ya no sabía qué hacer. Los pocos libros que había encontrado en el fondo de los armarios y en la despensa, me los conocía de memoria. Kirilovna, el ama de llaves, me había repetido todos los cuentos que podía recordar; las canciones de las mujeres me producían tedio. Comencé a beber el dulce licor, pero me causaba dolor de cabeza; y además, lo confieso, tenía miedo de convertirme en un “borracho para olvidar penas”, es decir, el borracho más empedernido entre los que abundan en nuestro distrito. No tenía vecinos cercanos, a excepción de dos o tres de esos empedernidos, cuya conversación se reducía simplemente a hipos y suspiros. La soledad era más soportable.
A cuatro verstas de mi casa se extendía una rica finca perteneciente ala condesa de B., pero únicamente el administrador la habitaba. La condesa sólo la había visitado una vez, el primer año de casada, y únicamente había vivido un mes en ella. Pero un día, en la segunda primavera de mi vida de anacoreta, se corrió el rumor de que la condesa iba con su marido a pasar el verano en la aldea. Y en efecto, llegaron a primeros de junio.
La llegada de un vecino acaudalado es todo un acontecimiento para quienes viven en el campo. Los propietarios y su servidumbre comienzan a hablar de ellos dos meses antes y siguen hablando tres años después. En lo que a mí respecta, lo confieso, la noticia de la llegada de una vecina joven y hermosa me causó fuerte impresión; ardía en deseos y de verla, y así, el primer domingo siguiente a su llegada, me dirigí después de comer a la aldea de X. a fin de presentar mis respetos a sus señorías como vecino más cercano y seguro servidor.
Un criado me hizo pasar al despacho del conde y salió para anunciar mi llegada. La espaciosa habitación estaba adornada con todo el lujo imaginable; a lo largo de las paredes se alineaban bibliotecas llenas de libros y, sobre cada una, un busto de bronce; encima de la chimenea de mármol se veía un ancho espejo; el piso estaba tapizado de paño verde y cubierto de alfombras. Perdido el hábito del lujo en mi pobre casa y después de no haber visto durante tanto tiempo la riqueza ajena, me intimidé; esperaba al conde con cierto nerviosismo, al igual que un solicitante provinciano aguarda la salida de un ministro.
Se abrió la puerta y apareció un hombre como de treinta y dos años, de muy buena presencia. El conde se acercó a mí con gesto franco y amistoso; yo traté de recobrarme y empecé a presentarme ceremoniosamente, pero él no me permitió seguir en ese tono. Tomamos asiento. Su conversación, espontánea y afable, no tardó en disipar mi timidez, nacida en aquel rincón perdido. Comenzaba ya a sentirme a mis anchas, cuando entró la condesa y la turbación se apoderó de mí con más intensidad que antes. En efecto, era de una gran belleza. El conde me presentó. Quise parecer desenvuelto; pero por más esfuerzos que hiciera por mostrarme sencillo, más torpe me sentía. Ellos, a fin de darme tiempo a sosegarme y habituarme a mis nuevos conocidos, comenzaron a hablar entre sí, tratándome sin cumplidos, como a un buen vecino. Mientras tanto, yo recorría la estancia, examinando libros y cuadros. Aunque no soy entendido en pintura, un lienzo llamó mi atención. Representaba un paisaje de Suiza, pero lo que me maravilló no fue la pintura, sino que el cuadro estuviese atravesado por dos balas, que habían sido disparadas una sobre la otra.
-Buen disparo –dije volviéndome hacia el conde.
-Sí –comentó él-, un disparo excelente. Y usted, ¿tira bien?
-No lo hago mal –contesté, satisfecho de que la conversación por fin tocara un tema que me era familiar-. A treinta pasos y tomando como blanco un naipe, no fallaría, aunque se entiende que con pistolas conocidas.
-¿De veras? –preguntó la condesa con muestra de gran interés-. Y tú, amigo mío, ¿acertarías a un naipe a treinta pasos de distancia?
-Deberíamos probar algún día contestó el conde-. En mis tiempos no tiraba mal, pero hace cuatro años que no tengo una pistola en la mano.
-En tal caso –observé- le aseguro que no acertaría a un naipe ni siquiera a veinte pasos: la pistola exige un ejercicio diario. Lo sé por experiencia. En mi regimiento, yo era uno de los mejores tiradores. En cierta ocasión estuve un mes sin tocar una pistola porque mis armas estaban en reparación. ¿Y sabe lo que ocurrió? El primer día que disparé, fallé cuatro veces seguidas tirándole a una botella a veinticinco pasos. Estaba presente un capitán, un hombre bromista y gracioso, que me dijo: “Se ve, hermano, que la mano no te llega a la botella”. No, excelencia, no debe descuidar este ejercicio si no quiere perder la puntería por completo. El mejor tirador que he conocido disparaba por lo menos tres veces antes de comer. Para él, esto era como tomarse una copa de vodka.
El conde y la condesa parecían satisfechos de que yo hubiera roto mi silencio.
-¿Y qué tal tirador era? –me preguntó el conde.
-verá, excelencia, si veía una mosca en la pared (¿se ríe, condesa?; palabra de honor que es verdad), si veía posarse una mosca, gritaba: “¡Kuzka, la pistola!”, y Kuzka le traía la pistola cargada. Disparaba y dejaba la mosca aplastada en la pared.
-Es extraordinario –comentó el conde-. ¿Cómo se llamaba?
-Silvio, excelencia.
-¡Silvio! –exclamó el conde, poniéndose de pie de un salto-. ¿Usted conoció a Silvio?
-Claro que sí, excelencia. Fuimos amigos. Lo habíamos recibido en nuestro regimiento como a un hermano, pero hará cosa de cinco años que no tengo la menor noticia de él. ¿Lo conoció también su excelencia?
-Lo he conocido, vaya si lo he conocido. ¿No le refirió un caso muy curioso?
-¿Se refiere, excelencia, a la bofetada que un tipo pendenciero le dio a Silvio en un baile?
-¿Le dijo a usted el nombre de ese pendenciero?
-.No, excelencia, no me lo dijo… ¡Ah! –proseguí, empezando a adivinar la verdad-. Perdóneme… No podía suponer… ¿Será usted…?
-Soy yo mismo –contestó el conde, presa de gran emoción-. Y el cuadro agujereado es un recuerdo de nuestro último encuentro.
-Por favor, querido –suplicó la condesa-, no lo cuentes, me va a dar miedo oírlo.
-No –replicó el conde-, lo contaré todo. Él conoce la ofensa que infligí a su amigo; que conozca también la manera como Silvio se vengó.
El conde me acercó un sillón y yo escuché con el más vivo interés el siguiente relato.
“Una tarde paseábamos a caballo mi esposa y yo; su yegua se puso terca, mi esposa se asustó, me entregó las bridas y decidió volver caminando a casa. Yo me adelanté. En el patio vi un carricoche; me anunciaron que en mi despacho me esperaba un hombre. No había querido decir su nombre, se había limitado a explicar que tenía un asunto pendiente conmigo. Entré en esa misma pieza y distinguí en la oscuridad a un hombre cubierto de polvo y con la barba crecida; estaba aquí, junto a la chimenea. Me acerqué, tratando de recordar sus facciones.
“-¿Me conoces, conde? –preguntó con vos temblorosa.
“-¡Silvio! –exclamé y, lo confieso, sentí que los cabellos se me erizaban
“-En efecto –prosiguió él-. Me debes un disparo. He venido a disparar mi pistola. ¿Estás dispuesto?
“El arma le asomaba por el bolsillo de la levita. Medí doce pasos y me coloqué en aquel rincón, pidiéndole que disparase en seguida, antes de que mi esposa volviera. No mostraba prisa, pidió luz. Trajeron unas velas. Cerré la puerta, con la orden de que no entrara nadie, y le pedí una vez más que disparase.
“Sacó la pistola y apuntó… Yo contaba los segundos… pensaba en ella… ¡Fue un minuto terrible! Silvio bajó la mano.
“-Lamento –dijo- que mi pistola no esté cargada con carozos de cereza… una bala pesa mucho. Me sigue pareciendo que esto no es un duelo, sino un asesinato: no tengo la costumbre de apuntar a una persona desarmada. Comencemos de nuevo. Echemos suertes para ver a quién corresponde disparar primero.
“La cabeza me daba vueltas… Creo que me resistí a aceptar… Finalmente, cargamos otra pistola; doblamos dos papelitos; él los metió en el mismo gorro que yo había agujereado de un tiro; de nuevo saqué el primer número.
“-Eres envidiablemente afortunado., conde –dijo con una sonrisa que no olvidaré jamás.
“No recuerdo lo que me ocurrió después y cómo pudo obligarme a ello… pero disparé y di en ese cuadro. 
El conde señaló el cuadro agujereado; su rostro le ardía como si fuera de fuego; el de la condesa estaba más blanco que su pañuelo; se me escapó una exclamación.
“-Disparé –continuó el conde-, y, gracias a Dios, fallé. Entonces Silvio 8en aquel instante estaba verdaderamente horroroso), Silvio empezó a apuntar sobre mí. De pronto se abrió la puerta, entró Masha se precipitó hacia y me abrazó lanzando un grito. Su presencia me devolvió la serenidad.
“-Querida –le dije-, ¿no ves que se trata de una broma? ¡Cómo te has asustado! Anda, bebe un vaso de agua y luego ven con nosotros. Te presentaré a un viejo amigo y camarada.
“Masha se resistían a creerme.
“-¿Es verdad lo que dice mi marido? – preguntó al terrible Silvio-. ¿Es verdad que se trata de una broma?
“-Él siempre está de broma, condesa –le contestó Silvio-. En una ocasión me dio en broma una bofetada; en broma, atravesó de un balazo este gorro; en broma, ha disparado contra mí y acaba de fallar. Ahora soy yo el que tiene ganas de bromas…
“Después de estas palabras, quiso apuntar sobre mí… ¡en presencia de ella! Masha se arrojó a sus pies.
“-¡Levántate, Masha, es una vergüenza! –grité enfurecido-. Y usted, caballero, ¿tendrá el valor de burlarse de una pobre mujer? ¿Va a disparar o no?
“-No –respondió Silvio-. Ya estoy satisfecho: he visto tu turbación, tu temor. Te he obligado a disparar contra mí y con eso me conformo. Me recordarás. Te dejo con tu conciencia.
“Se disponía a salir, pero antes se detuvo en la puerta, miró el cuadro que yo había agujereado, disparó casi sin apuntar y desapareció. Mi esposa se había desmayado; la servidumbre no se atrevió a cerrarle el paso, mirándolo aterrorizados. Salió al portal, llamó al cochero y se alejó antes de que yo hubiera podido sentarme”.
El conde calló. Así supe el fin de la historia cuyo comienzo tanto me impresionara en otra ocasión. Se dice que Silvio se incorporó a la insurrección de Alejandro Ypsilante, en la que mandaba una sección de la batería, y murió en la batalla de Skuliani.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Mi crimen favorito de Ambrose Bierce

Después de haber asesinado a mi padre en circunstancias singularmente atroces, fui arrestado y enjuiciado en un proceso que duró siete años. Al exhortar al jurado, el juez de la Corte de Absoluciones señaló que el mío era uno de los más espantosos crímenes que había tenido que juzgar.
A lo que mi abogado se levantó y dijo:
-Si Vuestra Señoría me permite, los crímenes son horribles o agradables sólo por comparación. Si conociera usted los detalles del asesinato previo de su tío que cometió mi cliente, advertiría en su último delito (si es que delito puede llamarse) una cierta indulgencia y una filial consideración por los sentimientos de la víctima. La aterradora ferocidad del anterior asesinato era verdaderamente incompatible con cualquier hipótesis que no fuera la de culpabilidad, y de no haber sido por el hecho de que el honorable juez que presidió el juicio era el presidente de la compañía de seguros en la que mi cliente tenía una póliza contra riesgos de ahorcamiento, es difícil estimar cómo podría haber sido decentemente absuelto. Si Su Señoría desea oírlo, para instrucción y guía de la mente de Su Señoría, este infeliz hombre, mi cliente, consentirá en tomarse el trabajo de relatarlo bajo juramento.
El Fiscal del Distrito dijo:
-Me opongo, Su Señoría. Tal declaración podría ser considerada una prueba, y los testimonios del caso han sido cerrados. La declaración del prisionero debió presentarse hace tres años, en la primavera de 1881.
-En sentido estatutario -dijo el juez- tiene razón, y en la Corte de Objeciones y Tecnicismos obtendría un fallo a su favor. Pero no en una Corte de Absoluciones. Objeción denegada.
-Recuso -dijo el Fiscal de distrito.
-No puede hacerlo -contestó el Juez-. Debo recordarle que para hacer una recusación debe lograr primero transferir este caso, por un tiempo, a la Corte de Recusaciones, en una demanda formal, debidamente justificada con declaraciones escritas. Una demanda a ese efecto, hecha por su predecesor en el cargo, le fue denegada por mí durante el primer año de este juicio. Oficial, haga jurar al prisionero.
Habiendo sido administrado el juramento de costumbre, hice la siguiente declaración, que impresionó tanto al juez debido a la comparativa trivialidad del delito por el cual se me juzgaba, que no buscó ya circunstancias atenuantes, sino que, sencillamente, instruyó al jurado para que me absolviera. Así abandoné la corte sin mancha alguna sobre mi reputación.
“Nací en 1856 en Kalamakee, Michigan, de padres honestos y honrados, uno de los cuales el Cielo ha perdonado piadosamente, para consuelo de mis últimos años. En 1867 la familia llegó a Califorma y se estableció cerca de Nigger Head, estableciendo una empresa de salteadores de caminos que prosperó más allá de cualquier sueño de lucro. Mi padre era entonces un hombre reticente y melancólico, y aunque su creciente edad ha relajado un poco su austera disposición, creo que nada, fuera del recuerdo del triste episodio por el que ahora se me juzga, le impide manifestar una genuina hilaridad. “Cuatro años después de haber puesto en servicio nuestra empresa de salteadores, llegó hasta allí un predicador ambulante, que no teniendo otra manera de pagar el alojamiento nocturno que le dimos, nos favoreció con una exhortación de tal fuerza que, alabado sea Dios, nos convertimos todos a la religión. Mi padre mandó llamar inmediatamente a su hermano, el honorable William Ridley, de Stockton, y apenas llegó le entregó el negocio, sin cobrarle nada por la licencia ni por la instalación… esta última consistente en un rifle Winchester, una escopeta de caño recortado y un juego de máscaras fabricados con bolsas de harina. La familia se trasladó entonces a Ghost Rock y abrió una casa de baile. Se le llamó “La Gaita del Descanso de los Santos”, y cada noche la cosa empezaba con una plegaria. Fue aquí donde mi ahora santa madre adquirió el apodo de “La Morsa Galopante”.
“En el otoño del 75 tuve ocasión de visitar Coyote, en el camino a Mahala, y tomé la diligencia en Ghost Rock. Había otros cuatro pasajeros. A unas tres millas más allá de Nigger Head, unas personas que identifiqué como mi tío William y sus dos hijos, detuvieron la diligencia. No encontrando nada en la caja del expreso, registraron a los pasajeros. Actué honorablemente en el asunto, colocándome en fila con los otros, levantando las manos y permitiendo que me despojaran de cuarenta dólares y un reloj de oro. Por mi conducta nadie pudo haber sospechado que conocía a los caballeros que daban la función. Unos días después, cuando fui a Nigger Head y pedí la devolución de mi dinero y mi reloj, mi tío y mis primos juraron que no sabían nada del asunto y afectaron creer que mi padre y yo habíamos hecho el trabajo violando deshonestamente la buena fe comercial. El tío William llegó a amenazar con poner una casa de baile competidora en Ghost Rock. Como “El Descanso de los Santos” se había hecho muy impopular, me di cuenta de que esto sin duda alguna terminaría por arruinarla y se convertiría para ellos en una empresa de éxito, de modo que le dije a mi tío que estaba dispuesto a olvidar el pasado si consentía en incluirme en el proyecto y mantener el secreto de nuestra sociedad ante mi padre. Rechazó esta justa oferta, y entonces advertí que todo sería mejor y más satisfactorio si él estuviera muerto.
“Mis planes para ese fin se vieron pronto perfeccionados y, al comunicárselos a mis amados padres, tuve la satisfacción de recibir su aprobación. Mi padre dijo que estaba orgulloso de mí y mi madre prometió que, aunque su religión le prohibiera ayudar a quitar vidas humanas, tendría yo la ventaja de contar con sus plegarlas para mi éxito. Como medida preliminar con miras a mi seguridad en caso de descubrimiento, presenté una solicitud de socio en esa poderosa orden, los Caballeros del Crimen, y a su debido tiempo fui recibido como miembro de la comandancia de Ghost Rock. Cuando terminó mi noviciado, se me permitió por primera vez inspeccionar los registros de la Orden y saber quién pertenecía a ella, ya que todos los ritos de iniciación se habían llevado a cabo enmascarados. ¡Imaginen mi sorpresa cuando, mirando la nómina de asociados, encontré que el tercer nombre era el de mi tío, que en realidad era vicecanciller adjunto de la Orden! Era ésta una oportunidad que excedía mis sueños más desenfrenados: ¡al asesinato podía agregar la insubordinación y la traición! Era lo que mi buena madre hubiera llamado “un regalo de la Providencia”.
“Por entonces ocurrió algo que hizo que mi copa de júbilo, ya llena, desbordara por todos lados en una cascada de bienaventuranzas. Tres hombres, extranjeros en esa localidad, fueron arrestados por el robo a la diligencia en el que yo había perdido mi dinero y mi reloj. Fueron enjuiciados y, a pesar de mis esfuerzos para absolverlos e imputar la culpa a tres de los más respetables y dignos ciudadanos de Ghost Rock, se los declaró culpables en base a las pruebas más evidentes. El asesinato de mi tío sería ahora tan injustificable e irrazonable como podía desearse.
“Una mañana me puse el Winchester al hombro y, yendo a casa de mi tío, cerca de Nigger Head, le pregunté a mi tía Mary, su esposa, si estaba él en casa, agregando que había venido a matarlo. Mi tía replicó, con su peculiar sonrisa, que tantos caballeros lo visitaban con esa intención y que después se iban sin haberlo logrado, que yo debía disculparla por dudar de mi buena fe en el asunto. Dijo que yo no daba la impresión de ir a matar a nadie, así que, como prueba de buena fe, levanté mi rifle y herí a un chino que pasaba frente a la casa. Ella dijo que conocía familias enteras que podían hacer cosas semejantes, pero que Bill Ridley era caballo de otro pelo. Dijo, sin embargo, que lo encontraría al otro lado del estero, en el solar de las ovejas, y agregó que esperaba que ganara el mejor.
“Mi tía Mary era una de las mujeres más imparciales que he conocido.
“Encontré a mi tío arrodillado, esquilando una oveja. Viendo que no tenía a mano rifle ni pistola no tuve ánimo para disparar, así que me acerqué, lo saludé amablemente y le di un buen golpe en la cabeza con la culata del rifle. Tengo buena mano y el tío William cayó sobre un costado, se dio vuelta sobre la espalda, abrió los dedos y tembló. Antes de que pudiera recobrar el uso de sus miembros, cogí el cuchillo que él había estado usando y le corté los tendones. Ustedes saben, sin duda, que cuando se cortan los tendones de Aquiles el paciente pierde el uso de su pierna; es exactamente igual que si no tuviera pierna. Bien, le seccioné los dos y cuando revivió estaba a mi disposición. Tan pronto como comprendió la situación, dijo:
“-Samuel, has conseguido vencerme y puedes permitirte ser generoso. Sólo quiero pedirte una cosa, y es que me lleves a mi casa y me liquides en el seno de mi familia.
“Le dije que consideraba éste un pedido perfectamente razonable y que así lo haría si me permitía meterlo en una bolsa de trigo; sería más fácil llevarlo de esa manera y si los vecinos nos vieran en camino provocaría menos comentarios. Estuvo de acuerdo y yendo al granero traje una bolsa. Esta, sin embargo, no le iba bien; era muy corta y mucho más ancha que él, así que le doblé las piernas, le forcé las rodillas contra el pecho y así lo metí, atando la bolsa sobre su cabeza. Era un hombre pesado e hice todo lo posible por ponérmelo a la espalda, pero anduve a los tumbos un trecho hasta que llegué a una hamaca que algunos chicos habían colgado de la rama de un roble. Aquí lo deposité en el suelo y me senté sobre él a descansar; y la vista de la soga me proporcionó una feliz inspiración. A los veinte minutos, mi tío, siempre en la bolsa, se hamacaba libremente en alas del viento.
“Yo había descolgado la soga y atado un extremo en la boca de la bolsa, pasando el otro por la pierna, levantándolo a unos cinco pies del suelo. Atando el otro extremo de la soga también alrededor de la boca de la bolsa, tuve la satisfacción de ver a mi tío convertido en un hermoso y gran péndulo. Debo agregar que él no estaba totalmente al tanto de la naturaleza del cambio que había experimentado en relación con el mundo exterior, aunque en justicia al recuerdo del buen hombre, debo decir que no creo que en ningún caso hubiera dedicado demasiado tiempo a un vano agradecimiento.
“El tío William tenía un carnero que era famoso como luchador en toda la región. Vivía en estado de indignación constitucional crónica. Algún profundo desengaño de su vida anterior le había agriado el carácter y había declarado la guerra al mundo entero. Decir que embestía cualquier cosa accesible es expresar muy levemente la naturaleza y alcance de su actividad militar: el universo era su rival, sus métodos los de un proyectil. Luchaba como los ángeles con los demonios: en medio del aire, hendiendo la atmósfera como un pájaro, describiendo una curva parabólica y descendiendo sobre su víctima en el ángulo justo de incidencia que más rendía a su velocidad y su peso. Su impulso, calculado en toneladas cúbicas, era algo increíble. Se le había visto destrozar un toro de cuatro años con un solo golpe dado en la nudosa frente del animal. No se conocía cerco de piedra que resistiera la fuerza de su golpe descendente; no había árboles bastante pesados para aguantarlo: los convertía en astillas y profanaba en la oscuridad el honor de sus hojas. Este bruto irascible e implacable, este trueno encarnado, este monstruo de los abismos, había visto yo que descansaba a la sombra de un árbol adyacente, sumido en sueños de conquistas y de gloria. Con miras de atraerlo al campo del honor, suspendí a su amo de la manera descrita.
“Completados los preparativos, impartí al péndulo de mi tío una suave oscilación y, retirándome a cubierto de una piedra contigua, lancé un largo grito estridente cuya nota final decreciente se ahogaba en un ruido como el de un gato protestando, ruido que emanaba de la bolsa. Instantáneamente el formidable lanar se paró sobre sus patas y comprendió la situación militar de un vistazo. En pocos minutos más se había acercado piafando hasta unos cincuenta metros de distancia del oscilante enemigo, que, ora avanzando, ora retirándose, parecía invitarlo a la riña. De pronto vi la cabeza de la bestia inclinada hacia tierra como abatida por el peso de sus enormes cuernos; luego el carnero se prolongó en una franja confusa y blanca directamente dirigida desde ese lugar, horizontalmente en dirección a un punto situado a unos cuatro metros por debajo del enemigo. Allí golpeó vivamente hacia arriba y, antes de que se hubiera borrado de mi mirada el lugar de donde había arrancado, oí un terrible porrazo y un grito desgarrador, y mi pobre tío fue disparado hacia adelante con un cabo suelto más alto que el miembro al que estaba atado. Aquí la soga se puso tensa de un tirón, deteniendo su vuelo, y fue enviado atrás otra vez, describiendo, sin resuelto, una curva de arco. El carnero se había caído -un indescriptible montón de patas, lanas y cuernos-, pero rehaciéndose y esquivando el vaivén descendente de su antagonista, se retiró sin orden ni concierto, sacudiendo alternativamente la cabeza o pateando con sus patas traseras. Cuando había retrocedido a más o menos la misma distancia que la que había usado para asestar el golpe, se detuvo nuevamente, inclinó la cabeza como en una plegaria por la victoria y otra vez salió disparado hacia adelante, confusamente visible como antes, un prolongado rayo blanquecino, con monstruosas ondulaciones y terminado en un vivo ascenso. Esta vez el curso del ataque dio en el ángulo exacto, comparado con el primero, y la impaciencia del animal era tan grande que golpeó al enemigo antes de que éste llegara al punto más bajo del arco. En consecuencia, mi tío empezó a volar dando círculos horizontales de un radio igual a la mitad de la longitud de la soga, que he olvidado decirlo, era de unos seis metros de largo. Sus alaridos, crescendo al ir hacia adelante y diminuendo al retroceder, hacían que la rapidez de sus revoluciones fuera más evidente para el oído que para la vista. Era obvio que aún no había recibido ningún golpe vital. La postura que tenía dentro de la bolsa y la distancia del suelo a que estaba colgado, obligaban al carnero a dedicarse a sus extremidades inferiores y al final de su espalda. Como una planta cuyas raíces han encontrado un mineral venenoso, mi pobre tío se iba muriendo lentamente hacia arriba.
“Después de asestar el segundo golpe, el carnero no había vuelto a retirarse. La fiebre de la batalla ardía fogosamente en el corazón del animal, su cerebro estaba ebrio del vino de la contienda. Como un púgil que en su ira olvida sus habilidades y pelea sin efectividad a distancia de medio brazo, la bestia enfurecida se empeñaba por alcanzar su volante enemigo cuando pasaba sobre ella, con torpes saltos verticales, consiguiendo a veces, en realidad, golpearlo débilmente, pero las más de las veces caía a causa de una ansiedad mal dirigida. Pero a medida que el ímpetu se fue agotando y los círculos del hombre fueron disminuyendo en tamaño y velocidad, acercándolo más al suelo, esta táctica produjo mejores resultados, produciendo una superior calidad de alaridos que disfruté plenamente.
“De pronto, como si las trompetas hubieran tocado tregua, el carnero suspendió las hostilidades y se marchó, frunciendo y desfrunciendo pensativamente su gran nariz aguileña, arrancando distraídamente un manojo de pasto y masticándolo con lentitud. Parecía cansado de las alarmas de la guerra y resuelto a convertir la espada en reja de arado para cultivar las artes de la paz. Siguió firmemente su camino, apartándose del campo de la fama, hasta que ganó una distancia de cerca de un cuarto de milla. Allí se detuvo, de espaldas al enemigo, rumiando su comida y en apariencia dormido. Observé, sin embargo, un giro ocasional, muy leve de la cabeza, como si su apatía fuera más afectada que real.
“Entretanto los alaridos del tío William habían menguado junto con sus movimientos, y sólo provenían de él lánguidos y largos quejidos, y a grandes intervalos mi nombre, pronunciado en tonos suplicantes, sumamente agradables a mi oído. Evidentemente el hombre no tenía la más leve idea de lo que le estaba ocurriendo y estaba inefablemente aterrorizado. Cuando la Muerte llega envuelta en su capa de misterio es realmente terrible. Poco a poco las oscilaciones de mi tío disminuyeron y finalmente colgó sin movimiento. Fui hacia él, y estaba a punto de darle el golpe de gracia, cuando oí y sentí una sucesión de vivos choques que sacudieron el suelo como una serie de leves terremotos, y, volviéndome en dirección del carnero, ¡vi acercárseme una gran nube de polvo con inconcebible rapidez y alarmante efecto! A una distancia de treinta metros se detuvo en seco y del extremo más cercano ascendió por el aire lo que primero tomé por un gran pájaro blanco. Su ascenso era tan suave, fácil y regular que no pude darme cuenta de su extraordinaria celeridad y me perdí en la admiración de su gracia. Hasta hoy me queda la impresión de que era un movimiento lento, deliberado, como si el carnero -porque tal era el animal- hubiera sido elevado por otros poderes que los de su propio ímpetu y sostenido en las sucesivas etapas de su vuelo con infinita ternura y cuidado. Mis ojos siguieron sus progresos por el aire con inefable placer, mayor aún por contraste, con el terror que me había causado su acercamiento por tierra. Hacia arriba y hacia adelante navegaba, la cabeza casi escondida entre las patas delanteras echadas hacia atrás, y las posteriores estiradas, como una garza que se remonta.
“A una altura de trece a quince metros, según pude calcular a ojo, llegó a su cenit y pareció quedar inmóvil por un instante; luego, inclinándose repentinamente hacia adelante, sin alterar la posición relativa de sus partes, se lanzó hacia abajo en pendiente con aumentada velocidad, pasó muy próximo a mí, por encima mío con el ruido de una bala de cañón y golpeó a mi pobre tío casi exactamente en la punta de la cabeza. ¡Tan espantoso fue el impacto que no sólo rompió el cuello del hombre sino que también la soga, y el cuerpo del difunto, lanzado contra el suelo, quedó aplastado como pulpa bajo la horrible frente del meteórico carnero! La sacudida detuvo todos los relojes desde Lone Hand a Dutch Dan, y el profesor Davidson, distinguida autoridad en asuntos sísmicos, que se encontraba en la vecindad, explicó de inmediato que las vibraciones fueron de norte a sudeste.
“Sin excepción, no puedo dejar de pensar que en punto a atrocidad artística, mi asesinato del tío William ha sido superado pocas veces".
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